Hay hechos que trascienden lo personal y se convierten en un asunto de ciudad. Lo ocurrido el pasado lunes 9 de febrero en la Plaza de la Aduana —centro simbólico del poder distrital— no puede ser minimizado ni tratado como simple anécdota.
El exalcalde William Dau Chamat fue víctima de un comportamiento de connotación sexual no consentido. Se trata de un episodio que encuadraría en conductas tipificadas por el Código Penal Colombiano como acto sexual abusivo. El autor de este acto tratado como delito por el Código Penal Colombiano responde al nombre de Jaime Herrera, conocido con el alias de «Rasquiña» o “Rasqui”.
«Rasquiña» es una persona de tez negra, de talla alta y de cuerpo fornido, que fue un muchacho pobretón de las barriadas excluidas de Canapote y que contó con la suerte de conocer, y además, «caerle bien» a Dumek Turbay, quien siempre lo ha protegido y amparado.
Nadie le ha encontrado explicación a la especialidad y protección que Dumek siempre ha tenido con “Rasquiña”, conociéndose muy bien que al hoy mandatario de los cartageneros si algo lo identifica es ser excluyente, clasista y despótico con los que no están a su nivel social y económico.
Dumek comenzó teniendo a “Rasquiña” en IDERBOL cuando fue su gerente, y donde lo empoderó; luego lo llevó al Real Cartagena, cuando también Turbay fue su gerente. Del “Real”, “Rasquiña, siguió escalando en mando y en lo económico cuando su benefactor llegó a la Gobernación de Bolívar, y ahora que su protector es Alcalde de Cartagena, ha pasado por el IDER, por el fracasado «Plan Titan-24”, y actualmente lo tiene enganchado en el Cuerpo de Bomberos de la ciudad, obviamente, como «corbata», donde no hace nada, pero que se gana 3.5 millones de pesos mensuales con OPS ordenada por el Alcalde Turbay.
«Rasquiña» es de esas personas a las que uno se queda corto si las llama escoria humana, lacra y lumpen social, y un canalla y miserable como siempre lo ha sido al que siempre su favorecedor, el hoy alcalde de la ciudad, le ha aplaudido y aprobado todo lo que hace y le manda a hacer, como lo comprobó con lo que hizo con el exalcalde William Dau. Sólo una persona como “Rasquiña”, es capaz de cometer tan vil acto.
Abandonando sus tiempos de desarrapado canapotero, donde hay informaciones no comprobadas que también incursionó en grupos pandilleros, y que “Rasqui”, a punta de politiquería en el sector donde vivía, Canapote, y digo donde vivía, hoy “El Rasqui” gracias a todo el apoyo y el especial afecto de Dumek por él, vive en uno de los lugares más exclusivos de Cartagena, en la zona norte, en Barcelona de Indias, y se manda un buen carro de lujo. ¡Que suerte la de “El Rasqui”!
Pero creo, como muchos, que lo hecho por “Rasquiña” contra Dau Chamat fue una premeditada actuación, promovida por alguien más. Dicen que el Alcalde, pero eso es y será difícil de probar, por lo cual yo no me atrevo a asegurar ni a afirmar esta versión, la cual ha dado motivo a innumerables memes en las redes sociales que dan vergüenza.
Finalmente «Rasqui», como también te dicen, prepárate. El Código Penal te está esperando, porque tu actuación está codificada como acto sexual abusivo, el cual es sancionado como tocamiento o comportamiento sexual no consentido, aprovechando la incapacidad de la víctima para resistirlos; y la pena está entre 8 y 16 años de prisión, y el cual se agrava por ser Dau Chamat un adulto mayor, y además, una persona que por haber sido Alcalde de la ciudad, ostenta una dignidad especial como tal. Las puertas de Ternera están abiertas esperándote, “Rasqui”, todo esto te ha pasado para que aprendas a respetar y para que no te sigas dejando mandar por los que dicen quererte, pero que, en verdad, terminaron haciéndote un gran mal.
La ciudadanía merece explicaciones institucionales, no rumores. Merece transparencia sobre los vínculos administrativos, las órdenes de prestación de servicios, y las funciones realmente desempeñadas. Cuando los hechos ocurren en el corazón administrativo de la ciudad, el silencio no es opción.
Este no es un debate sobre simpatías personales ni sobre disputas políticas pasadas. Es un debate sobre respeto, sobre límites y sobre el uso del poder. Si la justicia determina que hubo delito, corresponderá a los jueces imponer las sanciones previstas en la ley. Y si no lo hubo, también deberá quedar plenamente esclarecido.
Pero mientras tanto, lo que no puede normalizarse es la degradación del espacio público ni la trivialización de conductas que afectan la dignidad de las personas, más aún cuando se trata de un exmandatario elegido por voto popular. En democracia, el poder no es un escudo. Es una responsabilidad. Y la ciudad tiene derecho a exigir cuentas, no especulaciones.



