La caída de Nicolás Maduro no representa un simple relevo de poder en Venezuela. Se trata de un terremoto político y simbólico de gran magnitud para la izquierda latinoamericana, un golpe directo al núcleo del relato ideológico que durante más de dos décadas sostuvo al llamado socialismo del siglo XXI. Maduro no era únicamente un presidente cuestionado: era el último eslabón visible de un proyecto regional construido sobre petróleo, propaganda, represión y una narrativa permanente de confrontación con el “imperialismo”.
Con la salida de Maduro no solo cae un gobierno: se derrumba un mito, y ese es el verdadero motivo de la preocupación en amplios sectores de la izquierda regional.
Durante años, Venezuela fue presentada como el laboratorio político de una supuesta alternativa moral al capitalismo. Hugo Chávez lo vendió como un modelo popular, soberano y humanista; sus herederos lo defendieron como un proceso revolucionario asediado desde el exterior. Hoy, la realidad es imposible de ocultar: un país devastado, con millones de migrantes, instituciones cooptadas, una economía colapsada y una crisis humanitaria que desnudó el fracaso del modelo. La permanencia de Maduro en el poder dejó de explicarse por legitimidad democrática y pasó a sostenerse por la fuerza, el miedo y una red de apoyos internacionales cada vez más frágil.
Por eso, la caída del régimen de Maduro trasciende el ámbito interno venezolano. Se convierte en un precedente incómodo para gobiernos y movimientos de izquierda que aún justifican el autoritarismo cuando este se disfraza de “proceso revolucionario”. El madurismo cae y con él se expone una verdad que muchos intentaron esquivar: el problema no fueron las sanciones ni la “guerra económica”, sino un modelo político basado en el control absoluto del poder, la corrupción estructural y la anulación sistemática de las libertades.
La inquietud es profunda porque el chavismo-madurismo funcionó durante años como un eje de articulación política, financiera e ideológica en América Latina. Desde Caracas se financiaron campañas, se asesoraron reformas constitucionales y se exportó un discurso que hoy muestra un desgaste irreversible. Sin Maduro, ese eje se debilita; sin el petróleo como caja política, el margen de maniobra se reduce; sin el “ejemplo bolivariano”, el relato pierde sustento.
Además, una transición en Venezuela puede generar un efecto dominó regional. Reabre debates incómodos sobre democracia, alternancia en el poder, separación de poderes y derechos humanos. Coloca bajo escrutinio a gobiernos que relativizaron estos principios cuando el poder les resultaba conveniente. La izquierda latinoamericana teme que el espejo venezolano, ahora roto, refleje con crudeza sus propias contradicciones.
No se trata de celebrar la caída de un hombre, sino de comprender lo que simboliza. Maduro encarnaba la resistencia del autoritarismo ideológico; su salida obliga a aceptar el fracaso de ese proyecto. Su permanencia fue una advertencia de hasta dónde puede llegar un régimen cuando se aferra al poder a cualquier costo. Su caída, en cambio, envía un mensaje inequívoco: ningún proyecto político está por encima del pueblo ni de la historia.
Para muchos sectores de la izquierda, el dilema es ineludible: o revisan críticamente sus alianzas, silencios y justificaciones, o quedarán atrapados defendiendo lo indefendible. Seguir atando su destino al madurismo implica cargar con un lastre moral y político cada vez más pesado. El discurso épico ya no convence cuando la realidad muestra hambre, exilio y represión.
La caída de Nicolás Maduro, ya consumada, no resolverá de inmediato los profundos problemas de Venezuela. La reconstrucción será larga y compleja. Pero sí marca el fin de una etapa histórica y el inicio de un ajuste de cuentas ideológico en toda América Latina. Por eso el nerviosismo, el silencio incómodo y las evasivas: no temen solo por Venezuela, temen por el derrumbe de un relato que durante años les otorgó poder, coartadas y aplausos. La historia, una vez más, pasa factura. Y esta vez, el saldo será difícil de explicar.

