Hay momentos en los que las palabras parecen insuficientes para explicar lo que estamos viviendo. Basta mirar alrededor para encontrar padres preocupados por el futuro de sus hijos, familias que luchan cada día por salir adelante, jóvenes que buscan una oportunidad y niños que están creciendo en una sociedad que necesita recuperar algo que nunca debió perder: los valores, la esperanza, el respeto por la vida y la confianza en Dios. Por eso, este domingo quiero convertir estas líneas en una oración.
Padre Celestial, ponemos en tus manos a nuestras familias. Protege cada hogar colombiano. Fortalece a los padres, dales sabiduría para orientar a sus hijos y ayúdalos a comprender que educar no es solamente corregir, sino también escuchar, acompañar, enseñar con el ejemplo y amar. La Biblia nos recuerda: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).
Qué responsabilidad tan grande tienen los padres y qué enorme desafío enfrenta nuestra sociedad. La educación de nuestros hijos no comienza únicamente en las aulas. Comienza en casa. En una conversación, en un consejo, en un abrazo, en una norma cumplida, en el ejemplo de unos padres que enseñan con sus propios actos el valor de la honestidad, el respeto, la disciplina y la responsabilidad. Hoy deberíamos preguntarnos qué estamos dejando como herencia a las nuevas generaciones.
No se trata solamente de bienes materiales. Se trata de dejarles principios, fe, honestidad, respeto por la vida, amor por la familia, solidaridad, sentido de patria y la capacidad de distinguir entre aquello que está bien y aquello que está mal.
Nuestros jóvenes necesitan oportunidades, pero también necesitan referentes. Necesitan que alguien crea en ellos cuando todavía están aprendiendo a creer en sí mismos. Necesitan escuchar que un fracaso no significa el final, que una caída no determina su destino y que siempre existe la posibilidad de levantarse y comenzar de nuevo. San Agustín escribió: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”
Esa inquietud que muchas veces acompaña a nuestros jóvenes no debería conducirlos al vacío, a las drogas, a la violencia o a caminos que terminen destruyendo sus vidas. Debe convertirse en una búsqueda de propósito, de esperanza y de sentido. Y para millones de personas, ese propósito encuentra respuesta en la fe y en el camino hacia Dios.
La Escritura también nos enseña: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). No significa que la vida estará libre de dificultades. Significa que no tenemos que enfrentarlas solos. Oremos también por nuestros niños.
Que ninguno sea víctima de la violencia, las drogas, el abuso, la explotación o la indiferencia. Que ningún niño tenga que crecer sintiéndose solo. Que puedan encontrar hogares donde sean escuchados, protegidos, respetados y, sobre todo, amados.
Oremos por nuestros jóvenes para que tengan oportunidades de estudiar, trabajar, emprender y construir un proyecto de vida digno. Para que tengan la fortaleza de decirle no a quienes quieran convertir sus sueños en mercancía y su futuro en una tragedia.
Oremos por los padres y las madres por quienes madrugan para llevar el sustento a sus hogares. Por quienes enfrentan dificultades en silencio. Por quienes sienten miedo por el futuro de sus hijos. Por quienes, a pesar de las dificultades, siguen luchando y no pierden la esperanza y oremos por Colombia.
Por quienes trabajan honestamente, por quienes educan, por quienes sirven a sus comunidades y por todos aquellos que, desde diferentes lugares y oficios, intentan construir un país mejor.
Que Dios nos dé la sabiduría para entender que ninguna sociedad puede avanzar si abandona a sus familias, si pierde el respeto por la vida o si deja a sus niños y jóvenes a merced de la violencia, las drogas y la desesperanza y cuando sintamos que la esperanza comienza a apagarse, recordemos las palabras del apóstol Pablo:
“Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13). Que nunca perdamos la fe. Que nunca dejemos de orar por nuestros hijos. Que nunca abandonemos a nuestros jóvenes. Que nunca nos acostumbremos al dolor de quienes sufren y que nunca olvidemos que una nación comienza a transformarse cuando sus familias recuperan la esperanza, cuando los padres vuelven a ser referentes para sus hijos y cuando el ser humano vuelve sus ojos hacia Dios.
Padre Celestial, bendice nuestros hogares. Protege a nuestros niños. Guía a nuestros jóvenes. Fortalece a nuestros padres. Dale sabiduría a quienes tienen la responsabilidad de educar y servir. Y concede a Colombia un futuro lleno de paz, justicia, unidad, oportunidades y esperanza. Que Dios bendiga a Colombia y a cada una de nuestras familias. Amén.

