Colombia atraviesa un momento decisivo. No es simplemente una fecha en el calendario electoral. No es solo una jornada más de votaciones. El próximo 8 de marzo, cuando millones de colombianos acudan a las urnas en los comicios legislativos, y luego en junio, cuando culminen las presidenciales, estaremos tomando una decisión que marcará el rumbo de nuestros hijos y de nuestros nietos.
Más que un acto político, es un acto moral. Es un acto espiritual. La Palabra de Dios nos recuerda en Proverbios 29:2: “Cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime.” ¿No hemos visto acaso gemir a nuestra nación? ¿No sentimos el peso de la sangre derramada, de la corrupción descarada, de la inseguridad creciente y del deterioro institucional? ¿No observamos con preocupación cómo la división y el odio han reemplazado el respeto y la reconciliación?
Colombia es un país bendecido por Dios. Su ubicación geográfica privilegiada, sus dos océanos, sus montañas majestuosas, sus llanuras fértiles, su biodiversidad única en el mundo y, sobre todo, su gente trabajadora y resiliente son testimonio de la generosidad divina. El Salmo 24:1 nos enseña: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan.” Esta nación no nos pertenece; pertenece a Dios. Y, como administradores temporales, tenemos la responsabilidad de cuidarla y preservarla.
No podemos permitir que la corrupción se normalice. No podemos resignarnos a que la violencia sea paisaje cotidiano. No podemos aceptar que el interés personal, el cálculo político o los deseos mundanos estén por encima del bienestar colectivo. Es hora de levantar la mirada al cielo.
La Biblia nos exhorta en 2 Crónicas 7:14: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” Esta promesa sigue vigente. Dios no es un Dios castigador; es un Dios de bondad, de misericordia y de esperanza. Es un Dios de todos, no de uno solo. No responde a ideologías ni a banderas partidistas; responde a corazones sinceros.
Preguntémonos con honestidad: ¿Qué queremos para nuestros hijos? ¿Un país atrapado en el camino de sangre y muerte? ¿Un país donde la corrupción erosione la confianza y destruya la esperanza? ¿O una Colombia reconciliada, justa, próspera y en paz?
El voto no es un simple derecho; es una responsabilidad sagrada. En cada tarjetón que se deposite habrá una decisión sobre el futuro moral, económico y social del país. Gálatas 6:7 nos advierte: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” Si sembramos indiferencia, recogeremos decadencia. Si sembramos responsabilidad, recogeremos esperanza.
No se trata de votar movidos por el odio. No se trata de elegir por venganza. No se trata de dejarnos arrastrar por discursos incendiarios o promesas fáciles. Se trata de discernir, de analizar, de orar y de actuar con conciencia.
Dios es grande y maravillosas son sus obras. Él ha sostenido a Colombia en medio de guerras internas, crisis económicas y profundas divisiones. Hemos sobrevivido porque su gracia ha estado presente. Pero la gracia no reemplaza la responsabilidad humana. Debemos hacer nuestra parte.
El profeta Miqueas lo resume con claridad en Miqueas 6:8: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno; y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios.” Esa debería ser la vara con la que midamos a quienes aspiren a representarnos: ¿Promueven la justicia? ¿Practican la misericordia? ¿Muestran humildad o soberbia?
Colombia no necesita salvadores humanos que se crean dueños de la verdad absoluta. Necesita líderes temerosos de Dios, conscientes de que el poder es servicio y no privilegio. Jesús mismo enseñó en Mateo 20:26: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.” Ese es el liderazgo que debemos exigir.
Este 8 de marzo no salgamos a votar pensando en contratos, favores o intereses particulares. Pensemos en Colombia. Pensemos en el niño que hoy asiste a una escuela pública con sueños intactos. Pensemos en el campesino que madruga a sembrar la tierra. Pensemos en el joven que busca empleo digno. Pensemos en el abuelo que anhela tranquilidad para sus últimos años.
Cada voto puede ser una semilla de restauración. Con fe, creo firmemente que los colombianos sabrán discernir. Creo que Dios aún tiene propósitos grandes para esta nación. Creo que podemos romper ciclos de corrupción y violencia si actuamos con responsabilidad y conciencia. No desde el fanatismo, sino desde la fe; no desde el egoísmo, sino desde el amor por la patria.
Oremos antes de votar. Reflexionemos antes de decidir. Actuemos pensando en el bien común. Que, desde el 8 de marzo hasta junio, cuando culminen los procesos presidenciales, el pueblo colombiano elija con sabiduría. Que la voz de la conciencia sea más fuerte que el ruido de la propaganda. Que la esperanza sea más grande que el miedo.
Porque Colombia es bendición. Colombia es promesa. Colombia es tierra de gracia y como dijo San Agustín de Hipona: “Confía en Dios como si todo dependiera de Él, pero actúa como si todo dependiera de ti.”



