
Navidad volverá a encender luces en Cartagena de Indias, pero en miles de hogares la sombra será más fuerte. Para Lucy Díaz y Carlos Hernández será la primera nochebuena sin su hija Tania, la joven médica que desapareció en abril frente a Bocagrande. Para los padres de Alexandrith Sarmiento, será la quinta Navidad sin la muchacha de Bayunca que se evaporó ante los ojos de una ciudad ocupada en otras cosas. Y así, una tras otra, familias enteras contarán los minutos de una Navidad sin abrazo, sin respuesta, sin justicia.
Mientras tanto, las autoridades locales continúan administrando un silencio que pesa más que cualquier noticia oficial. El mismo silencio que no aparece en las postales turísticas, ni en los videos promocionales, ni en la narrativa de la “ciudad del esplendor”. Un silencio incómodo, casi cómplice, que cae sobre los nombres de mujeres desaparecidas como un manto oscuro que nadie quiere levantar.
Hoy duelen con un filo especial dos nombres: Tania Hernández y Alexandrith Sarmiento. Dos vidas distintas, dos historias interrumpidas abruptamente… y un mismo desenlace insoportable: nada. Ni verdad. Ni respuestas. Ni justicia.
Al comienzo, como pasa siempre, todo fue ruido y carreras. Ruedas de prensa, sobrevuelos, brigadas de búsqueda, drones, buzos, hashtags, comunicados cargados de dramatismo impostado. Una ciudad entera fingiendo que no permitiría el olvido. Las instituciones sintiéndose obligadas a reaccionar. Porque cuando una mujer desaparece, el estruendo inicial es obligatorio; las cámaras exigen movimiento.
Pero la agenda cambia rápido cuando la presión cede. Tania dejó de ser titular. Alexandrith dejó de ser tendencia. La burocracia regresó a su velocidad habitual. Y con ella, la indiferencia: funcionarios que cambian de tema, promesas que se diluyen, excusas que envejecen. Las familias, como siempre, quedaron solas: atrapadas en un limbo cruel donde la esperanza pelea contra el cansancio.
Lo realmente grave no es que no las hayan encontrado. Lo verdaderamente aterrador es que Cartagena empieza a normalizar la desaparición, como si fuera parte del paisaje urbano, como si fuera un riesgo “estadístico”, como si el dolor ajeno fuera un ruido de fondo que ya nadie escucha. Ese es el verdadero fracaso: no el institucional, sino el moral.
Cartagena sigue vendiéndose al mundo como un destino mágico, histórico, imperial. Pero ¿Qué clase de magia es esta, donde una mujer puede desaparecer sin dejar rastro, donde su nombre se convierte en carpeta archivada, donde su búsqueda se diluye entre trámites y excusas?
¿Qué mensaje reciben las jóvenes que caminan de noche por Bocagrande, o que salen de estudiar en San Diego, o que viajan a Bayunca? El mensaje es brutal: “Si desapareces, te buscarán unos días. Después tal vez pinten un mural. Y luego… nada”. Eso también es violencia.
Las autoridades apelan a su libreto técnico: investigaciones abiertas, hipótesis en estudio, reserva del proceso. Palabras frías para familias que viven un infierno caliente. En el papel, todo avanza. En la realidad, la sensación es otra: abandono, indiferencia, desgaste institucional. Una investigación sin resultados visibles es, en la práctica, una investigación que se apaga.
Y la sociedad, ¿Dónde está? A veces indignada, otras veces solidaria… pero también cómoda. Porque mientras no sea nuestra hija, nuestra hermana, nuestra amiga, creemos que no nos corresponde. Hasta que nos toque.

Las mujeres desaparecidas no son cifras: son vidas interrumpidas. Son camas vacías, cepillos que no se usan, teléfonos que no suenan más. Son padres envejeciendo en la desesperación, madres que no vuelven a dormir, hermanos que crecen con un hueco en el pecho. No se trata solo de Tania, No se trata solo de Alexandrith, se trata de todas las que podrían ser las próximas.
Porque cuando una ciudad deja de buscar a sus mujeres, cuando una sociedad se acostumbra al silencio, cuando las autoridades normalizan la ausencia… esa ciudad empieza a perder su propia dignidad. Y una sociedad que olvida a sus desaparecidos siempre termina desapareciendo un poco también.


