¿Dónde está esa ciudadanía empoderada que reclama por quienes no tienen voz? ¿Por qué seguimos siendo espectadores de nuestra propia tragedia?
Ochenta y dos congresistas de la Cámara eliminaron de la reforma laboral tres artículos fundamentales: los números 31, 32 y 33, que garantizaban condiciones mínimas para los campesinos colombianos. Contratos indefinidos, pago de jornales agropecuarios con todas sus prestaciones, seguridad social: todo desapareció del proyecto de ley.
El Congreso Nacional le falla al pueblo colombiano, sin miramientos. El campo, eje vital de nuestra economía, ha sido condenado a un olvido eterno. Mientras tanto, los campesinos —que llevan sobre sus hombros el peso de nuestras tierras— ven cómo sus derechos son arrebatados una y otra vez.
La reforma agraria, esa promesa que aparece en cada campaña electoral, sigue siendo un espejismo. Mientras esperan lo incumplido, los campesinos luchan por sus tierras, sobreviven en medio del abandono y, paradójicamente, terminan agradeciendo migajas cuando llegan los políticos de turno.
San Onofre, Sucre, la tierra del gran poeta Geovanni Quessep, es un espejo de esta realidad. Allí todo parece estático: la misma plaza inclinada, el parque frente al Palacio Municipal, la burocracia silenciosa que ni siquiera se percata de lo que sucede a su alrededor. Ni siquiera las brisas del Golfo de Morrosquillo sacuden las hojas de la desesperanza.
Nos falta educación, nos falta cultura política. No hay ciudadanos, solo gente que no ve, no oye, no entiende. Se han acostumbrado al maltrato, a la indiferencia, y hasta parecen disfrutarlo cuando los gamonales llegan a ofrecerles un mendrugo de pan.
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El trabajo de reeducar a la comunidad es inaplazable. No podemos seguir permitiendo que el Congreso solo nos mire cuando llegan las elecciones. Es momento de recuperar la rebeldía ciudadana, esa que una vez llevó a un grupo de colombianos a dirigirse al presidente Gustavo Petro para exigirle algo que hoy sigue resonando:
“El pueblo colombiano le solicita, de manera respetuosa y solidaria con su causa —la causa de los más vulnerables—, la derogación inmediata del decreto firmado por el expresidente Juan Manuel Santos que otorgó, hace 11 años, una prima especial de 7,9 millones de pesos mensuales a los congresistas, que hoy asciende a 15,8 millones de pesos. Un gasto que supera el billón de pesos anuales.”
Ellos, los congresistas, son una casta de privilegios y desinterés. Parecen no haber puesto jamás un pie en pueblos como Berrugas o Boca Cerrada, donde la miseria y la angustia son parte del paisaje cotidiano.
El abandono no puede ser eterno. Es hora de despertar. No podemos seguir siendo espectadores mudos mientras el Congreso ignora las necesidades del pueblo y juega con su futuro. La resignación ha sido nuestro peor enemigo, y la indiferencia nos mantiene en cadenas invisibles.
Si el pueblo no se levanta, si no se educa, si no exige, entonces nada cambiará. Y el olvido, ese que ya pesa sobre San Onofre, Berrugas y Boca Cerrada, será el destino de toda Colombia. El tiempo de los mendrugos debe terminar. Porque la dignidad no se mendiga, se reclama.



