Hay épocas en las que el estruendo del mundo parece convertirse en un susurro del cielo que interpela la conciencia de la humanidad. Basta contemplar lo que ocurre a nuestro alrededor para advertir que vivimos tiempos marcados por la incertidumbre, la ansiedad y desafíos que ponen a prueba la fortaleza espiritual de las naciones.
Las guerras que siguen sembrando dolor en el Medio Oriente, los desastres naturales que golpean a distintos pueblos, el reciente terremoto que sacudió a Venezuela, la violencia que aún hiere a Colombia, la crisis de los valores familiares, la corrupción que debilita las instituciones y el creciente desprecio por la dignidad de la vida humana nos invitan a preguntarnos si, en medio de tantos avances, no hemos perdido aquello que realmente sostiene al ser humano: su relación con Dios.
Cada amanecer trae noticias que hace apenas unos años parecían impensables. Hemos conquistado la tecnología, explorado el universo con una capacidad nunca antes vista y desarrollado inteligencias artificiales capaces de responder casi cualquier pregunta. Sin embargo, seguimos sin resolver la más trascendental de todas: ¿hacia dónde se dirige nuestra alma?
Nos esforzamos por acumular bienes, alcanzar reconocimiento, conquistar poder y cuidar las apariencias, mientras el espíritu permanece sediento de la única fuente capaz de darle sentido eterno a la existencia: Jesucristo.
Las Sagradas Escrituras nos recuerdan: «También oiréis de guerras y rumores de guerras… porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, hambres y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores.» (Mateo 24:6-8).
Estas palabras de Jesús no fueron pronunciadas para sembrar miedo, sino para despertar la conciencia. El Señor nunca llamó a sus discípulos a vivir dominados por el temor, sino preparados en la fe, firmes en la esperanza y perseverantes en el amor.
Colombia también necesita volver su mirada hacia Dios. Ningún gobernante, por brillante que sea; ningún partido político; ningún sistema económico podrá sanar las heridas más profundas de una nación si antes no es transformado el corazón de quienes la conforman. Los cambios verdaderos siempre comienzan en el interior de cada persona.
Hay una verdad que el tiempo confirma una y otra vez: «Cuando una sociedad deja de escuchar la voz de Dios, termina escuchando únicamente el estruendo de sus propias tragedias.»
Quizá esa sea una de las lecciones más profundas de nuestro tiempo. Aprendimos a comunicarnos con cualquier lugar del planeta, pero hemos olvidado conversar con nuestro Creador. Multiplicamos los medios de comunicación, pero escasean los momentos de silencio para escuchar la voz de Dios. Llenamos las redes sociales de opiniones, mientras los altares de oración sincera se vacían poco a poco.
El apóstol Pablo escribió: «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.» (Filipenses 3:20).
Esa esperanza continúa siendo el fundamento de la fe cristiana. Para millones de creyentes, la promesa del regreso de Cristo no es motivo de temor, sino de confianza y compromiso. Más allá de cualquier interpretación sobre el momento en que ese día llegará, el Evangelio mantiene un llamado permanente: vivir en santidad, amar al prójimo, practicar la misericordia y permanecer espiritualmente vigilantes.
Por eso, la pregunta más importante no es cuándo ocurrirá ese acontecimiento, sino si hoy estamos preparados para encontrarnos con el Señor. El verdadero drama del hombre moderno no radica en la falta de información, sino en la ausencia de conversión.
El libro de Crónicas nos entrega una promesa que conserva toda su vigencia: «Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra.» (2 Crónicas 7:14).
¡Qué hermoso sería volver a contemplar hogares donde la oración ocupe un lugar central; padres que transmitan la Palabra de Dios a sus hijos; jóvenes que descubran que la verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que desean, sino en vivir conforme a la voluntad del Señor; gobernantes conscientes de que toda autoridad implica responsabilidad ante Dios, y ciudadanos comprometidos con la verdad, la justicia y la misericordia!
Los cristianos no estamos llamados a caminar bajo la sombra del miedo, sino bajo la luz de la esperanza. Sabemos que, aun en medio de las tribulaciones, Dios continúa siendo soberano. Ningún terremoto escapa a Su conocimiento, ninguna guerra puede frustrar Sus propósitos y ninguna oscuridad tiene poder para apagar la luz de Cristo.
Que este domingo sea una oportunidad para hacer una pausa, silenciar el ruido cotidiano y abrir el corazón a la voz del Señor. Oremos por Colombia, por Venezuela, por Israel, por las naciones que padecen el flagelo de la guerra, por quienes sufren, por quienes ejercen autoridad y por aquellos que todavía no han conocido el amor redentor de Jesucristo.
Pidamos al Espíritu Santo que renueve nuestras vidas, fortalezca nuestra fe y nos conceda la sabiduría necesaria para caminar cada día conforme a la voluntad del Padre.
Porque, al final de la historia, las riquezas pasarán, los imperios desaparecerán y toda la gloria terrenal será pasajera. Pero la Palabra de Dios permanece para siempre.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.» (Juan 3:16).
Que este domingo no sea simplemente un día más en el calendario. Que sea el comienzo de un auténtico despertar espiritual. Mientras haya vida, hay oportunidad para volver a Dios; mientras la gracia de Cristo permanezca extendida, habrá esperanza para todo aquel que, con humildad y un corazón sincero, decida buscarle. Que el cielo encuentre en nosotros corazones dispuestos a escuchar, creer y obedecer.




