Carne y sangre, es el ser por entero. La sangre designa el principio de vida, la carne el cuerpo. Por su muerte y resurrección, Jesucristo entrega su cuerpo y su sangre por todo el mundo y por cada uno de nosotros. Para los creyentes, el pan y el vino son realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Comer este pan y beber este vino son gestos que pueden impactar. Traducen nuestra humanidad, cuerpo y sangre, íntimamente vinculada a la de Aquel que tomó esta misma humanidad.
Esta solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo es un modo de agradecer a Dios este sacramento de vida. Es un sacramento que nos concede la gracia de la presencia de Jesucristo en la Iglesia, es un sacramento que actualiza el sacrificio de Cristo en la Cruz, es un sacramento que anticipa el banquete del cielo y la plenitud de vida que esperamos.
Es el sacramento de la comunión, por el que Cristo habita en nosotros y nosotros en Él, para formar con Él su Cuerpo, que es también la Iglesia. Esta solemnidad nos ofrece cada año la oportunidad de conocer mejor la riqueza de este sacramento, de valorar mejor el amor de Cristo que en él se nos ofrece, de adorar más resueltamente la presencia de Cristo Dios entre nosotros y de esperar con mayor confianza la plenitud que esperamos.
Él es el único alimento que da vida eterna. La Iglesia siempre contempla el don de la presencia eucarística del Señor como un don inmerecido y, al mismo tiempo, como una gran responsabilidad. ¿Qué sería de nosotros sin un sagrario al que ir en momentos de oscuridad? Hoy los ojos van, precisamente, al sagrario de todas las iglesias en las que Cristo está presente. ¡Soledad de Jesús en el sagrario! ¡Cuánto desea ser amado por los hombres y cuánto tiempo está sin nadie que venga a visitarlo!
El deseo más ardiente del Corazón de Jesús es la unidad, la armonía entre sus discípulos, la comunión entre nosotros y con el misterio de la Santísima Trinidad. “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). Hoy, en esta hermosísima Solemnidad del Corpus Christi, renovamos nuestro amor por Jesús en la Eucaristía.
Le pedimos que nos conceda el don de la unidad para los que comemos un mismo pan, especialmente en estos días en los que esa unidad ha sido atacada de tantas formas. Que dé vida a los que estamos condenados a morir. Que perdone nuestras ofensas contra la Eucaristía, especialmente por los pecados de indiferencia, olvido o abandono. Y que nos conceda vivir de aquel alimento que Jesús pone en nuestros labios, el alimento que es Él mismo, Pan consagrado que es “carne para la vida del mundo.”
Nos postramos ante Dios que primero se ha inclinado hacia el hombre, como buen Samaritano, para socorrerlo y devolverle la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, el cual da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve.

