La historia política reciente de Colombia no puede explicarse sin Álvaro Uribe Vélez. Su liderazgo transformó el ejercicio del poder, devolvió autoridad al Estado y enfrentó al terrorismo en una época en la que buena parte de la dirigencia optaba por la ambigüedad o la complacencia. Ese legado existe y sigue siendo reconocido por amplios sectores del país. Sin embargo, la política electoral es implacable: los proyectos no se sostienen solo con pasado, y los liderazgos que no se adaptan terminan perdiendo capacidad competitiva. Hoy, el uribismo enfrenta no solo una crisis interna, sino un problema más grave: una crisis de viabilidad electoral.
El primer error estratégico fue la sucesión de Juan Manuel Santos. Uribe ganó, pero perdió el control del proyecto. Ese episodio no solo fracturó al país, sino que dejó una lección que el uribismo no terminó de procesar: ganar elecciones no garantiza gobernar el rumbo político. Desde entonces, el movimiento ha vivido atrapado entre la nostalgia del poder y la dificultad de proyectar un liderazgo confiable hacia el futuro.
Óscar Iván Zuluaga fue el siguiente intento de corrección. Su candidatura representó continuidad ideológica, pero no logró conectar con mayorías decisivas. La derrota de 2014, sumada a posteriores controversias judiciales, erosionó la narrativa moral del movimiento en el escenario electoral. Desde ese momento, el uribismo dejó de ser percibido como una maquinaria ganadora y empezó a ser visto como una fuerza defensiva.
La presidencia de Iván Duque terminó de consolidar esa percepción. No fue un traidor ideológico, pero sí un presidente sin capacidad de imponer autoridad en un contexto de alta conflictividad social y política. Electoralmente, su gobierno fue letal para el uribismo: perdió capital simbólico, perdió credibilidad en sectores urbanos y jóvenes, y dejó al partido con una imagen de debilidad justo cuando la izquierda lograba capitalizar el descontento. El resultado fue evidente en 2022.
Hoy, de cara a las elecciones presidenciales de 2026, el uribismo intenta reorganizarse alrededor de Paloma Valencia. Su designación como figura presidencial responde a una lógica interna: coherencia doctrinaria, lealtad absoluta al líder histórico y discurso firme. Pero desde el punto de vista electoral, la apuesta revela una limitación estructural: el uribismo sigue eligiendo candidatos que hablan bien a su base, pero no necesariamente al país.
Paloma Valencia consolida el voto duro, pero no amplía fronteras electorales. Representa identidad, pero no renovación. En un escenario donde se requieren coaliciones amplias, narrativas transversales y capacidad de seducción política, el uribismo parece más preocupado por preservar la ortodoxia que por construir mayorías reales. Esa estrategia puede garantizar dignidad ideológica, pero no asegura victoria.
La salida de María Fernanda Cabal y de José Félix Lafaurie agrava el panorama electoral. No se trata solo de una ruptura interna; se trata de la fragmentación del electorado de derecha. Cabal representaba un sector movilizado, radical y disciplinado, clave para la base electoral uribista. Su salida no solo debilita al partido; abre espacio para nuevas ofertas políticas en el mismo espectro, dispersando el voto y reduciendo la posibilidad de una candidatura única fuerte.
Aquí aparece el interrogante central de 2026: ¿sigue Álvaro Uribe Vélez siendo el gran elector? Todo indica que ya no. Conserva influencia, respeto y simbolismo, pero su capacidad para ordenar el tablero electoral, imponer disciplina interna y cerrar filas se ha reducido notablemente. El uribismo ya no actúa como un bloque compacto, sino como una constelación de liderazgos que compiten entre sí por el mismo electorado.
En ese contexto, el problema del uribismo no es ideológico, sino estratégico. No ha logrado entender que el país cambió, que el electorado es más volátil, que las emociones políticas se reconfiguraron y que la autoridad moral, sin resultados recientes ni liderazgos competitivos, ya no alcanza para ganar elecciones.
Es precisamente en ese vacío donde surge el Abelardismo como fenómeno político-electoral. No como una traición al uribismo, sino como su consecuencia. Abelardo de la Espriella encarna una derecha que busca disputar poder real, sin complejos, con lenguaje directo, confrontacional y orientado a la victoria electoral. No reniega del legado de Uribe, pero no queda atrapado en él. Su narrativa no mira hacia atrás; apunta al control del futuro político.
La derecha colombiana no está desapareciendo; está reordenándose. Y ese reordenamiento pasa, inevitablemente, por la competencia electoral. Mientras el uribismo se aferra a estructuras internas que ya no garantizan triunfo, otros liderazgos entienden que la política no premia la nostalgia, sino la capacidad de ganar.
El uribismo está frente al espejo. No solo para evaluarse moralmente, sino para responder una pregunta brutal y concreta: ¿está en capacidad de volver a ganar una elección presidencial? Si la respuesta no se corrige a tiempo, la historia seguirá avanzando. Y en política, quien no se adapta, queda fuera del poder.





