En una escuela improvisada entre senderos áridos y esperanzas postergadas, un maestro llega puntual. En su mochila no solo carga cuadernos y marcadores: lleva esperanza, vocación y una voluntad tan firme que roza lo heroico. Nadie lo espera con aplausos, pero él sabe que su presencia es, quizás, la única barrera entre un niño y el olvido.
Así es la vida del maestro en Colombia, ese personaje silencioso que lucha cada día contra la desidia institucional y la ingratitud social. Su misión es educar a los hijos de todos, incluso a los de aquellos que hoy tienen el poder, pero que ayer fueron también alumnos sentados en pupitres parecidos.
Y no solo enseña. También resiste. Porque muchos de ellos caminan entre veredas azotadas por el conflicto armado, donde la guerra es un eco persistente. Exponen sus vidas cruzando territorios de grupos ilegales, sorteando retenes invisibles y amenazas latentes, solo para cumplir con su misión: enseñar. En lugares donde el Estado no llega con fuerza pública, llegan ellos con libros.

La escena se repite en muchas regiones: un puñado de alumnos, una estructura improvisada de palos y láminas que hace las veces de aula, pupitres desgastados sobre tierra caliente. No hay paredes ni ventiladores, apenas sombra. El maestro, firme, de pie, habla con pasión. Los niños, atentos, toman notas como si cada palabra fuera una chispa de luz en medio del abandono.
“Hay personas que en la vida no saben agradecer”, decía Hernando Marín, como si cada verso de su canción fuese un espejo de las realidades que persisten. Porque el maestro va a la escuela, aunque no le paguen a tiempo, aunque la promesa de un salario digno sea una ilusión que se esfuma entre trámites y silencios gubernamentales. Y aún así, llega. Puntual. Con fe.
Son hombres y mujeres valientes, invisibles para muchos, que no solo enseñan matemáticas o historia, sino que reemplazan, con amor, las ausencias en casa. Padres que no pueden o no saben cómo guiar a sus hijos, encuentran en estos profesores una figura que orienta, escucha y forma.
Y sin embargo, los aplaudimos poco. Los reconocemos menos. A veces, solo cuando hay paro o cuando las redes sociales nos recuerdan que llevan meses sin salario. Entonces opinamos, criticamos o exigimos, sin recordar que ellos también tienen hijos, cuentas por pagar, sueños. Que también fueron niños, que también jugaron con lápices antes de que estos se volvieran su cruz diaria.

El gobierno, por su parte, les paga “de vez en cuando, y otras veces por milagro”, como dice la canción. Es un sarcasmo doloroso, pero real. Una radiografía que no necesita rayos X, solo abrir los ojos y mirar las condiciones en las que enseñan.
Hay jerarquías que duelen más que las económicas. Como decía Marín con sabiduría campesina: “las gallinas de arriba le echan flores a las de abajo”. Es decir, desde los escritorios del poder se ignora lo esencial, se embellece el discurso pero se olvida al que verdaderamente construye: el maestro de aula, el que sigue creyendo, a pesar de todo.
Esta crónica no pretende ser un homenaje, sino una deuda escrita. Una forma de pedir perdón por la falta de gratitud, por la mezquindad con la que tratamos a quienes siembran futuro. Porque si hay un oficio que merece respeto eterno, es el de aquellos que, con tiza o marcador en mano, bajo techos de zinc o entre disparos lejanos, siguen convencidos que la educación puede salvarnos.



