No era cartagenero, pero el destino y las circunstancias lo llevaron a Cartagena durante los días de la gesta emancipadora del 11 de noviembre de 1811. El Padre Umaña, como fue conocido, había nacido el 22 de septiembre de 1780 en Villa del Rosario, en el hoy departamento de Norte de Santander, donde fue bautizado con el nombre de Nicolás Mauricio de Umaña y Rodríguez.
Su presencia en Cartagena, coincidente con los acontecimientos que desembocaron en la proclamación de la Independencia absoluta de la ciudad, se produjo a su regreso de los Estados Unidos, adonde había viajado por encargo del Gobierno de Cundinamarca para gestionar la adquisición de armas e imprentas destinadas a respaldar la causa patriota y revolucionaria de la Nueva Granada.
El Padre Umaña, además de sacerdote, fue abogado y educador, vinculado a la vida intelectual, política y revolucionaria de la Nueva Granada. Se desempeñó como rector del Colegio Mayor de San Bartolomé, en Bogotá, y, como tío y mentor de Francisco de Paula Santander, se involucró activamente en los acontecimientos del 20 de julio de 1810 en Bogotá, conocidos como los sucesos del «Florero de Llorente».
Pero sería en Cartagena donde el nombre del Padre Umaña quedaría asociado a la movilización popular que cambió el rumbo político de la provincia de Cartagena. El 11 de noviembre de 1811, Pedro Romero, apoyado por los políticos y comerciantes momposinos residentes en la ciudad, los hermanos Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres, por los Lanceros de Getsemaní y por numerosos habitantes decididos a romper definitivamente los vínculos con España, ejerció presión sobre la Junta Suprema de Gobierno.
En medio de aquella jornada, el Padre Umaña, quien se había unido a la causa popular, fue escogido, junto con Ignacio Muñoz, para presentar las exigencias populares ante las autoridades de la Junta Suprema de Gobierno, que se encontraban reunidas ese día.
La demanda central era inequívoca: declarar inmediatamente la independencia absoluta de Cartagena respecto de España y de cualquier otro gobierno español. A ella se sumaban otras propuestas relacionadas con la organización del poder y las reivindicaciones de los habitantes.
La tradición histórica también le atribuye al Padre Umaña haber arengado al pueblo después de que redoblaran las campanas de la iglesia de la Tercera Orden. Este episodio debe vincularse con su actuación como representante de la causa popular.
La importancia del papel desempeñado por el Padre Umaña, o el Cura Umaña, como también lo llamaban, invita a reconocer que la Independencia no fue obra exclusiva de quienes estamparon sus nombres en un acta, sino también de quienes movilizaron al pueblo, defendieron sus exigencias y contribuyeron a hacer posible la ruptura con el dominio colonial, como lo hizo el Cura Umaña.
Por ello, a propósito de la derribada estatua del Padre Umaña, las autoridades de Cartagena deben preguntarse qué están haciendo para preservar su memoria histórica, porque los monumentos pueden caerse, pero el conocimiento no debe derrumbarse con ellos.
El derribamiento de la estatua del Padre Umaña, ubicada en la plaza de la iglesia de la Trinidad, en el corazón del histórico barrio de Getsemaní, en Cartagena, constituye una oportunidad para reflexionar sobre la memoria histórica y el reconocimiento que merecen quienes contribuyeron a nuestra Independencia.
La caída de este monumento no debe significar la desaparición del recuerdo de un hombre cuya participación en los acontecimientos del 11 de noviembre de 1811 merece ser conocida, estudiada y valorada por las nuevas generaciones de cartageneros.
Finalmente, respetar la historia significa reconocer a sus protagonistas. Investigar sus actuaciones y transmitir su legado es una responsabilidad de los gobiernos y Getsemaní, cuna de la participación popular y escenario fundamental de nuestra Independencia, merece conservar viva esa memoria.


