“Como a perro en misa”. Sí, exactamente así le fue al alcalde de Dumek Turbay con el informe que el pasado jueves 19 de febrero presentó el programa Cartagena Cómo Vamos sobre la percepción ciudadana de su gestión durante 2025, segundo año de mandato.
La expresión —de raíz española y arraigada en el Caribe colombiano— no deja espacio a dudas: describe a quien no encaja, a quien resulta incómodo, a quien simplemente le va mal. Como el perro que irrumpe en plena eucaristía y es expulsado entre miradas de reproche, así parece estar hoy el alcalde Turbay frente al juicio de la opinión pública. La encuesta fue clara: nada está saliendo como se prometió.
La mala racha no es nueva. El 20 de septiembre de 2024, mientras supervisaba las obras de la Institución Educativa Soledad Román de Núñez, una pared colapsó y por poco ocurre una tragedia. La imprudencia de ingresar a una zona restringida dejó en evidencia una gestión más preocupada por la foto que por la seguridad.
Y este 2026 arrancó peor. El 2 de febrero se vino abajo el embarcadero de Playa Blanca, en Barú, una obra que apenas comenzaba a venderse como símbolo de progreso. Fallas de diseño, cálculos cuestionables y una contratación bajo sospecha terminaron en lo inevitable: la estructura colapsó. Seis días después, una garita de salvavidas en Marbella también cedió ante el viento y el oleaje, pese a que desde Distriseguridad se había asegurado que tendrían una vida útil de 30 años. La realidad fue implacable.
El 9 de febrero estalló además el escándalo de “Rasquiña”, ampliamente reseñado por la prensa nacional, y el ambiente político terminó de enrarecerse. Pero el golpe más duro no vino de la oposición ni de los medios: vino de los ciudadanos.
El informe de Cartagena Cómo Vamos es lapidario. Solo el 35% de los cartageneros cree que la ciudad va por buen camino; es decir, el 65% considera que va mal. Sin embargo, la favorabilidad personal del alcalde aparece en 74%. Una contradicción que algunos celebran sin reparar en su fragilidad: no se puede sostener una imagen cuando la percepción sobre el rumbo de la ciudad se desploma.
En 2024, el 49% pensaba que Cartagena avanzaba correctamente. En 2025, apenas el 35%. Catorce puntos porcentuales menos en un solo año. La satisfacción con su gestión administrativa también cayó, del 60% al 52%. Y aún más grave: solo el 33% está satisfecho con la forma como se invierten los recursos públicos. Dos de cada tres cartageneros desaprueban el manejo del dinero del Distrito.
La seguridad es otro dato alarmante: apenas el 22% se siente seguro en la ciudad. La percepción de inseguridad alcanza el 48%, y el 45% de los encuestados afirmó que algún miembro de su familia pasó hambre. Esa cifra no es estadística fría; es un grito social.
La movilidad sigue atascada. La percepción sobre Transcaribe es francamente negativa. La salud aparece como el sector más desatendido —65% así lo percibe— y en educación, el 31% de los hogares que intentó acceder al sistema encontró barreras. El gabinete, lejos de inspirar confianza, genera dudas sobre su idoneidad y capacidad de respuesta.
El mensaje ciudadano es inequívoco: menos espectáculo y más gobierno. Menos anuncios y más resultados. Menos improvisación y más rigor técnico. Al alcalde le resta tiempo para corregir el rumbo. Pero debe entender que gobernar no es posar ni inaugurar estructuras que el viento derriba. Gobernar es resolver, priorizar y ejecutar con transparencia y competencia. De lo contrario, la sentencia popular seguirá vigente: le seguirá yendo, sin atenuantes, “como a perro en misa”.





