Dicen que todo poder excesivo termina pareciéndose a Roma en decadencia. Y, en Macondo de Indias, donde la política hace mucho tiempo se volvió una saga familiar más que un ejercicio republicano, ese paralelismo empieza a sentirse incómodamente cercano.
Durante años, los gobernantes de turno se han convertido en figuras intocables: nulo control institucional, lealtades compradas, opositores fragmentados y una narrativa pública cuidadosamente administrada. Nada nuevo bajo el sol. Así mismo funcionaban también varios emperadores romanos, desde Nerón hasta Cómodo, convencidos de que el poder era patrimonio personal y no encargo ciudadano.
Pero la historia enseña que los imperios rara vez caen por un enemigo externo. Con frecuencia, el deterioro empieza en lo íntimo: sexo y excesos de todo tipo, círculos cerrados de favoritos, decisiones guiadas más por afectos privados que por interés público. Roma tuvo ejemplos célebres: emperadores cuya vida personal, sus amantes o sus confidencias terminaron influyendo en la política, debilitando su imagen y erosionando la autoridad.
En Macondo de Indias, los rumores sobre una relación sentimental extramarital del gobernante con alguien del mismo sexo han comenzado a tener un peso político inesperado. No por la naturaleza de la relación en sí, que en una sociedad madura sería irrelevante, sino por lo que simboliza: vulnerabilidad, dependencia emocional y posibles filtraciones de poder hacia espacios privados poco transparentes.
Roma lo vivió muchas veces. Cuando el poder se mezcla con favoritismos afectivos, surgen resentimientos internos, fracturas en las alianzas y una inevitable pérdida de respeto entre quienes antes aplaudían. El emperador deja de ser figura institucional y pasa a ser personaje de corte. Y ese suele ser el principio del fin. No necesariamente una caída abrupta, sino algo más lento y romano: pérdida de legitimidad, aislamiento progresivo, aliados que toman distancia, rumores que sustituyen el discurso oficial. El poder sigue existiendo formalmente, pero ya no inspira temor ni respeto, solo expectativa de relevo.
Macondo de Indias, como otras tantas ciudades, conoce bien ese ciclo. Líderes que parecían eternos de pronto descubren que la historia no perdona excesos ni confusiones entre lo público y lo privado. Roma lo escribió hace dos mil años: ningún imperio cae por amor, pero muchos empiezan a desmoronarse cuando el poder deja de ejercerse con cabeza fría y empieza a administrarse desde la intimidad. Y entonces ya no hay propaganda que alcance. Solo queda esperar el siguiente capítulo.





