Sincelejo tiene una deuda con su historia. Y esa deuda no se paga simplemente cerrando calles, instalando barreras o prohibiendo el tránsito de vehículos. El debate sobre la recuperación del Centro Histórico acaba de entrar en una etapa decisiva. Desde hace varios años se habla de ordenar el espacio público, restringir la circulación vehicular y devolverle al peatón el protagonismo que ha perdido. Ahora, con la propuesta de poner en marcha un piloto de peatonalización, la discusión vuelve a ocupar el centro de la agenda pública. Y está bien que así sea. Pero sería un error reducir el debate a una pregunta tan sencilla como: ¿peatonalización sí o no?
La verdadera pregunta es otra: ¿qué Centro Histórico queremos para Sincelejo y qué estamos dispuestos a hacer para recuperarlo y mantenerlo vivo? Porque una cosa es cerrar una calle y otra, muy distinta, es recuperar un centro histórico.
El Centro de Sincelejo concentra una parte fundamental de nuestra memoria urbana. Allí están la Catedral San Francisco de Asís, el parque Santander y edificaciones que hablan de una ciudad que, con el paso de los años, ha ido perdiendo buena parte de su identidad arquitectónica y urbanística. Recuperar ese espacio es necesario.
Necesitamos mejores andenes, iluminación adecuada, calles ordenadas, menos caos vehicular, control del espacio público, recuperación de fachadas, actividades culturales y condiciones que permitan que los ciudadanos vuelvan a caminar, permanecer y disfrutar el corazón de la ciudad. Pero precisamente porque la recuperación es necesaria, hay que hacerla bien.
No podemos caer en la equivocación de pensar que peatonalizar consiste simplemente en impedir que pasen los carros. Si fuera así de fácil, cualquier ciudad podría resolver sus problemas urbanos instalando unas cuantas barreras. Una verdadera transformación requiere planificación.
¿Dónde podrán ingresar los vehículos de emergencia? ¿Cómo funcionará el cargue y descargue de mercancías? ¿Qué ocurrirá con las personas con movilidad reducida? ¿Cómo se garantizará el acceso a quienes viven en el sector? ¿Qué alternativas tendrán los comerciantes? ¿Cómo se controlará la ocupación informal del espacio público? ¿Qué pasará con el transporte? Son preguntas que no pueden quedar para después. Y hay otra cuestión que tampoco puede ignorarse: el comercio.
Los comerciantes del Centro Histórico han expresado preocupación por el posible impacto de las restricciones vehiculares sobre sus ventas. No se les puede descalificar por defender su actividad económica. Ellos viven diariamente la realidad de ese sector y conocen, mejor que muchos funcionarios, sus dificultades y oportunidades.
El centro no puede recuperarse contra quienes trabajan en él. Debe recuperarse con ellos. Por eso resulta importante que la Administración municipal haya planteado la concertación y un piloto antes de tomar decisiones definitivas. Probar, medir y corregir siempre será mejor que imponer. Pero ese piloto tampoco puede convertirse en una simple formalidad.
Si se va a experimentar durante 15 días o un mes, los resultados deben conocerse públicamente. Hay que medir el flujo de peatones, el comportamiento de las ventas, la accidentalidad, la percepción de seguridad, la ocupación del espacio público y el impacto sobre los establecimientos comerciales.
No basta con decir que el centro se ve más bonito. Hay que demostrar que funciona mejor. Y aquí aparece otro asunto fundamental: la seguridad. De nada sirve recuperar un espacio público si la gente no quiere permanecer en él.
Un Centro Histórico peatonalizado, pero oscuro, sucio, desordenado o inseguro, terminaría expulsando precisamente a las familias, turistas y visitantes que se pretende atraer. El parque Santander y sus alrededores necesitan ser espacios para caminar, conversar, encontrarse, disfrutar de la cultura y sentirse seguros. La recuperación física debe ir acompañada de presencia institucional, iluminación, vigilancia, limpieza y programación cultural. Pero tampoco podemos quedarnos en la fachada.
El patrimonio no se recupera simplemente pintando edificios para que luzcan bien en las fotografías. Se necesita restauración, mantenimiento, regulación de la publicidad exterior, protección de las edificaciones patrimoniales y, sobre todo, recursos permanentes. El Centro Histórico no puede ser un proyecto de gobierno. Tiene que convertirse en una política de ciudad.
Sincelejo tiene ante sí una oportunidad que no debería desperdiciar. Podemos recuperar el corazón de la ciudad y convertirlo en un espacio de encuentro, cultura, comercio, turismo y memoria.
Pero debemos entender algo elemental: el éxito de la recuperación no se mide por el número de calles que logremos cerrar, sino por el número de personas que logremos atraer y por la calidad de vida que consigamos generar en ellas.
Si después de peatonalizar tenemos menos comercio, menos visitantes, más inseguridad y más informalidad, habremos cambiado el problema de lugar, pero no lo habremos solucionado. Si, por el contrario, logramos un centro ordenado, seguro, atractivo, accesible, culturalmente activo y económicamente dinámico, entonces sí podremos hablar de una verdadera recuperación.
Sincelejo necesita orden, pero también planificación. Necesita inversión, pero también mantenimiento. Necesita recuperar su patrimonio, pero sin convertirlo en una pieza de museo. Y, sobre todo, necesita escuchar a quienes todos los días hacen parte de ese Centro Histórico: comerciantes, residentes, trabajadores, peatones, transportadores, autoridades y visitantes. Una ciudad no recupera su historia simplemente despejando sus calles.
La recupera cuando sus ciudadanos vuelven a caminar por ellas, cuando el comercio vuelve a florecer, cuando las familias vuelven a encontrarse y cuando una nueva generación descubre que el corazón de su ciudad también le pertenece.

