Vivimos en tiempos oscuros: migrantes, refugiados, pandemia, asesinatos de personas negras desarmadas a manos de la policía, corrupción institucional sistemática y global, abuso de poder, escasez de agua. Nadie logra visualizar un futuro mejor. ¿Cómo llegamos a estas condiciones y qué mecanismos hacen posible que nos perpetuemos allí?.
En la década de los 70,s cuando las instituciones financieras tomaron el poder de los políticos y comenzaron a gobernar a las sociedades durante los comienzos del sistema neoliberal, se impuso la ideología de la individualización. A medida que el sistema neoliberal se hacía más dominante en un país, se infiltraba la creencia de que los individuos solo podían alcanzar el éxito como resultado de su esfuerzo personal. Bajo esta premisa, no necesitamos a la sociedad pues cada persona es responsable de su propio bienestar.
El neoliberalismo convirtió las desigualdades estructurales en problemas individuales, al suponer que cualquiera puede superar los obstáculos si trabaja suficiente. Simultáneamente, las políticas neoliberales moralizaron el éxito.
Al infundir la idea de que solamente los inmorales no logran el éxito, la ideología neoliberal alentó a la sociedad a culpar a los pobres por su sufrimiento: los pobres son pobres porque quieren o porque son flojos. «Los pobres son los que más se reproducen, por eso hay tanta pobreza». Esta ideología también libró a los estados de cualquier responsabilidad: si el individuo es responsable de su propio destino, el estado no debe interferir, pues solamente el mérito debe determinar el éxito.
Cuando el estado interviene en momentos de crisis no es para cumplir nuestros derechos sino para «ayudar»; a los necesitados en una muestra de generosidad, que no debe confundirse con socialismo. La ideología de la individualización trajo consigo una desilusión colectiva. Hastiados, pero impotentes, aprendimos a observar la realidad de nuestro entorno con un desapego pesimista.
Es curioso que justamente durante los 70s la expresión personal se haya convertido en tendencia artística, pues el individualismo es incompatible con la acción política. ¿Para qué marchar en protestas multitudinarias si de todas maneras no logramos nada? Con la ilusión de transformar la visión del mundo y subvertir el poder, la expresión personal vino a ocupar el espacio de la acción colectiva.
Así, perdimos contacto con la realidad del poder. En vez de intentar cambiar la sociedad, nos expresamos. Yo me expreso a través de mi página de Facebook. Yo me expreso a través de mi corte de cabello. Yo me expreso a través de mi identidad de género. Usar la política para cambiar el mundo cayó en desuso. Al dividirnos y desgastar nuestros vínculos sociales promoviendo la ideología individualista, el neoliberalismo aniquiló nuestra capacidad de acción.
Una sociedad dividida no se puede movilizar. Una sociedad en la que nadie cree en nada no tiene visión de su propio futuro. En un escenario así, la revolución es cada vez más imposible. En el 2017, el economista y psicólogo noruego Per Espen Stoknes popularizó el concepto de «;fatiga apocalíptica». Según él, las narrativas en torno al cambio climático son intencionalmente pesimistas, pues al concentrarse en futuros catastróficos que no tienen solución en vez de motivar acciones nos embargan de impotencia. Ese sentimiento de impotencia hace que la gente se desconecte y evite el tema.
Lo mismo ocurre con la política: las noticias nos indigestan el desayuno, dejamos de creer en la democracia, el acontecer político nos resulta desagradable. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos desconoce cómo la gestión de los que nos gobiernan se traduce en condiciones de vida. Por las redes pululan narrativas desesperanzadoras sobre la corrupción irremediable de nuestros políticos que generan miedo y mantienen a la gente confundida. Al igual que la ideología del individualismo y el estado de ánimo de la desilusión, la fatiga política ocupa el espacio de la acción colectiva: «El problema no es el sistema, el problema es que todos son corruptos». «Este país no tiene remedio».
Pero Aristóteles tenía razón. Los humanos no somos individuos atomizados, sino seres sociales cuyas decisiones afectan a otras personas. No somos hombres y mujeres individuales. Sí existe la sociedad y los derechos. No soy yo. Somos nosotros. Nos necesitamos para poder visualizar un futuro mejor.


