Mientras el agua avanza sin pedir permiso —tragándose cultivos, viviendas y proyectos de vida— Córdoba y Sucre vuelven a quedar atrapados en la tragedia cíclica de la ola invernal. No es una sorpresa. Las alertas estaban encendidas, los antecedentes sobran y los mapas de riesgo son conocidos. Lo que sí sorprende, y duele, es el silencio, la lentitud y la ausencia de quienes tienen la responsabilidad constitucional de actuar. En especial, del presidente Gustavo Petro, cordobés de nacimiento, que hasta ahora ha hecho poco o nada visible por una región que hoy literalmente se ahoga.
La escena es tristemente conocida: ríos desbordados, carreteras partidas en dos, escuelas convertidas en albergues improvisados, familias desplazadas dentro de su propio territorio. En Córdoba, el río Sinú vuelve a imponer su fuerza sin que existan obras integrales que contengan su furia. En Sucre, la Mojana revive el drama que nunca terminó, con comunidades atrapadas entre el agua y el olvido. La diferencia es que hoy Colombia tiene un gobierno que prometió “el cambio”, sensibilidad social y prioridad para los territorios históricamente abandonados. En la práctica, ese discurso aún no llega donde el agua ya llegó.
El presidente ha hablado de declarar la emergencia. Y razón no le falta: la emergencia existe, es real y está documentada. Pero lo que inquieta —y con razón— a las comunidades no es solo el anuncio, sino el destino de los recursos. La memoria colectiva pesa. Declaratorias de emergencia que abren la chequera sin controles han terminado demasiadas veces en contratos amañados, obras fantasmas y corrupción. Como se dice en la región, con amarga ironía: nos dejan sin el pan y sin el queso. Sin soluciones, y con la sospecha de que el dinero se pierde por las mismas grietas por donde entra el agua.
Más grave aún es la ausencia política. El “presidente cordobés” no ha estado en el territorio con la contundencia que la crisis exige. Las visitas simbólicas no reemplazan decisiones técnicas, presupuestos suficientes ni cronogramas verificables. Y en Sucre, la primera dama —frecuentemente mencionada como orgullo regional— brilla por su ausencia frente a las víctimas. La cercanía territorial no puede quedarse en discurso: debería traducirse en empatía activa, gestión permanente y presencia que coordine y destrabe. Nada de eso se ha visto con la urgencia necesaria.
Esta crítica no desconoce los esfuerzos de alcaldías, organismos de socorro y ciudadanos que, con recursos mínimos, hacen lo imposible. Pero la magnitud del desastre supera cualquier buena voluntad local. Aquí se necesita liderazgo nacional, coordinación interinstitucional y planificación de largo plazo. No más pañitos de agua tibia. Se requieren obras serias de control hidráulico, dragados responsables, protección real de rondas hídricas, reasentamientos dignos y una política de ordenamiento territorial que deje de permitir asentamientos en zonas donde el riesgo es una condena anunciada.
La crítica es dura porque la situación lo es. No se trata de politizar la tragedia; es la tragedia la que desnuda la política. Un gobierno que se proclama social no puede responder con comunicados tardíos ni promesas abstractas. Debe garantizar transparencia total en el manejo de los recursos, veedurías ciudadanas reales, datos abiertos y sanciones ejemplares. Debe priorizar a Córdoba y Sucre no por afectos regionales, sino por justicia territorial.
Hoy, miles de familias necesitan alimentos, agua potable, atención médica y refugio. Mañana necesitarán garantías para no volver a perderlo todo. Porque esta emergencia no es solo climática: es institucional. Y frente a esa emergencia, el silencio oficial se convierte en una forma de abandono.
Córdoba y Sucre no piden favores. Exigen Estado. Exigen que el Gobierno Nacional esté a la altura, que el presidente recuerde de dónde viene y que la primera dama mire a su gente a los ojos. Exigen que, esta vez, el agua no se lleve también la confianza. Porque cuando el Gobierno llega tarde, el daño no se mide solo en casas inundadas, sino en la certeza amarga de que, una vez más, los dejaron solos.




