En Colombia, cada ciclo electoral revive una práctica nociva que parece heredada: la clase política trata al país como una finca con dueños, capataces y parcelas para repartir. Promesas que se quedan en discursos, agendas ocultas y decisiones motivadas por intereses personales han deteriorado la confianza de los ciudadanos.
Esta crítica también va dirigida a su propio partido. Porque la verdad es incómoda, pero necesaria: Colombia no es propiedad privada de ningún movimiento político.
Las peleas entre petristas y uribistas han fracturado al país. El centro político permanece inmóvil por miedo y los supuestos neutrales esperan ser reclutados por conveniencia. Mientras tanto, el ciudadano común pide lo esencial: seguridad, empleo, justicia y oportunidades dignas.
Pero la confrontación ya pasó de las redes sociales a la violencia real. Lo ocurrido en Urumita, La Guajira, donde la discusión política terminó en muerte, demuestra el nivel de degradación. Cuando la política divide, la democracia muere.
Hoy Colombia enfrenta una crisis de liderazgo. El gobierno actual, golpeado por alianzas turbias y promesas incumplidas, no entrega un horizonte claro. La derecha pelea internamente por candidaturas. El centro guarda silencio. Ningún sector presenta un proyecto viable de nación. Solo hay plan de campaña.
Ignorar la injerencia del narcotráfico y estructuras ilegales sería ingenuo. Estos grupos poseen recursos, control territorial y capacidad de movilizar votaciones. Advierto que, así como ocurrió en 2022, la sombra del dinero ilícito podría determinar las elecciones de 2026. Si logran instalar un mandatario a su medida, la democracia recibiría una estocada irreversible.
El cansancio es evidente. Los ciudadanos —jóvenes, campesinos, empresarios, trabajadores— exigen un rumbo decente. Colombia solo podrá salvarse si los líderes renuncian a la soberbia y piensan en el país antes que en sus bolsillos. El reto no es elegir un partido, sino elegir sobrevivir como Estado.
El país aún puede dar un paso atrás antes de caer al vacío, pero requiere humildad, grandeza y visión de quienes aspiran gobernarlo. La advertencia es clara: Colombia no pertenece a ningún partido. Colombia es del pueblo. Y el pueblo exige respeto.

