Cartagena vive otra jornada de sangre, miedo y silencios. La inseguridad volvió a golpear, esta vez en la zona insular: Óscar Iván De Ávila Barrios, de 65 años, fue asesinado a plena luz del día frente a un establecimiento público en Playa Blanca, en el corregimiento de Barú. El crimen, que estremeció a vecinos y visitantes, expone una vez más la crisis de violencia que se expande por la ciudad, los corregimientos y el corredor turístico insular.
Según el informe preliminar de la Policía Metropolitana, De Ávila —conocido por algunos como “el Mosquito”— se encontraba cerca de su vivienda cuando un hombre se le acercó por la espalda y le disparó varias veces a quemarropa, sin intercambio de palabras ni intento alguno de ocultar la ejecución. La muerte fue inmediata.
“El occiso estaba en un establecimiento público cuando un sujeto se acercó, desenfundó un arma y atentó contra su humanidad. Falleció en el lugar”, informó la Policía en su reporte oficial.
Aunque las autoridades confirmaron que a De Ávila Barrios le figuraba en el SPOA una anotación por violencia intrafamiliar en 2022, no hay claridad sobre los móviles del homicidio. Lo único confirmado es la brutalidad y la precisión del ataque.
Las cifras de asesinatos selectivos alimenta un panorama cada vez más preocupante: sicariato disparado, disputas locales, ausencia de control efectivo y un territorio donde la criminalidad parece moverse sin resistencia. Playa Blanca, punto neurálgico del turismo en Cartagena, suma otro episodio que erosiona la seguridad de residentes, trabajadores y visitantes. En sectores como Barú, Bocachica, Caño del Oro, Tierra Bomba, La Boquilla, Pasacaballos y demás corregimientos, el miedo es ya parte del paisaje cotidiano.
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El crimen de Óscar De Ávila en Barú se convierte en otro recordatorio de un problema que ya no cabe bajo la alfombra: la violencia avanza mientras la institucionalidad responde tarde, y a veces, apenas observa.

