- Por: Ángel Gabriel Conde Romero | Capitán de Fragata (RA)
Los acontecimientos recientes en el escenario geopolítico regional nos obligan a realizar una pausa profunda y crítica. No basta con analizar el calibre de las armas o el número de batallones; es imperativo analizar el alma del soldado. Lo que estamos observando es la confirmación de una verdad dolorosa: una fuerza militar dotada de tecnología, pero carente de principios éticos y morales, es una fuerza inexistente en el momento de la verdad.
Existe una máxima que explica la raíz de esta decadencia: “El Diablo odia al hombre sin principios, sin Dios y sin valores, porque en su vacío moral no encuentra nada que valga la pena corromper; simplemente lo usa como un instrumento desechable para sus fines”. Cuando el hombre busca el dinero como fin último, pierde su condición de ser humano digno y se convierte en un actor de reparto en las mascaradas del poder.
Cuando el fin último del individuo es la acumulación de riqueza y el poder personal, la institución militar deja de ser el escudo de la Nación para convertirse en una mercancía negociable al mejor postor.
- El peligro de la “idolatría del dinero” en las FF. MM.
La formación de un militar no puede limitarse a la destreza técnica o al manejo de sistemas de defensa aérea. Si el ser humano que viste el uniforme es un adorador del dinero, su lealtad tiene fecha de vencimiento y un precio de mercado.
El soldado sin Dios y sin principios: es aquel que, ante la presión externa o la oferta económica, prefiere la capitulación pactada antes que el sacrificio por el deber.
La traición como negocio: lo que parece un “show” o una entrega planificada es el resultado de décadas de erosión moral, donde las cúpulas prefieren asegurar sus paraísos fiscales antes que honrar el juramento a la bandera.
Como colombianos, debemos observar lo que sucede en el vecindario con absoluta seriedad y humildad. Lo que ocurre en Venezuela es una advertencia directa: cuando una sociedad permite que sus valores se diluyan y que sus instituciones militares sean cooptadas por la ambición económica o el servilismo político, la Nación pierde su derecho a la libertad. Colombia no puede permitirse el lujo de la indiferencia moral; debemos entender que la seguridad no reside en los fusiles, sino en la integridad de quienes los portan. Si permitimos que el perfil del servidor público sea el del oportunista y no el del patriota ético, estaremos condenados a ser testigos de nuestro propio desmantelamiento en favor de intereses extranjeros.
Es urgente revisar los procesos de selección para ingresar a las instituciones castrenses. El perfil del aspirante debe ser evaluado bajo una lupa ética innegociable:
Vocación de servicio vs. ambición de poder: quien busca el uniforme para enriquecerse es un peligro para la seguridad nacional.
Solidez moral: la formación debe incluir un fuerte componente humanista y espiritual (independientemente de la fe particular, basado en la existencia de valores superiores).
Resistencia a la corrupción política: el militar debe entender que su lealtad es con la Nación y sus ciudadanos, no con los intereses transitorios de políticos corruptos que buscan guardias pretorianas para proteger sus fechorías.
- La formación continua: la ética como ciencia de combate
La carrera militar debe ser una escuela constante de virtudes. Si el entrenamiento se olvida de la moral, el Ejército se convierte en una banda armada.
Educación en valores: se debe enseñar que el honor no se compra y que la soberanía no se negocia bajo la mesa.
Alerta ante el espectáculo geopolítico: los miembros de las FF. MM. deben ser educados para comprender las realidades del mundo, evitando ser peones en juegos de potencias extranjeras que solo buscan saquear los recursos económicos del país.
Una nación cuyas fuerzas militares permiten que su territorio y sus recursos sean objeto de un “show” de intereses cruzados —donde se prefiere el pago de una deuda a una potencia extranjera sobre la dignidad del propio pueblo— es una nación en peligro de extinción moral.
Es imperativo que el pueblo colombiano despierte ante una realidad innegable: donde hay corrupción, la lealtad ha muerto. Un gobierno que transa con los recursos públicos envía el mensaje claro de que no tiene compromiso ni con sus instituciones ni con sus electores. La corrupción es la prueba fehaciente de que el gobernante no sirve a la Nación, sino que se sirve de ella.
Debemos advertir con contundencia que el actual modelo de gobierno muestra señales alarmantes de ser una copia del proceso construido en Venezuela: un espejo de erosión institucional donde la retórica populista oculta el desmantelamiento de los valores democráticos. Este camino no conduce al progreso, sino a la destrucción de la idea misma de Nación. Si la ética se sacrifica en el altar de las ambiciones personales y el enriquecimiento ilícito, Colombia se enfrenta al peligro de convertirse en un territorio sin ley, donde la confianza ciudadana es reemplazada por el cinismo y la desesperanza. La lealtad a la patria comienza con la transparencia, y sin ella, no hay futuro posible.
La formación ética no es un adorno; es el soporte más importante de la Nación. Sin ella, el armamento más sofisticado es chatarra y el uniforme un disfraz. La verdadera soberanía reside en hombres y mujeres que no se arrodillan ante el becerro de oro de la corrupción.

