La muerte de Totó la Momposina no deja únicamente un vacío en la música colombiana. Deja un silencio extraño, profundo, como si de pronto el Caribe hubiera perdido una de sus voces más antiguas. Con ella no se va solamente una artista: se despide una mujer que convirtió los tambores en memoria, el canto en resistencia y la tradición oral en una forma de eternidad.
Sonia Bazanta Vides murió a los 85 años en Celaya, México, rodeada de su familia. Pero hay voces que no conocen la muerte. Y la suya —áspera, poderosa, maternal, atravesada por el río Magdalena y por siglos de herencia africana e indígena— seguirá sonando mucho después de las coronas, los homenajes y los discursos oficiales. Nunca cantó para entretener. Cantó para recordar.
Cantó por los que tuvieron que huir. Por las mujeres que golpeaban el tambor mientras el país se incendiaba. Por los pueblos ribereños condenados durante décadas al olvido. Cantó como quien protege una llama antes de que el viento la apague.
Había nacido en Talaigua Nuevo, Bolívar, en una Colombia atravesada por la violencia partidista. Su infancia no estuvo hecha de escenarios ni aplausos, sino de miedo y desplazamiento. Su familia liberal tuvo que escapar para salvar la vida. Barrancabermeja. Villavicencio. Bogotá. El exilio dentro del propio país. Totó contaba que vio cadáveres en los caminos, que aprendió demasiado pronto que el horror podía convertirse en paisaje cotidiano y sin embargo, en medio de la huida, su familia decidió no soltar la música. Como si aferrarse al tambor fuera también una forma de no desaparecer.
Su madre, Livia, regresó al Caribe para rescatar gaitas, tambores e instrumentos tradicionales. En una casa humilde del barrio Restrepo, en Bogotá, reconstruyeron algo más importante que un hogar: reconstruyeron una identidad. Aquella vivienda terminó convertida en santuario cultural para músicos e intelectuales costeños que llegaban buscando un pedazo de tierra caliente en medio del frío capitalino.
Por esas habitaciones desfilaron nombres inmensos como Lucho Bermúdez, Pacho Galán y José Benito Barros. Pero entre todos ellos había una muchacha que absorbía cada golpe de tambor como si estuviera aprendiendo el idioma secreto de sus ancestros.
La música le corría por la sangre. Su abuelo dirigía una banda en Magangué. Su padre era percusionista. Su madre cantaba y bailaba. Totó decía que su linaje llevaba cinco generaciones sembrando música en el Caribe. Y cuando llegó la televisión, aquella herencia encontró una ventana para entrar a los hogares de un país que todavía miraba el folclor desde arriba, como si fuera apenas una curiosidad regional.
No aceptó que la cumbia, el bullerengue, el mapalé o el porro fueran tratados como música menor. Entendió antes que muchos que los cantos populares guardaban la historia emocional de Colombia. Que allí estaban las heridas, la alegría, la resistencia y la memoria de comunidades enteras. Por eso nunca suavizó su raíz para agradarle al mundo. Hizo exactamente lo contrario: obligó al mundo a escuchar el tambor tal como nacía en los patios polvorientos del Caribe y el mundo terminó escuchando.
En 1982 ocurrió uno de los momentos más simbólicos de su vida. Gabriel García Márquez había pedido que la ceremonia de su Premio Nobel estuviera acompañada por música colombiana. Muchos creían que aquellas cumbias no pertenecían a un escenario de semejante solemnidad europea. Pero Totó llegó a Estocolmo con sus tambores y con una verdad irrefutable: el Caribe también era alta cultura.
Aquella noche no solo acompañó a Gabo. Acompañó a todo un país históricamente relegado. Mientras sonaban las gaitas en Suecia, Colombia dejaba de pedir permiso para existir culturalmente ante el mundo.
Después vendrían París, África, Asia, Estados Unidos, los grandes festivales internacionales. Durante años estudió en La Sorbona, pero jamás dejó que la academia domesticara su esencia. Subía a los escenarios descalza, envuelta en colores vivos, moviendo el cuerpo como si danzar fuera otra forma de rezar y cada concierto parecía una ceremonia.
Totó no traducía su música para públicos extranjeros. No necesitaba hacerlo. Porque el dolor, el tambor y la alegría tienen un lenguaje universal. Su voz conseguía algo extraordinario: hacer que un teatro europeo sintiera el mismo calor de un patio en Bolívar.
Con el tiempo llegaron los premios, los homenajes y los reconocimientos. Latin Grammy, WOMEX Award, distinciones oficiales, ovaciones interminables. Pero ninguno de esos galardones explica realmente quién fue Totó la Momposina.
Su verdadera grandeza estuvo en demostrarle a Colombia que sus raíces no eran vergüenza, sino orgullo. Que las músicas negras, indígenas y populares no necesitaban disfrazarse de modernidad para ser universales. Que la tradición también podía ser revolución.
En sus últimos años, una enfermedad conocida como afasia fue apagándole lentamente las palabras. La enfermedad la alejó de los escenarios después de aquella última aparición en el Festival Cordillera de 2022. Pero incluso en silencio seguía representando algo inmenso: la alegría que resiste, la memoria que no se rinde, el país profundo que sobrevive a pesar de todo.
Hoy Colombia no despide solamente a una cantante. Despide a una mujer que convirtió el desarraigo en arte. A una guardiana de la tradición oral. A una voz que hizo del Caribe una patria emocional para millones de personas y mientras vuelven a sonar los tambores en su despedida, queda la sensación de que Totó la Momposina nunca perteneció únicamente a la música, pertenecía a la memoria viva de Colombia.



