Uno de los mitos sexuales que más sufrimiento genera es la creencia de que el binarismo es lo correcto, lo «normal». Todo aquello que se sale de lo socialmente aceptado suele desatar caos, estigmas y violencias.
Muchas veces, cuando una persona se identifica con una orientación sexual diferente a la heterosexual, surgen dudas sobre si eso está bien o mal. Pero sobre todo, aparecen miedos profundos: miedo a aceptarse, miedo al rechazo de quienes ama, miedo a una sociedad que, incluso en pleno siglo XXI, sigue considerando lo diverso como algo anormal, pecaminoso o aberrante.
Esos temores, la incertidumbre y, lamentablemente, la vergüenza por sentirse diferente a lo esperado, pueden generar angustia, ansiedad, depresión e inestabilidad emocional que, en algunos casos, derivan en intentos de suicidio.
Muchos de mis amigos y pacientes que han decidido priorizarse, que han sido valientes al tomar las riendas de su vida y su orientación, han tenido que dejar sus ciudades de origen para poder vivir con libertad. Para ellos, salir del clóset ha implicado la ruptura de vínculos familiares, el distanciamiento de sus seres queridos y del entorno social que los vio crecer. Han tenido que escoger entre su felicidad personal o la aceptación familiar y social. Algunos (aunque tristemente son pocos) han contado con el respaldo y el amor de sus padres, lo que ha permitido un ajuste emocional más saludable.
Y cuidado: el hecho de no ajustarse a los estereotipos sexuales normativos no significa padecer una enfermedad mental. El problema no está en la orientación sexual, sino en el rechazo, el estigma, la discriminación y la necesidad de ocultarse, que todavía imperan en nuestra sociedad y que sí causan profundo sufrimiento emocional.
Además, vale preguntarse: si pudiéramos elegir de quién enamorarnos, ¿escogeríamos personas violentas, infieles o tóxicas? Seguramente no. Porque el amor no se elige, simplemente se siente.
Hemos crecido en una sociedad cargada de estereotipos y creencias tan arraigadas que, muchas veces, ni siquiera notamos el daño que causamos. Recuerdo cuando descubrí que mi mejor amigo sufría por ocultarme su orientación sexual por miedo a mi reacción. Fue entonces cuando entendí que yo también formaba parte del problema. Desde ese momento decidí cambiar: modificar mi forma de hablar, abrirme al amor en todas sus formas y convertirme en su lugar seguro.
Porque cuando se ama de verdad, se acepta. Más allá de lo que dicten las normas sociales, las creencias culturales o religiosas. Porque el valor de una persona no está en su orientación sexual, su raza o su situación económica, sino en sus acciones, en la grandeza de su corazón.
Hoy los invito a no tener miedo de ser diferentes. A amar, a respetar, a incluir. En este mundo todos cabemos y no necesitamos hacernos daño. Si te identificas como una persona sexualmente diversa, o alguien a quien amas lo es y no sabes cómo acompañarle, no dudes en buscar apoyo. No tienes por qué transitar este camino solo o sola.



