¿En qué momento algunos sectores del periodismo en Cartagena dejaron de incomodar al poder para comenzar a buscar su aprobación? ¿Cuándo la pregunta incómoda fue desplazada por el elogio conveniente, la investigación por el boletín oficial y la independencia por la expectativa de una pauta?
Estas son preguntas que el periodismo cartagenero debe hacerse de frente y sin miedo. Porque cuando informar empieza a convertirse en agradar al poder, cuando investigar se vuelve incómodo y fiscalizar deja de ser rentable, el problema ya no es solo la credibilidad de un medio: lo que está en juego es el derecho de toda una ciudad a conocer los hechos, cuestionar al poder y recibir información independiente. Cuando la pauta condiciona la pregunta, la ciudadanía pierde una voz y el poder gana silencio.
La llegada de Dumek Turbay Paz a la Alcaldía abrió un nuevo escenario político y mediático en Cartagena. En ese contexto, la relación entre el poder y los medios merece una reflexión seria. La pauta institucional es legítima y necesaria para la sostenibilidad de muchos medios, pero deja de ser una simple relación comercial cuando existe el riesgo de que el interés económico termine condicionando la línea editorial, las preguntas que se hacen o los silencios que se guardan.
El problema no es que un medio publique los anuncios de la Alcaldía. El problema es que los reproduzca como verdades incuestionables, sin contrastar sus cifras, verificar sus resultados o hacer seguimiento a los compromisos. Una cosa es informar lo que el gobierno anuncia; otra, muy distinta, es comprobar si lo anunciado se cumple. Ahí está la frontera entre el periodismo y la propaganda.
En el argot popular cartagenero, la palabra lagarto identifica a quien busca acomodarse alrededor del poder para obtener algún beneficio. En el ecosistema digital, esa conducta invita a una pregunta incómoda: ¿están algunos convirtiendo la cercanía con el gobernante en un modelo de negocio, mientras la independencia periodística queda relegada a un segundo plano?
La reflexión también alcanza a quienes durante años construyeron reputación preguntando, confrontando y fiscalizando. ¿Se mantiene la misma firmeza crítica cuando el cuestionado es un aliado, un amigo o una administración con la que existen relaciones comerciales? ¿Puede llamarse independiente una opinión si la audiencia empieza a sospechar que hay intereses que no se transparentan?
La credibilidad no se pierde únicamente por publicar una mentira; también puede erosionarse cuando se aplica un doble rasero, se omiten preguntas relevantes o se guarda silencio sistemáticamente ante asuntos que merecen escrutinio.
La pauta no es el enemigo del periodismo. El peligro comienza cuando el dinero pretende decidir qué se publica, a quién se cuestiona y qué debe callarse. Los medios necesitan financiación, pero la ciudadanía necesita tener la certeza de que una publicación favorable no es el precio de un contrato y que una pregunta incómoda no será sacrificada para conservar una relación conveniente.
Cartagena no necesita una competencia por ver quién consigue primero la fotografía con el alcalde, quién reproduce más rápido sus declaraciones o quién obtiene más reconocimiento desde las cuentas oficiales. Necesita periodistas que investiguen las obras, revisen los contratos, contrasten los anuncios y pregunten por los resultados. La comunicación institucional puede divulgar la gestión; al periodismo le corresponde examinarla.
Dumek Turbay es el alcalde de Cartagena, no el dueño de la agenda periodística de la ciudad. Su administración, como cualquier otra, merece que sus actuaciones sean informadas, pero también examinadas. Fiscalizar al poder no es perseguirlo; preguntar no es conspirar; investigar no es atacar a la ciudad. Es cumplir con una responsabilidad democrática que ningún vínculo comercial debería poner en venta.
Este no es un llamado a condenar a todos los medios digitales, ni a desconocer que el periodismo necesita ingresos para sobrevivir. Es una invitación a revisar las prácticas, transparentar las relaciones comerciales y recuperar una regla elemental: la independencia no se demuestra cuando se cuestiona al adversario, sino cuando se tiene el valor de examinar a quien está cerca.
Los seguidores se pueden comprar, las publicaciones se pueden multiplicar y la cercanía con el poder puede abrir muchas puertas. Pero la credibilidad no se consigue por contrato. Se gana con rigor, se sostiene con independencia y se pierde cuando el lector deja de confiar.
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El periodismo que solo aplaude al poder renuncia a su función de vigilancia. Y cuando la propaganda se disfraza de periodismo, la primera víctima es la credibilidad.

