Las elecciones quedaron atrás. La democracia habló y los colombianos escogieron un nuevo rumbo. Ahora comienza una etapa mucho más importante que la campaña: la de gobernar, reconciliar y reconstruir la confianza entre millones de ciudadanos que durante meses vivieron una intensa confrontación política.
Millones de colombianos depositaron su confianza en el presidente electo, Abelardo de la Espriella. Otros millones respaldaron una propuesta diferente. Esa es la esencia de la democracia: poder pensar distinto sin dejar de pertenecer a una misma nación. Una vez conocido el resultado, el verdadero desafío ya no consiste en defender una candidatura, sino en trabajar para que Colombia avance unida.
Como cristianos entendemos que gobernar nunca ha sido una tarea sencilla. La autoridad implica una enorme responsabilidad delante de Dios y delante del pueblo. Por eso la Escritura exhorta:
«Exhorto, ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente» (1 Timoteo 2:1-2). Este llamado sigue teniendo plena vigencia.
Durante los últimos meses vimos un país profundamente polarizado. Familias divididas, amistades fracturadas y discusiones que, en muchos casos, dejaron de ser políticas para convertirse en ataques personales. Ninguna sociedad puede fortalecerse cuando el odio reemplaza al respeto y la descalificación sustituye al diálogo.
Es natural que unos celebren y otros experimenten decepción. Sin embargo, ninguna diferencia ideológica puede justificar la violencia, la intolerancia o el deseo de que al país le vaya mal simplemente porque ganó un candidato distinto al que se apoyaba.
Romanos 12:18 nos recuerda: «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.»
La paz comienza cuando dejamos de ver al contradictor como un enemigo y entendemos que también es un colombiano que ama esta tierra, aunque tenga una visión distinta sobre cómo conducirla.
Durante la campaña, miles de creyentes elevaron oraciones pidiendo que Dios guiara el destino de Colombia. Esa responsabilidad no termina con el cierre de las urnas. Por el contrario, ahora cobra aún más importancia. Debemos orar para que el nuevo Gobierno actúe con sabiduría, prudencia, justicia y un profundo sentido de servicio.
El rey Salomón no pidió riqueza ni poder. Pidió sabiduría para gobernar a su pueblo. Esa sigue siendo la mayor necesidad de cualquier gobernante.
Winston Churchill afirmaba que «el precio de la grandeza es la responsabilidad». Gobernar una nación marcada por profundas diferencias exige precisamente eso: responsabilidad, humildad para escuchar y firmeza para tomar decisiones que beneficien al país entero.
También resuenan hoy las palabras de Abraham Lincoln: «Una casa dividida contra sí misma no puede permanecer.» Colombia necesita reencontrarse consigo misma. Ninguna nación puede construir un futuro sólido si permanece atrapada en la confrontación permanente.
La recuperación del país no dependerá exclusivamente del Gobierno. También dependerá de ciudadanos que respeten la ley, trabajen con honestidad, eduquen con valores, rechacen la corrupción sin importar de dónde provenga y comprendan que amar a Colombia implica servirla todos los días.
No será un camino fácil. Persisten enormes desafíos económicos, sociales y de seguridad. Pero toda nación encuentra fortaleza cuando sus ciudadanos deciden reemplazar el resentimiento por el compromiso y la desesperanza por la responsabilidad compartida.
El Salmo 33:12 declara: «Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová.» Esta promesa no significa ausencia de dificultades, sino la certeza de que un pueblo que busca la dirección de Dios encuentra fuerzas para levantarse incluso en medio de las pruebas más difíciles.
Que la transición hacia el nuevo gobierno transcurra en paz. Que ninguna vida colombiana vuelva a perderse por causa de la intolerancia política. Que el respeto prevalezca sobre el insulto y que el diálogo derrote la división.
Ha llegado el momento de pasar la página sin olvidar las lecciones aprendidas. De fortalecer las instituciones, recuperar la confianza entre los ciudadanos y volver a creer que Colombia puede construir un futuro mejor.
La verdadera victoria no será la de un partido político. Será la de una nación capaz de reconciliarse consigo misma.
Oración por Colombia
Padre Celestial, ponemos en Tus manos a nuestra amada Colombia. Te pedimos que concedas sabiduría, humildad, fortaleza y temor de Dios al presidente electo, Abelardo de la Espriella, y a todos quienes asumirán responsabilidades de gobierno.
Guarda la transición en paz, aparta toda violencia, serena los corazones exaltados y permite que el diálogo sustituya al enfrentamiento. Sana las heridas que han dividido a nuestra nación. Protege a cada familia colombiana, fortalece a quienes sirven al país con honestidad y enséñanos a ser instrumentos de reconciliación, justicia y esperanza.
Permite que las decisiones que se tomen estén orientadas al bien común y que cada colombiano encuentre motivos para trabajar por una nación más unida, más segura y más solidaria. En el nombre de Jesús.



