Hasta hace poco, la Banda de Paz de la Institución Educativa Técnica en Sistemas de Margarita era una ilusión sostenida por la pasión de sus estudiantes. Sin instrumentos adecuados, sin uniformes completos y con muchas más ganas que medios, sus ensayos eran casi silenciosos. Pero detrás de cada paso al ritmo del tambor imaginario, había algo más fuerte que la carencia: el deseo de pertenecer, de representar, de expresarse.
Ese deseo colectivo encontró eco en un momento inesperado: cuando un grupo de jóvenes se acercó al gobernador de Bolívar, Yamil Arana Padauí, durante una visita oficial, no le hablaron de notas ni de obras, sino de melodías. “Queremos instrumentos para nuestra banda de paz”, le dijeron. Y en una tierra donde la música lo atraviesa todo —las fiestas patronales, los carnavales, los duelos y los reencuentros— esa petición tenía un peso que iba más allá de lo simbólico: era una reivindicación cultural.
Hoy, esa promesa hecha en voz alta se ha convertido en una realidad tangible: 29 instrumentos nuevos han sido entregados, y con ellos se ha afinado algo más que el tono de una banda: se ha fortalecido el tejido emocional y cultural de un municipio.

“Hoy traemos los instrumentos. Hoy la Banda de Paz de Margarita empieza a sonar como debe sonar”, dijo el gobernador, rodeado de estudiantes que lo recibieron con una ovación genuina, mezcla de gratitud y emoción contenida.
“Ahora sí vamos a sonar de verdad. Esto es algo que cambia todo para nosotros”, dice con orgullo Manuel Moya Navarro, tamborero de la banda, mientras sostiene su nuevo instrumento como quien abraza una bandera.
“Antes desfilábamos sin música. Solo bastones y pasos. Ahora vamos a poder competir, representar a Margarita con alegría y fuerza”, añade Yoselin González, bastonera y voz firme de una juventud que no se rinde.
Pero más allá del acto protocolario, esta entrega es una apuesta por la memoria cultural, por el derecho a la expresión colectiva y por el valor que tiene la música como herramienta de cohesión social. La alcaldesa de Margarita, Valentina Bello Lobo, lo resumió de forma contundente: “No son solo instrumentos, es autoestima, es comunidad, es identidad”.
Y es que en territorios como Margarita —a menudo relegados del mapa central de la cultura nacional— las bandas de paz no son simples agrupaciones escolares: son símbolos vivos, espacios de formación ciudadana y escenarios donde la juventud encuentra un lugar propio desde donde contar su historia.
El rector Leonel Payares Amel, testigo de años de intentos frustrados y esfuerzos silenciosos, lo dijo claro: “Esto marca un antes y un después. Es una puerta que se abre para nuevas posibilidades”.
- La música como resistencia cultural
En tiempos donde las pantallas suelen alejar más de lo que conectan, el sonido coordinado de una banda escolar sigue siendo un lenguaje que une. Porque no hay red social que reemplace la energía de un redoblante, ni algoritmo que compita con la emoción de ver a una comunidad marchar al ritmo de sus hijos.
Hoy, en Margarita, el sonido de los tambores, cornetas y liras no solo anuncia una presentación. Anuncia un nuevo comienzo. Uno donde el orgullo local tiene banda sonora, donde la cultura no es adorno sino herramienta de transformación, y donde la música —como siempre— vuelve a demostrar que puede ser el alma de los pueblos.
Junto a la entrega de los instrumentos, Arana anunció también la entrega futura de computadores portátiles para la institución, y no descartó otro gran anhelo del colegio: un mega colegio que dignifique los sueños de los jóvenes del municipio.



