Hay momentos en la vida de una nación en los que resulta mucho más fácil tener miedo que conservar la esperanza. Colombia atraviesa uno de esos momentos. La violencia insiste, los grupos armados desafían al Estado, nuestros soldados y policías siguen cayendo, familias enteras viven el dolor de la pérdida y la incertidumbre amenaza con convertirse en la protagonista de nuestra historia. Sin embargo, quienes creemos en Dios sabemos que la oscuridad nunca ha tenido la última palabra.
Este domingo quiero hablarle a Colombia desde la fe, pero no desde una fe ingenua que desconoce la realidad o pretende ignorar los problemas, sino desde una fe que nos permite mirar las dificultades de frente, reconocerlas y, aun así, mantener la confianza en que podemos levantarnos. La Escritura nos recuerda en Isaías 41:10: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios”. Qué mensaje tan poderoso para una nación que necesita recuperar la confianza, la serenidad y, sobre todo, la esperanza. Colombia necesita seguridad, justicia, instituciones fuertes y autoridad. Necesita que quienes empuñan las armas ilegales entiendan que el Estado no puede renunciar a su deber de proteger a los ciudadanos y garantizar la tranquilidad en los territorios. Pero Colombia también necesita algo que ningún gobierno puede decretar, comprar ni imponer: esperanza.
Los acontecimientos de estos días nos recuerdan que el desafío es enorme. El reciente ataque contra militares en Ocaña, atribuido al ELN, volvió a dejar familias vestidas de luto y puso sobre la mesa, una vez más, el enorme reto que enfrenta el país para recuperar plenamente el control del territorio y garantizar la seguridad de quienes lo habitan. Por eso debemos orar por Colombia, pero también trabajar por Colombia.
La fe no significa cruzarnos de brazos esperando milagros. La verdadera fe también nos llama a actuar, a vivir con honestidad, servir al prójimo, defender la verdad, respetar a quien piensa diferente y asumir con responsabilidad la tarea de construir una sociedad mejor desde el lugar que cada uno ocupa. Martin Luther King Jr. lo expresó con una frase que conserva toda su vigencia: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo”. Y Colombia necesita luz.
Necesita la luz de una Fuerza Pública respaldada por una sociedad que reconozca su sacrificio; la luz de jueces que administren justicia con independencia y sin miedo; la luz de gobernantes que comprendan que gobernar es servir y no servirse del poder; y la luz de ciudadanos que no se resignen ante la corrupción, la violencia, la indiferencia ni la división.
Tengo esperanza en estos cuatro años. No porque crea que será fácil ni porque desconozca la magnitud de los problemas que enfrenta nuestra nación, sino porque sigo creyendo en Colombia y en su gente. Creo en los soldados que cumplen su deber, en los policías que salen cada día a proteger a los ciudadanos, en los campesinos que trabajan la tierra, en los empresarios que generan empleo, en las familias que levantan sus hogares con esfuerzo y en millones de colombianos que, pese a las dificultades, todavía aman profundamente esta patria. Romanos 15:13 nos recuerda una verdad hermosa: “El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer”. Esa debe ser nuestra oración.
Que Dios ilumine a quienes tienen en sus manos las decisiones de la República; que conceda sabiduría a nuestros gobernantes, fortaleza a nuestros soldados y policías, consuelo a las familias que han perdido a sus seres queridos y protección a cada colombiano que sale diariamente a buscar el sustento de su familia. No sabemos exactamente qué traerán los próximos meses. Lo que sí sabemos es que Colombia merece otra oportunidad y que nosotros también tenemos una responsabilidad en la construcción de ese futuro.
No podemos permitir que el miedo termine derrotando la esperanza ni que la violencia consiga convencernos de que estamos condenados a vivir entre el odio, la división y la incertidumbre. Que nadie nos robe la esperanza. Yo sigo creyendo. Creo en Colombia. Creo en su gente. Y, por encima de todo, creo en Dios. Porque, como enseña el Salmo 33:12: “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová”. Este domingo, más que nunca, elevemos una oración por nuestra patria. Que Dios bendiga a Colombia, fortalezca a sus hijos y nos conceda cuatro años de paz, justicia, seguridad, prosperidad y esperanza. Amén.
