Las historias también tienen memoria. Hace algunos meses decidí comenzar a escribir la mía. No lo hice siguiendo un orden cronológico ni con la intención de redactar una autobiografía. Simplemente fui dejando sobre el papel aquellos recuerdos que, por alguna razón, se negaban a desaparecer. Así nacieron estas crónicas: como pequeños homenajes a un oficio que ha sido mi forma de vivir durante cerca de treinta y cinco años y a los hombres y mujeres con quienes compartí micrófonos, salas de redacción, carreteras interminables, madrugadas de cierre, alegrías, frustraciones y esa pasión casi inexplicable por salir a buscar una buena historia.
Con el paso de las semanas descubrí algo que no había previsto. Muchos lectores comenzaron a escribirme. Algunos recordaban aquellos tiempos; otros apenas conocían cómo era ejercer el periodismo cuando Internet no existía, cuando las noticias viajaban al ritmo de las máquinas de escribir, las grabadoras de casete, el beeper, los teléfonos públicos de monedas o tarjetas y las carreras para alcanzar una cabina desde donde dictar una información antes del cierre de la edición.
Esas crónicas terminaron convirtiéndose, sin proponérmelo, en una ventana hacia un periodismo que ya casi pertenece a la historia, pero mientras las escribía comprendí que todas tenían una ausencia.
Había contado decenas de episodios de mi vida profesional, pero nunca había contado dónde comenzó todo y toda historia merece un principio. Todo periodista recuerda su primera libreta, su primer micrófono, la primera vez que sintió el miedo de equivocarse frente a un auditorio invisible y la emoción indescriptible de descubrir que alguien, al otro lado, estaba escuchando.
Por eso hoy, 4 de agosto de 2026, Día del Periodista en Colombia, quiero detener el reloj y regresar al punto donde empezó este viaje. No para hablar de reconocimientos ni de los años acumulados en esta profesión. Tampoco para hacer un inventario de cargos o logros. Quiero volver a encontrarme con aquel muchacho que todavía no sabía qué le tenía preparado la vida y que, sin sospecharlo, estaba dando el primer paso hacia el oficio que terminaría definiendo su existencia.
Porque antes de las miles de noticias publicadas, antes de las entrevistas, de las coberturas, de los editoriales, de las madrugadas sin dormir y de las historias que hoy hacen parte de mi memoria, hubo un instante que cambió el rumbo de mi vida.
Ese instante ocurrió hace cerca de treinta y cinco años, en Sincelejo, la capital del departamento de Sucre y fue allí donde, sin darme cuenta, la radio me eligió.
Fue en Radio Sincelejo, una emisora que para entonces era una verdadera escuela para quienes soñábamos con hablarle a la gente a través de un micrófono. Todavía puedo regresar a aquel primer día como si hubiera ocurrido ayer.
Como alumno de la Escuela de Locución y Periodismo ESLOCP, nos asignaron una tarea especial: producir un programa con motivo del Día de la Madre. Para algunos era apenas un ejercicio académico. Para mí era el comienzo de un sueño, los nervios eran inevitables.
Sabía que no solo me escucharían mis profesores. En el barrio la noticia había corrido de casa en casa. Vecinos, familiares y amigos esperaban frente al radio la hora de mi salida al aire. Como decimos en la Costa, la sintonía era una manta.
Nunca olvidaré aquella sensación de imaginar que tantas personas estaban pendientes de una voz que apenas comenzaba a descubrirse. Con el paso de los años entendí que mi historia con la radio había empezado mucho antes.
En mi casa el radio era casi un integrante más de la familia. Mi padre lo encendía antes de que saliera el sol y solo lo apagaba cuando la noche ya estaba avanzada. Eran otros tiempos por la radio me enteré de la muerte de Luis Carlos Galán, un hombre que quiso ser presidente de Colombia.
Para entonces, la televisión todavía no ocupaba el lugar que tiene hoy y la radio era la gran compañía de los hogares colombianos. Por ella llegaban las noticias, los deportes, las novelas, la música, las entrevistas y las voces que terminaron despertando mi imaginación.
Hoy estoy convencido de que mi verdadera escuela comenzó allí, sentado muchas veces al lado de aquel radio, sin sospechar que algún día estaría al otro lado del micrófono.
Nuestra casa también recibía con frecuencia la visita de locutores y periodistas que ofrecían espacios publicitarios para sus programas. Yo observaba aquellas conversaciones con la curiosidad propia de un muchacho que aún no entendía por qué aquellas voces ejercían sobre él una fascinación tan profunda. Quizá tampoco fue casualidad que dos de mis padrinos fueran periodistas.
Hay destinos que comienzan a escribirse mucho antes de que uno aprenda a leer sus propias señales y otra de esas señales apareció cuando cursaba el bachillerato. Participé en un concurso de cuentos organizado por mi colegio y obtuve el primer lugar. Aquella tarde recibí un ejemplar de «El coronel no tiene quien le escriba», de Gabriel García Márquez. Todavía puedo recordar aquella portada amarilla entre mis manos.
Pero el verdadero premio no fue aquel libro. Mientras descendía del escenario escuché a uno de los jurados decir casi en voz baja: «Si se lo propone, puede llegar a ser un buen escritor.» Nunca volví a verlo, pero jamás olvidé aquellas palabras. Hoy sé que existen frases que duran apenas unos segundos y, sin embargo, terminan acompañándonos toda la vida.
Después llegaron las primeras coberturas, las madrugadas, los cierres de edición, las entrevistas inolvidables, las alegrías, las decepciones, mirar el horror de la guerra de cerca, las amenazas, los reconocimientos y miles de historias que tuve el privilegio de contar.
También vi transformarse el periodismo. Pasé de la máquina de escribir al computador de pantalla negra que solo mostraba códigos para enviar los textos, a las grabadoras de cassete a los teléfonos inteligentes; de la radio tradicional a los medios digitales. Todo cambió, menos una cosa.
Cada vez que enciendo un micrófono o comienzo a escribir una nueva historia vuelvo a convertirme en aquel muchacho de Sincelejo que soñaba con que alguien quisiera escuchar su voz. Con los años comprendí que yo nunca elegí el periodismo, fue el periodismo el que, mucho antes, ya me había elegido a mí. Yo quería ser médico.
Esta apenas es la primera estación de un viaje que continuará en las próximas entregas. Quedan por contar las coberturas que marcaron mi carrera, los maestros que dejaron huella, las noches en que una noticia cambió mi manera de entender el mundo, los personajes inolvidables y las lecciones que solo se aprenden después de una vida recorriendo calles con una libreta bajo el brazo.
Porque las noticias tienen fecha de vencimiento, las historias, en cambio, permanecen y las mejores, todavía están por contarse…

