Hay gobiernos que no llegan a gobernar. Llegan a comprar silencios. No les interesa una prensa que pregunte, investigue, confronte y haga seguimiento. Les interesa una prensa dócil, acomodada, agradecida y, si es posible, arrodillada. Esos que ellos llaman muertos de hambre.
Sucede que cuando la conciencia no se compra con pauta, algunos intentan comprarla con contratos. Cuando tampoco funciona, aparecen las presiones. Y cuando las presiones no consiguen su objetivo, aparecen las amenazas porque creen que tienen licencia para matar.
Esa es la parte más peligrosa de una democracia: cuando el poder deja de entender la crítica como un derecho y comienza a tratar al periodista como un enemigo o como un muerto de hambre.
Colombia conoce demasiado bien las consecuencias de esa lógica. La historia del país está marcada por periodistas asesinados por ejercer su oficio, investigar estructuras criminales, denunciar hechos de corrupción y enfrentarse a poderes que pretendían permanecer en las sombras. Basta recordar a tantos otros colegas que pagaron con su vida el precio de informar. Por eso resulta indignante que todavía existan quienes pretendan aplicar una vieja fórmula: plata o silencio.
La operación, según denuncias y experiencias que deben ser documentadas y puestas en conocimiento de las autoridades cuando corresponda, puede comenzar de manera aparentemente inocente: una llamada, un mensaje, un intermediario, un concejal, un diputado, un contratista o un amigo del funcionario.
- —¿Cuánto quiere para que baje esa información?
- —Le conseguimos pauta.
- —Le conseguimos un contrato.
- —Pero deje de hablar.
- —No vuelva a mencionar lo que está pasando con la contratación.
- —Antes de entrevistar al funcionario, mándeme las preguntas.
- ¿Eso es periodismo?
- No.
Eso es convertir la información pública en moneda de cambio. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿para qué carajos estudió periodismo?
¿Estudió cinco años, trasnochó, sacrificó tiempo y dinero, se preparó para entender la sociedad y aprender a investigar, para terminar convertido en relacionista público de un funcionario?
¿Estudió para recibir instrucciones de un jefe de prensa? ¿Para pasarle las preguntas al funcionario antes de una entrevista? ¿Para callar una investigación porque apareció una pauta? ¿Para señalar a un colega ante el poder y decirle al gobernante: “Ese es opositor”? ¿Para vender por dos o tres millones de pesos la dignidad de toda una profesión?
Porque una cosa es vender publicidad. Otra, completamente distinta, es vender la línea editorial. Una cosa es tener relaciones institucionales. Otra es convertirse en empleado informal del poder. Una cosa es recibir pauta. Otra es aceptar que la pauta determine lo que se publica, lo que se omite y lo que se calla.
El periodismo no puede funcionar como una ventanilla de favores, y mucho menos cuando esos favores provienen de recursos públicos.
La pauta oficial no puede convertirse en premio para el que aplaude ni en castigo para el que investiga. La contratación pública tiene reglas, procedimientos y controles. Y cuando alguien utiliza recursos públicos para condicionar la libertad editorial, ya no estamos hablando simplemente de publicidad: estamos hablando de una amenaza contra la independencia informativa.
Pero hay algo todavía más triste: la traición entre colegas. El poder puede presionar. El funcionario puede cerrar puertas. El contratista puede intentar intimidar. Pero cuando un periodista vende a otro periodista para conseguir una pauta, un contrato o una invitación, el daño trasciende al individuo. Se golpea al gremio entero.
Porque el periodismo no debería funcionar como una jauría donde cada uno intenta quedarse con el pedazo más grande de la torta oficial. ¿Dónde quedó la solidaridad? ¿Dónde quedó la defensa de la libertad de prensa? ¿Dónde quedaron las organizaciones gremiales que deberían levantar la voz cuando un periodista es presionado, amenazado o censurado?¿Dónde están cuando un colega es vetado porque decidió investigar?
La sociedad también tiene que hacerse preguntas. Porque muchas veces exige periodistas valientes, pero no quiere pagar el precio de tenerlos. Quiere que investiguen la corrupción, pero después consume y comparte únicamente las noticias que confirman lo que quiere creer.
Quiere que denuncien al funcionario, pero cuando ese funcionario entrega un contrato, un puesto o un favor, algunos terminan aplaudiéndolo. Quiere periodistas independientes, pero pretende que trabajen gratis y después pregunta por qué algunos medios terminan dependiendo del poder.
El periodista independiente conoce esa realidad. Puede perder pauta, perder acceso, perder entrevistas, ser bloqueado, ser atacado en redes sociales y, en los casos más graves, puede incluso recibir amenazas que deben ser tomadas con absoluta seriedad y denunciadas ante las autoridades competentes. Pero hay algo que no debería perder jamás: la dignidad.
Al final, los gobiernos pasan pero queda el archivo, quedan las publicaciones, la memoria y una pregunta que algún día alguien hará: ¿Dónde estaba usted cuando todos tenían miedo de hablar? Ahí se sabrá quién ejerció periodismo y quién simplemente administró micrófonos.
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Nosotros tenemos claro de qué lado estamos. No estamos para borrar noticias porque alguien ofrezca dinero, no estamos para cambiar una investigación por una pauta, no estamos para pedir permiso antes de hacer una pregunta, no estamos para entregar cuestionarios anticipados a funcionarios, no estamos para perseguir contratos. Nuestra misión es informar, investigar, preguntar, denunciar cuando existan elementos que lo permitan, escuchar al ciudadano que no tiene micrófono, defender el interés público y también para reconocer cuando nos equivocamos, porque la independencia no significa infalibilidad: significa que nadie compra nuestra línea editorial.
El periodismo no se vende. Se ejerce. Ningún gobernante, contratista, político, empresario o colega tiene derecho a decidir qué debe publicar un medio independiente.
Cuando un periodista cambia la verdad por dinero, no solamente compromete su propia reputación. Compromete la credibilidad de toda una profesión y por eso la pregunta sigue ahí, incómoda, directa y sin anestesia: ¿Para qué carajos estudió periodismo? Cada periodista tendrá que responderla frente a su propia conciencia.
Nosotros ya escogimos la respuesta y no tenemos que pedirle permiso a nadie para sostenerla: el periodismo no se vende, no se arrodilla, no se negocia y no se silencia. Se ejerce con dignidad, se defiende con hechos y se sostiene, incluso cuando hacerlo tenga un precio. A quienes se sientan aludidos, no hace falta mencionarlos ni señalarlos. Cada quien sabrá dónde está parado, qué ha vendido y cuánto vale su conciencia. Aquí no hay nombres, pero sí hay espejo. Y al que le caiga el guante, que se lo chante.

