Hay personas que uno aprende a conocer desde un oficio específico y cuesta imaginarlas en otro escenario. A mí me pasó con Dairo Pérez Cuello. Durante muchos años lo vi detrás de una cámara, concentrado, silencioso, meticuloso, haciendo magia con aquellas enormes cámaras de tres cuartos 3CCD y las viejas caseteras de edición lineal que hoy parecen piezas de museo, pero que fueron la columna vertebral de la televisión moderna en la época.
Me sorprendió verlo en redes sociales, no cargando una cámara ni editando imágenes, sino hablando como periodista y hasta aspirando al Concejo de Sincelejo, una faceta que jamás le conocí en aquellos años intensos de televisión nacional, regional y noticieros locales.
Yo conocí a Dairo en otra época. En los días del sudor, las carreras y las noticias hechas casi artesanalmente. Lo conocí junto a su hermano Luis Felipe, dos hombres que se convirtieron en apoyo fundamental durante mis inicios periodísticos en el desaparecido NTS Noticias de Sucre. Allí aprendí mucho más que técnicas de televisión. Aprendí calle, ritmo, criterio y pasión por este oficio.

Dairo tenía algo distinto. Aunque era editor y camarógrafo, siempre manejó un criterio periodístico muy fino. No era solamente grabar imágenes o pegar tomas. Él sabía dónde estaba la noticia, cómo debía contarse y qué imagen tenía fuerza narrativa. En aquellas salas de edición, rodeados de cintas, cables y monitores calientes, me enseñó trucos de cámara, conceptos de edición y secretos del oficio que no aparecían en ningún manual.
Éramos jóvenes, inquietos y aventureros. Recuerdo especialmente una noche en la que necesitaban un camarógrafo extra para cubrir una cartelera de boxeo del famoso Pintoso Box. De repente llegó mi turno. Me pusieron una cámara al hombro y terminé grabando una pelea del campeón Mauricio Pastrana contra un rival cuyo nombre hoy se me escapa entre los recuerdos. Yo estaba nervioso, pero Dairo y Felipe me dieron seguridad. Hicimos el trabajo y quedó bien. Esa noche entendí que la televisión era adrenalina pura.
Fueron años de aventuras interminables. Parrandas, coberturas improvisadas, viajes, madrugadas y complicidades propias de quienes crecimos juntos en el oficio. La televisión local en Sincelejo tenía algo mágico: todos hacíamos de todo. Un día cargábamos equipos, otro día editábamos, después narrábamos una noticia y al siguiente estábamos cubriendo una tragedia o una fiesta popular.
Las viejas cámaras de tres cuartos, las ediciones lineales y aquellas caseteras enormes hoy pasaron a la historia, reemplazadas por la inmediatez digital y los teléfonos celulares. Pero quienes vivimos esa época sabemos que allí nació una generación de verdaderos obreros de la televisión y Dairo fue uno de ellos.
Con el tiempo cada quien tomó su rumbo, pero nunca dejé de reconocer en él esa capacidad natural para comunicar. Por eso hoy no me extraña verlo convertido en periodista. Lo que sí me sorprende gratamente es descubrir esa faceta pública y política que durante años estuvo guardada detrás del lente.
La vida, caprichosa y circular, volvió a cruzar nuestros caminos. Hoy, 724 Noticias nos reúne nuevamente, esta vez no entre caseteras ni cámaras análogas, sino en el universo digital, donde Dairo escribe como columnista y sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: contar historias. Quizá siempre fue periodista y no lo sabíamos.
Quizá detrás de aquel camarógrafo silencioso ya existía el hombre que entendía el valor de la palabra, la noticia y la memoria. Hoy, cuando lo veo hablar frente a una cámara y no detrás de ella, o escribiendo fluidamente entiendo que algunos nunca abandonan el periodismo. Simplemente cambian de posición en el escenario.




