El miedo al parto es una de las emociones más frecuentes y menos habladas durante el embarazo. No siempre se expresa de forma directa, pero aparece en frases como: “doctora, me da pánico el dolor”, “tengo miedo de no poder” o “no quiero perder el control”. Este temor no distingue edad, nivel educativo ni número de gestaciones. Afecta a mujeres en su primer embarazo o con múltiples partos por igual, y muchas veces se vive en silencio.
El miedo no es solo una emoción incómoda, sino un factor que puede influir directamente en la fisiología del parto. Cuando una mujer se siente observada, juzgada, desinformada o amenazada, su cuerpo responde con tensión. Y un cuerpo tenso suele vivir el parto con mayor dificultad.
Durante el trabajo de parto, el cuerpo depende de una delicada interacción hormonal, especialmente de la oxitocina y las endorfinas, responsables de la progresión de las contracciones y del alivio natural del dolor. El miedo activa el sistema nervioso simpático y eleva los niveles de sustancias como la adrenalina, la cual inhibe la acción de la oxitocina y puede interferir con la dinámica uterina, aumentar la percepción del dolor y prolongar el trabajo de parto. En otras palabras, el cuerpo en estado de alerta no va parir con la misma eficacia que un cuerpo que se siente seguro.
El miedo al parto no surge de manera espontánea. Se construye a partir de múltiples fuentes: relatos negativos transmitidos de generación en generación, experiencias obstétricas previas difíciles, violencia obstétrica, información incompleta o alarmista y una cultura que ha medicalizado el nacimiento hasta desvincularlo del proceso fisiológico. A muchas mujeres se les explica cómo se maneja una emergencia, pero no cómo funciona un parto normal. Se les habla de riesgos, pero no de recursos.
Desde la práctica clínica, es evidente que el miedo no solo afecta la vivencia emocional del parto, sino también la toma de decisiones. El temor intenso se ha asociado con mayor solicitud de cesáreas electivas sin indicación médica, mayor uso de intervenciones durante el trabajo de parto y una experiencia global menos satisfactoria, incluso cuando los desenlaces perinatales son adecuados. Muchas decisiones no se toman desde el deseo o la información, sino desde la urgencia de “que esto termine rápido”.
Como ginecóloga, he visto cómo ese miedo puede transformarse. No desaparece por completo, pero cambia cuando una mujer comprende qué sucede en su cuerpo, cuando sabe qué opciones tiene, cuando siente que será escuchada y respetada. La evidencia es clara: la educación prenatal, el acompañamiento continuo y una comunicación empática con el equipo de salud reducen la ansiedad y mejoran la experiencia del parto.
Prepararse para el parto no significa idealizarlo ni prometer ausencia de dolor. Significa llegar con herramientas: información clara, expectativas realistas, recursos emocionales y una red de apoyo. Significa pasar del “no soy capaz” al “confío en mi cuerpo y en quienes me acompañan”.
También es importante decirlo: no existe una única forma correcta de parir. Humanizar el parto no es imponer un modelo, sino devolverle a cada mujer la posibilidad de decidir sin miedo. Un parto respetado es aquel en el que la mujer se siente segura, protagonista y acompañada, independientemente de cómo termine.
Hablar del miedo al parto es una invitación a cambiar la narrativa. A dejar de transmitir terror y empezar a transmitir confianza. Porque el parto no es solo un evento médico: es una experiencia que deja huella en la memoria corporal y emocional de quien la vive.
Quizás el objetivo no sea parir sin miedo, sino parir con información, acompañamiento y respeto. Cuando el miedo se comprende y se trabaja, deja de ser un obstáculo y puede convertirse en un punto de partida hacia una experiencia más consciente y poderosa.

