La sexualidad es una dimensión fundamental y positiva del ser humano; nos acompaña desde el momento de la concepción hasta la muerte. Se manifiesta a través del sexo biológico, las identidades sexuales, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y las relaciones interpersonales.
En cada etapa de la vida nos manifestamos como seres sexuados desde diferentes comportamientos. La edad en la que estas dimensiones se exploran de manera más intensa —y donde pueden surgir inquietudes o desafíos— es la adolescencia, una etapa de grandes cambios psicológicos, sociales y sexuales. El desarrollo puberal da cuenta del aumento de las hormonas sexuales a nivel cerebral y corporal.
Entre las primeras manifestaciones sexuales en la adolescencia podemos evidenciar el aumento del tamaño de los genitales, el inicio de la menstruación, las primeras erecciones, el interés por lo erótico y afectivo, y la exploración de la identidad sexual, entre otros. Para muchos adolescentes, estos cambios pueden resultar inesperados ante la falta de un acompañamiento y preparación adecuados; por tanto, tienden a generar vergüenza y miedo.
Estas mismas emociones despiertan todo lo que gira alrededor de la sexualidad adolescente, ya que, mientras los adultos (responsables de su cuidado) ocultan información o la brindan a medias, los adolescentes, ávidos de respuestas, buscan documentarse por su cuenta. En la mayoría de los casos, son los amigos, las redes sociales o la pornografía quienes los «educan» en sexualidad, perpetuando el ciclo de desinformación y aumentando los comportamientos de riesgo.
Es importante visibilizar que, aunque estamos sobreexpuestos a contenidos sexualizados a través de diferentes medios de comunicación, estas fuentes probablemente no son las más confiables, ni están siendo lo suficientemente efectivas para disminuir los problemas relacionados con la sexualidad juvenil. Entre estos se encuentran el inicio temprano de la vida sexual, los embarazos no planeados, las infecciones de transmisión sexual, los desafíos en las relaciones amorosas, las prácticas de sexting, el uso problemático de pornografía y el estigma relacionado con la diversidad sexual. Todo esto, en muchas ocasiones, conlleva a problemas en la salud física y mental, dificultades en el establecimiento de relaciones interpersonales, baja autoestima, autolesiones y, en algunos casos, al suicidio.
Por lo tanto, el acompañamiento de la familia, los cuidadores y adultos en general es vital en esta etapa. Son ellos quienes tienen la responsabilidad de informar y responder a las preguntas de los jóvenes. Sin embargo, muchos adultos no saben qué hacer; en la mayoría de los casos, no tienen el conocimiento, y quienes lo tienen, no saben cómo utilizarlo o no cuentan con una buena relación con sus adolescentes que les permita generar un espacio seguro para hablar de temas tan íntimos como la sexualidad.
Para que los adultos acompañen, guíen y eduquen de forma integral y efectiva a los adolescentes, deben eliminar sus propias barreras, mitos y tabúes sobre la sexualidad, los cuales limitan la creación de un vínculo genuino. Esto lleva a que se brinde información sesgada, producto de la pobre educación sexual que recibieron y que, en muchos casos, les ha resultado difícil transformar.
La búsqueda de información en fuentes confiables y basadas en evidencia científica, el interés por pedir ayuda profesional y la disposición para educarse en sexualidad con el fin de educar a los más jóvenes, potencia la percepción de seguridad. Además, hace que los adultos se sientan más confiados y empoderados de esa información, mostrándose como personas confiables y empáticas con los adolescentes, lo cual favorece que estos se abran a abordar sus inquietudes con quienes deben ejercer ese rol.
Los invito a que todos nos eduquemos para educar, para guiar, para acompañar en temas de sexualidad, ya que un niño y un adolescente sexualmente educado será un adulto sexualmente sano.
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