Hay ausencias que no se apagan con el tiempo. Son heridas que no cierran, que duelen en cada nota, en cada canción, en cada esquina donde una voz alguna vez hizo bailar al pueblo. Han pasado trece años desde que Jhon Jairo Sayas Díaz —el Sayayín— dejó esta tierra, y aún así, en Cartagena, nadie lo da por ido del todo.
Porque el Saya no se fue. Solo cambió de forma. Hoy es eco, es tambor, es recuerdo vibrante. Es lágrima que se confunde con sudor en medio de la champeta. Es historia viva.
Jhon Jairo nació un 4 de junio de 1982 en Canapote, pero fue Olaya Herrera quien lo moldeó. Creció entre calles polvorientas, con los pies descalzos y los sueños por delante. Su madre lo crió con esfuerzo, y él, con más alma que recursos, aprendió a convertir lo cotidiano en poesía rítmica.
Desde niño se le veía tarareando, imitando los movimientos de los grandes en los picós del barrio. No tenía estudio de grabación ni disquera, pero tenía lo que no se compra: ese algo que nace con uno, esa chispa que convierte el hambre en arte, la calle en tarima.
En 1999 llegó La Suegra Voladora, y con ella, el estallido. Luego Paola, La Llamada, La Píldora, La Mujer del Policía… no hubo casa, tienda, mototaxi o fiesta donde no se cantaran sus letras. El Saya se convirtió en el cronista musical del Caribe.
Con su carisma natural y su humildad intacta, nunca se creyó más que nadie. Era artista, sí. Pero también era amigo, vecino, hermano, hijo. El Saya saludaba con el alma. Tenía tiempo para todos. Caminaba con paso ligero, pero dejaba huellas profundas.
- La noche que la música se detuvo
La vida, tan injusta a veces, decidió quitarlo del escenario demasiado pronto. La noche del 26 de junio de 2012 fue herido a bala en circunstancias que aún duelen por su oscuridad. Diecinueve días luchó por su vida, y al final, a las 3:30 de la madrugada del 15 de julio, la ciudad se quedó sin voz. Pero no sin eco.
La noticia se regó como pólvora. En Sincelejo, donde agonizaba, las oraciones no cesaban. En Cartagena, el llanto rompía los radios. Los picós, por respeto, bajaron el volumen por un instante. Fue como si la ciudad se hubiera quedado sin alma.
Trece años después, su música no ha envejecido. Es atemporal, como los ídolos que no mueren. El Extracto del Mango sigue sonando con fuerza. La Mujer del Marinero se baila como si fuera nueva. Lola la Espelucá arranca carcajadas y recuerdos. En cada picó que lo reproduce, Sayayín resucita un poco.
Lo recuerdan sus amigos, como José Quessep, quien lo veía como a un hijo. Lo recuerdan los barrios. Lo recuerda su gente, que aún no supera la idea de que aquel joven sencillo, rumbero, soñador, ya no esté entre nosotros.
El Sayayín un hijo del barrio que nunca se olvidó de sus raíces. No necesitó luces ni premios internacionales para ser grande. Le bastó con una tarima improvisada y el amor de su gente. La champeta le debe parte de su alma, de su prestigio, de su calle. Él la dignificó con su existencia.
Hoy, al cumplirse 13 años de su partida, Cartagena no llora en silencio. Llora bailando. Porque así se despide a los ídolos populares en el Caribe: entre lágrimas, pero con el alma en alto. Porque el Saya no se fue. El Saya se multiplicó en cada canción que nos devuelve la alegría cuando más lo necesitamos y mientras haya un picó encendido, el Sayayín nunca morirá.



