El inesperado y extraordinario proceso judicial que enfrenta Nicolás Maduro Moros ante los tribunales federales de Estados Unidos nos coloca, más que frente a un mero juicio penal, ante un punto de inflexión en la relación entre el Derecho penal estadounidense, las normas de Derecho internacional y la soberanía estatal. En pocos días, el foco de la conversación global ha pasado de la mera acusación por narcotráfico a un debate más profundo sobre cómo se aplica y hasta dónde puede estirarse la jurisdicción de un Estado en contra de un jefe de Estado extranjero.
El anuncio de que Maduro y su esposa, Cilia Flores, comparecerían ante un tribunal neoyorquino por cargos de conspiración para importar cocaína, narcoterrorismo y posesión de armas desató una tormenta legal y política desde el mismo momento en que fue ejecutada su captura. La operación, calificada por Maduro como un “secuestro” y por algunos expertos como una violación al principio de no intervención y a la prohibición del uso de la fuerza armada en el orden internacional, plantea un problema concreto: ¿puede un Estado nacional detener y juzgar a un jefe de Estado de otro país sin el consentimiento de este, sin una orden internacional y mediante una acción militar directa en su territorio?
La respuesta formal que el Derecho estadounidense tiende a dar se basa en la antigua doctrina Ker-Frisbie, según la cual la jurisdicción de los tribunales no se ve afectada por la manera en que un acusado ha sido traído ante ellos. Bajo esa lógica, una vez que el individuo está físicamente presente ante la corte, el proceso puede continuar, siempre que se respeten las garantías procesales internas.
Sin embargo, esta doctrina opera en tensión directa con el corpus del Derecho internacional público, que protege la soberanía territorial y la inmunidad de los jefes de Estado. Tradicionalmente, los altos cargos ejecutivos —especialmente quienes ejercen funciones oficiales— gozan de inmunidad frente a jurisdicciones extranjeras, salvo en circunstancias muy limitadas, como los crímenes de lesa humanidad ante tribunales internacionales propiamente constituidos.
A esto se suma el hecho de que Estados Unidos no reconoce a Maduro como presidente legítimo de Venezuela, una postura que le permite legalmente negar su inmunidad como jefe de Estado ante los tribunales federales. Esta misma lógica fue empleada en la instrucción original de su acusación en 2020, cuando se le imputaron supuestos vínculos con el Cártel de los Soles y otras organizaciones criminales transnacionales.
- ¿Qué recuerda el caso Noriega? El precedente del dictador panameño
Aquí es donde entra la comparación con Manuel Noriega, exdictador de Panamá, cuya captura y juicio en Estados Unidos en los años noventa crearon un antecedente cercano —aunque no idéntico— en la praxis judicial estadounidense.
Noriega fue derrotado y capturado tras la invasión estadounidense a Panamá en diciembre de 1989, al amparo de la Operación Causa Justa, una intervención militar que tenía entre sus objetivos oficiales poner fin al régimen autoritario y a su presunta implicación en el narcotráfico. Una vez detenido, Noriega fue trasladado a Estados Unidos, donde enfrentó cargos por narcotráfico, racketeering y lavado de dinero. Su juicio en Miami concluyó con condenas y una larga pena de prisión.
Las similitudes con Maduro —más allá de que ambos fueron jefes de Estado acusados por Estados Unidos por narcotráfico— se localizan en las tensiones entre soberanía, legalidad internacional y jurisdicción penal estadounidense. En el caso de Noriega, la Corte Suprema estadounidense descartó la inmunidad alegada al determinar que, aunque jefe de Estado, actuaba en calidad de líder de una organización criminal, lo que permitió al tribunal federal procesarlo.
No obstante, existen diferencias sustanciales. Noriega no fue capturado mediante una operación militar fuera de todo marco de consentimiento internacional, y el contexto geopolítico era distinto: Panamá estaba ya prácticamente bajo control estadounidense tras años de intervención política y económica. Además, Noriega no gozaba del mismo nivel de reconocimiento internacional como jefe de Estado que Maduro mantenía en 2025 ante algunos países.
¿Qué viene para Maduro, Cilia Flores y los suyos?
- Desarrollo del proceso penal. El juicio en suelo estadounidense seguirá su curso, con audiencias de control, presentación de pruebas y una defensa —probablemente encabezada por abogados con experiencia en Derecho internacional— que intentará disputar la jurisdicción, la legalidad de la captura y la admisibilidad de las pruebas.
- Argumentos sobre inmunidad y soberanía. La defensa seguramente invocará inmunidad funcional o de jefe de Estado, aunque, como señalan expertos, esta línea rara vez prospera en tribunales estadounidenses cuando el propio gobierno ha declarado que no reconoce la legitimidad del cargo.
- Cuestiones jurídicas internacionales. A nivel internacional, la detención unilateral de un jefe de Estado sin orden del Consejo de Seguridad de la ONU o sin un mandato claro de cooperación viola normas del Derecho internacional público. Aunque estos planteamientos no suelen detener un proceso judicial interno en Estados Unidos, sí pueden utilizarse para presionar políticamente y buscar alternativas legales en tribunales internacionales o cortes regionales.
- Impacto político y diplomático. Más allá del juicio, lo que ocurra con Maduro y Flores tiene profundas ramificaciones para las relaciones hemisféricas, la interpretación de la jurisdicción universal y el precedente de capturar líderes extranjeros por cargos criminales sin mecanismos multilaterales de cooperación.
- Posibles recursos y apelaciones. La defensa puede intentar elevar la discusión a instancias superiores, aunque el tribunal federal de Nueva York y las cortes de apelación internas tienen un historial de poca indulgencia frente a estas alegaciones cuando el Estado demandante no reconoce la inmunidad reclamada.
Entre Noriega y un nuevo orden legal mundial
Si el caso Noriega marcó un precedente en el que un dictador fue llevado ante la justicia estadounidense por crímenes transnacionales, el caso Maduro amplía ese precedente hacia áreas inexploradas: la captura militar directa de un mandatario extranjero, el rechazo explícito de la inmunidad basado en la no reconocida legitimidad del cargo y una confrontación abierta entre el Derecho interno y las normas internacionales de soberanía e inviolabilidad.
Para la defensa de Maduro y Flores, el desafío será enorme: superar no solo el peso del proceso penal, sino también la narrativa legal y política que Estados Unidos ha construido alrededor de este caso. Para el Derecho internacional, el juicio plantea incertidumbres relevantes: puede consolidar una práctica informal de jurisdicción extraterritorial reforzada o, por el contrario, provocar un replanteamiento crítico de los mecanismos multilaterales de cooperación judicial.
Lo que está en juego no es solo un veredicto, sino el equilibrio entre soberanía, imperio de la ley y arquitectura jurídica internacional en un mundo donde los Estados más poderosos reclaman jurisdicciones cada vez más amplias.

