Este 9 de agosto no es una fecha cualquiera. Es un día para detenernos, mirar hacia atrás con orgullo y reconocer a miles de hombres y mujeres que, en algún momento de sus vidas, vistieron el uniforme de la República y pusieron su juventud, su esfuerzo, su disciplina y, en muchos casos, hasta su propia vida al servicio de Colombia.
Hoy conmemoramos al Reservista de Primera Clase: al soldado del Ejército Nacional, al infante de Marina de la Armada de Colombia, al soldado de aviación de la Fuerza Aérea Colombiana y al auxiliar de Policía que cumplió con honor el deber de servir a la patria. También a quienes ingresaron a las escuelas de formación militar o policial y cumplieron las condiciones establecidas por la ley. La Ley 1861 de 2017, que regula el servicio de reclutamiento, el control de reservas y la movilización, establece en su artículo 53 quiénes son considerados reservistas de primera clase.
Allí se incluye a los colombianos que prestan el servicio militar obligatorio y a quienes cumplen determinadas condiciones de formación en las escuelas de oficiales, suboficiales y nivel ejecutivo de la Fuerza Pública. Su artículo 36, además, establece que la tarjeta de reservista de primera clase acredita la definición de la situación militar mediante la prestación del servicio en las Fuerzas Militares o en la Policía Nacional. Pero ser reservista de primera clase no es simplemente tener una libreta militar. Es haber cumplido un deber con la Nación.
Es haber aprendido que la disciplina está por encima de la comodidad; que la misión puede estar por encima del interés individual y que la bandera no es simplemente un pedazo de tela, sino el símbolo de una patria que merece respeto, protección y defensa. Ser reservista también significa llevar consigo una parte de la historia de Colombia. Muchos de quienes hoy son padres, abuelos, empresarios, trabajadores, profesionales, servidores públicos o ciudadanos comprometidos con sus comunidades alguna vez estuvieron en una garita, una patrulla, un buque, una base aérea, una estación de Policía o una unidad militar.
Muchos conocieron las largas jornadas, la distancia de sus familias, las noches de guardia, las campañas, las dificultades de la vida castrense y, en no pocos casos, la crudeza de un país marcado durante décadas por la violencia y el conflicto armado. Muchos regresaron a sus hogares con una experiencia que los acompañaría durante toda la vida. A todos ellos: gracias. Gracias por haber servido. Gracias por haber cumplido. Gracias por haber puesto a Colombia por delante de sus propios intereses.
Pero esta fecha no puede quedarse únicamente en el homenaje. También debe convertirse en una oportunidad para plantear una reflexión al nuevo Gobierno nacional que acaba de comenzar. Presidente Abelardo De la Espriella: mire también hacia los reservistas que sirvieron a Colombia y que hoy no son reconocidos jurídicamente como veteranos ni reciben una asignación de retiro. Existe un amplio sector de hombres y mujeres que hicieron parte de la Fuerza Pública y cumplieron con la Nación, pero que no alcanzaron los requisitos establecidos para acceder a una asignación de retiro.
Allí están quienes cumplieron su servicio militar obligatorio o voluntario; quienes permanecieron en las filas durante el tiempo reglamentario; y también oficiales, suboficiales y otros integrantes de la Fuerza Pública que, por diferentes circunstancias, se retiraron antes de consolidar el derecho a una asignación de retiro. No todos son veteranos en los términos establecidos por la legislación vigente, pero todos hicieron patria. Y esa diferencia jurídica no debería convertirse jamás en una diferencia de dignidad. El Estado puede establecer categorías, requisitos y condiciones legales.
Es parte del funcionamiento institucional. Pero la gratitud de la Nación no debería quedar atrapada en las fronteras de la burocracia. La Ley 1861 de 2017 reconoce, además, la importancia estratégica de las reservas de la Fuerza Pública frente a las necesidades de defensa y seguridad nacional e incluye dentro de ellas a los reservistas de primera clase. Por eso, este 9 de agosto, elevamos respetuosamente una petición al nuevo Gobierno nacional: que Colombia construya una verdadera política de reconocimiento, protección y generación de oportunidades para los reservistas de primera clase que quedaron por fuera de los beneficios destinados a los veteranos y que no reciben asignación de retiro.
Que se estudien alternativas en materia de educación, empleo, capacitación, emprendimiento, vivienda, bienestar y reconocimiento institucional. Que se les escuche. Que se les convoque. Que se conozca su realidad. Que se reconozca su aporte. Porque quien alguna vez vistió el uniforme de la República no debería sentir que, después de entregarlo, también entregó el derecho a ser recordado por la Nación a la que sirvió. Hoy, desde el corazón de quienes amamos a Colombia, rendimos homenaje a todos los reservistas de primera clase. A quienes todavía están con nosotros, nuestro abrazo fraterno.
A quienes ya partieron, nuestra memoria y nuestro respeto. Y a quienes todavía conservan en un cajón aquella vieja tarjeta de reservista, una fotografía con el uniforme, una insignia, una boina, una gorra o cualquier recuerdo de la unidad donde prestaron servicio, les decimos: Colombia no olvida. Porque detrás de cada uniforme hubo una historia. Detrás de cada insignia hubo un sacrificio.
Detrás de cada hombre y cada mujer que prestó servicio hubo una familia que esperó su regreso. Y detrás de cada reservista existe una parte de la historia de Colombia. Que Dios bendiga a los reservistas de Colombia, a sus familias y a quienes hoy continúan sirviendo en el Ejército Nacional, la Armada de Colombia, la Fuerza Aérea Colombiana y la Policía Nacional.
¡Honor, gratitud y respeto a todos los reservistas de primera clase de Colombia! Porque servir a la patria no siempre termina cuando se entrega el uniforme. El uniforme se guarda. El tiempo pasa. La vida cambia. Pero el honor de haber servido a Colombia permanece.



