El nuevo Reloj Floral de Cartagena, reconstruido por el alcalde Dumek Turbay con una inversión de 5.000 millones de pesos, se ha convertido en el “hazmerreír” de muchos cartageneros. La razón es tan simple como desconcertante: sus manecillas, que deberían indicar la hora con claridad, quedaron orientadas hacia el cielo.
El Reloj Floral original —donado en los años sesenta por ciudadanos holandeses— fue durante décadas un ícono urbano y un punto de referencia para la ciudad. Ubicado en el sector del Pie del Cerro, frente al Castillo de San Felipe de Barajas, no solo embellecía el entorno: cumplía eficazmente su función. Bastaba una mirada al frente para conocer la hora. Sus números eran visibles, sus manecillas claras y su mecanismo —contrario al mito popular— no dependía de los rayos solares, sino de un sistema mecánico empotrado en el concreto que operaba con precisión y discreción.
Hoy, quien quiera saber la hora debe cambiar de postura: no mirar al frente, sino al firmamento. El reloj que antes exigía apenas un leve movimiento de cabeza ahora obliga a inclinar el cuello hasta el límite. El diseño original respondía a la escala humana; el actual parece pensado para aves en vuelo o pilotos en aproximación. El peatón promedio difícilmente puede leerlo sin forzar la vista o la postura.
La escena resulta elocuente: turistas, vendedores y conductores detenidos en el semáforo levantan la cabeza como si presenciaran un eclipse. Cartagena, ciudad heroica, parece haberse convertido también en ciudad acrobática. Para leer la hora hay que hacer equilibrio entre el sol inclemente y la rigidez cervical.
Si una silla sirve para sentarse, una lámpara para iluminar y un reloj para marcar la hora, el nuevo Reloj Floral no está cumpliendo plenamente su propósito funcional. Tal vez estamos ante una pieza de arte urbano contemporáneo más que ante un servicio público eficiente.
Habrá quienes argumenten que lo relevante es el símbolo, la recuperación del entorno o la apuesta estética. Y es cierto: las flores lucen cuidadas y el espacio se percibe renovado. Pero cuando un símbolo pierde funcionalidad, corre el riesgo de convertirse en una decoración costosa. Es, en términos prácticos, como obsequiar un paraguas sin tela.
Aún podría corregirse el ángulo, ajustar la inclinación y reconciliar el diseño con la estatura promedio de los ciudadanos. No sería un fracaso, sino un ejercicio de sentido común. Innovar no siempre implica elevarlo todo hacia el cielo; a veces significa preservar aquello que ya funcionaba.
Mientras tanto, el Reloj Floral permanece allí, altivo, marcando una hora que pocos pueden descifrar sin maniobras poco naturales. Y Cartagena, experta en resistir asedios históricos, enfrenta ahora uno inesperado: el asedio del cuello rígido.
Como escribió Eduardo Caballero Calderón, pareciera que el alcalde “tiene el Cristo de espaldas”. Playa Blanca, la garita de Marbella, “Rasquiña” y ahora un reloj que mira al cielo alimentan la percepción de una administración a la que no todo le está saliendo bien.





