Tuve la fortuna de pasar gran parte de mi adolescencia en Berrugas, corregimiento de San Onofre, Sucre. Mi familia había llegado allí desde Santiago de Tolú, la tierra de mi madre, Bertha Barragán Barrera. Este corregimiento, el único que queda en el golfo de Morrosquillo, está ubicado en una hermosa ensenada de olas apacibles que lo convirtieron en un atractivo natural para los habitantes de la cabecera municipal.
Además del mar, el pequeño pueblo —donde todos nos conocíamos— tenía otros encantos: los manglares, que eran escenario para disfrutar y avistar aves marinas como garzas, flamencos, pelícanos, tangas y el canto madrugador de las guacharacas.
Un día, sorpresivamente, las casas y calles del pueblo se vieron invadidas por un ejército de cangrejos que, como en un relato macondiano, caían de los techos de bahareque y, en las casas con techo de zinc, desvelaban a quienes allí dormían.
Las mujeres, que madrugaban a diario para ir hasta San Onofre con palanganas en la cabeza llenas de pescado, agregaron el cangrejo azul a su oferta. Era un fruto del mar jugoso que complementaba perfectamente el pescado y atraía a más compradores.
Los niños eran felices en esa época en que estos animales azules, con sus pinzas levantadas a la defensiva, desfilaban por las calles. Los más osados, claro, se llevaban sorpresas cuando quedaban atrapados por las tenazas de algún cangrejo.
Muchos se dedicaron exclusivamente a cazarlos, vendiéndolos vivos o muertos. También se popularizaron preparaciones como el arroz de cangrejo y el ceviche de cangrejo. Más tarde, comenzaron a llegar los primeros turistas, principalmente desde Medellín. A pesar del mal estado de las vías, poco a poco Berrugas fue convirtiéndose en un pequeño puerto turístico. Los nativos de San Onofre llegaban los sábados, domingos, festivos y, especialmente, el 19 de marzo, día del patrono San José. En el pequeño templo se escuchaban himnos como:
“¡Oh José, tu favor imploramos,
en tus brazos queremos morir,
y después contigo subir…!”
El 90% del turismo que llegaba al golfo de Morrosquillo provenía de Antioquia. Algunos turistas comenzaron a construir pequeñas quintas a orillas de la playa para pasar allí las temporadas de vacaciones.
En aquella época, Berrugas no tenía agua potable, carecía de alumbrado público y muchas calles estaban en mal estado. Pero su gran atractivo era el mar, sus playas y, sobre todo, la calidad humana de su gente: humildes campesinos y pescadores con talento para contar cuentos y anécdotas.
También había familias con vena artística, como la de Máximo Bello y Patrón Bello, quienes interpretaban rancheras y vallenatos con guitarra y ofrecían serenatas a los turistas. Con la llegada del turismo también llegaron los depredadores. Poco a poco desapareció el desfile del cangrejo azul, las aves marinas migraron y, con ellas, se apagó el canto de las guacharacas.

