En lo más profundo de la cordillera nariñense, donde el frío muerde la piel y la neblina parece querer borrar la geografía del mapa, se alza —aún hoy— la silueta imponente y silenciosa del cerro Patascoy. A 3.600 metros sobre el nivel del mar, en ese punto olvidado por el mundo pero vital para el país, se escribió una de las páginas más dolorosas y heroicas de la historia reciente de Colombia.
La noche del 21 de diciembre de 1997, mientras gran parte del país se preparaba para la Navidad entre villancicos, luces y novenas, un grupo de soldados del Ejército Nacional enfrentó un ataque sorpresivo de las FARC contra la base militar de comunicaciones estratégicas ubicada en la frontera entre Nariño y Putumayo. El saldo fue devastador: 10 militares asesinados y 18 secuestrados, entre ellos el cabo José Libio Martínez, quien se convertiría en uno de los secuestrados de mayor duración en la historia del conflicto armado colombiano.
Patascoy no era un puesto cualquiera. Aquel enclave inhóspito cumplía una misión crucial: proteger los sistemas de comunicación que conectaban buena parte del sur y occidente del país. Era, en términos estratégicos, un corazón tecnológico de la seguridad nacional. Por eso, allí estaban esos soldados jóvenes, disciplinados y silenciosos, cumpliendo órdenes lejos de casa, del calor familiar y de la Navidad.
Días antes del ataque, la rutina transcurría entre el frío permanente, el viento golpeando las estructuras metálicas y las comunicaciones internas que rompían el silencio de la montaña. No se hablaba de miedo. En la guerra, el miedo se aprende a callar. Pero algunos presentían que algo no estaba bien. La intuición, en combate, también es una forma de experiencia.
Al caer la noche, la neblina se volvió más espesa de lo habitual, como una advertencia silenciosa. Sin que los soldados lo supieran, un numeroso grupo guerrillero avanzaba sigilosamente por las laderas del cerro. Durante meses habían planeado el asalto: conocían la topografía, los turnos, la composición de la base y contaban con armamento suficiente para una toma violenta.
Cerca de la medianoche comenzó el infierno. Primero, ráfagas aisladas. Luego, explosiones que iluminaron el cielo por segundos. Después, la oscuridad total. El ataque llegó desde varios frentes, cercando la base y obligando a los soldados a responder en condiciones extremas. La sorpresa era parte del plan enemigo; la resistencia, parte del honor militar.
Muchos de esos soldados no superaban los 20 años. Aun así, corrieron hacia las posiciones defensivas, intentaron reportar el ataque, auxiliaron a sus compañeros y resistieron bajo una lluvia de fuego. Fue una batalla desigual, brutal, marcada por el frío, la noche y la determinación de no abandonar la misión.
A pesar de la inferioridad numérica y del asalto feroz, los soldados resistieron más allá de lo humanamente posible. Resistieron como solo resisten quienes defienden la patria desde el anonimato, en puestos olvidados, lejos de los discursos y las cámaras. Uno a uno fueron cayendo, cumpliendo su deber hasta el último aliento.
La base fue tomada. Hubo muertos, secuestrados y destrucción. El amanecer no trajo celebración alguna, sino desolación. Pero también dejó algo imborrable: el testimonio de un amor silencioso por Colombia.
La noticia sacudió a la nación. Colombia amaneció herida. Los nombres de los soldados comenzaron a conocerse. Padres, madres, hermanos y esposas lloraron frente a las cámaras o en la soledad de sus hogares. Cada uno tenía una historia, un sueño, una vida entregada con honor.
El secuestro de los sobrevivientes abrió uno de los capítulos más dolorosos del conflicto. Para ellos comenzaba un largo viacrucis en la selva. Para el país, una herida que aún no cierra del todo.
Hoy, casi tres décadas después, Patascoy sigue siendo una cicatriz que no se borra. Pero también es una antorcha que debe mantenerse encendida. Recordar lo ocurrido no es un acto de rencor, sino de respeto. No es avivar la guerra, sino honrar la verdad.
Porque no fueron solo víctimas.
Fueron héroes.
Porque no fueron caídos anónimos.
Fueron guardianes de la República.
Porque no fueron cifras.
Fueron colombianos con nombre, familia y sueños.
Las nuevas generaciones deben conocer esta historia. No para odiar, sino para entender. No para repetir la violencia, sino para valorar el sacrificio que permitió que hoy podamos estudiar, trabajar, opinar y soñar con un país distinto.
- Recordar Patascoy es un deber moral.
- Es honrar a quienes permanecieron firmes mientras el país dormía.
- Es agradecer a quienes defendieron una montaña perdida en el frío para proteger a toda una nación.
Este homenaje es para ellos.
- Para su sacrificio.
- Para su memoria.
- Para su honor.
Que nunca se apaguen sus nombres, que Colombia no olvide, que Patascoy siga siendo un eco eterno de valentía en la historia nacional.



