Colombia necesita paz. No una paz pronunciada solamente en discursos ni una paz reducida a acuerdos entre quienes tienen poder. Necesitamos una paz que llegue al corazón de los colombianos, que entre en los hogares, que alcance nuestros campos y ciudades, que permita a nuestros niños crecer sin miedo y que devuelva la esperanza a quienes durante décadas han vivido bajo la amenaza de la violencia.
Desde el corazón de un cristiano, hablar de paz es hablar de Dios. La Biblia nos recuerda en el Salmo 46:10: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. En medio del ruido, de las confrontaciones, de las noticias dolorosas y de la incertidumbre, también necesitamos detenernos para escuchar a Dios.
Colombia necesita volver a orar por las familias que lloran a sus muertos. Por nuestros soldados y policías que cumplen su deber en los territorios. Por quienes han sido víctimas de la violencia. Por los campesinos que quieren trabajar tranquilos. Por los jóvenes que necesitan oportunidades y no caminos de violencia. Y también por quienes han escogido el camino equivocado, para que encuentren arrepentimiento, transformación y reconciliación.
Jesucristo dejó una enseñanza que sigue teniendo plena vigencia: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). Ser pacificador no significa ser indiferente frente al mal. La paz verdadera necesita justicia, respeto por la vida, autoridad legítima y voluntad de reconciliación. Pero también necesita corazones capaces de abandonar el odio.
El escritor y teólogo C. S. Lewis dejó una reflexión que resulta pertinente: “La paz mental no es algo que se obtiene sin esfuerzo”. La paz exige decisión, disciplina y, para quienes creemos, una confianza permanente en Dios.
Colombia ha conocido demasiado dolor. Familias separadas, comunidades desplazadas, hombres y mujeres asesinados, regiones enteras marcadas por el miedo. No podemos permitir que la violencia termine pareciéndonos normal.
Por eso, este domingo quiero hacer un llamado sencillo, pero profundo: oremos por Colombia en nuestras casas, en nuestras iglesias y en nuestros lugares de trabajo. Oremos por quienes gobiernan, por quienes legislan, por quienes administran justicia y por quienes tienen la responsabilidad constitucional de proteger a los ciudadanos.
La Escritura nos exhorta en 2 Crónicas 7:14: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro… yo oiré desde los cielos”. Tal vez Colombia necesita muchas respuestas, pero también necesita volver su rostro hacia Dios.
Que nuestra oración no sea solamente pedirle al Señor que cambie las circunstancias. Pidámosle también que cambie nuestros corazones. Que nos quite el odio, nos dé sabiduría para corregir nuestros errores y nos conceda la capacidad de perdonar sin renunciar a la justicia. Colombia necesita paz. Y quienes creemos en Dios sabemos que la paz también se construye de rodillas.
Que este domingo nuestras voces se unan en una sola oración: Señor, bendice a Colombia, protege a sus hijos, guarda a quienes nos protegen y permite que algún día podamos decir, con verdadera esperanza: nuestra tierra volvió a escoger el camino de la vida y de la paz. Amén.

