La primera vez que muchos escucharon a Hugo Armando Torres Pérez, no sabían todavía que esa voz alegre y ese humor espontáneo terminarían acompañando a toda una generación. Hoy, cuando el calendario vuelve a marcar la fecha de su partida, su nombre regresa con la fuerza de los recuerdos que no se van. Mr. Hugo, como lo llamaban con afecto, fue de esos hombres que no necesitaban estridencias para hacerse notar: bastaban su sencillez, su risa franca y esa manera honesta de pararse frente a la vida.
Nació con el don de la cercanía. Humilde, trabajador, amigo leal, llevaba en el carácter una vocación clara por el arte y por el encuentro con el otro. Su historia no se construyó desde los grandes escenarios, sino desde la constancia diaria, desde el barrio, la cabina de radio, el set de televisión y la tarima improvisada donde siempre había espacio para una broma o una canción. Su motor fue, desde el comienzo, el deseo de salir adelante sin perder la esencia.
La música champeta fue su primer lenguaje, la asumió como identidad, como relato del Caribe que se canta y se baila. Allí encontró una forma de expresión que lo acompañaría siempre. Luego llegó el humor, ese territorio donde su talento floreció con naturalidad. Imitaba a personajes del mundo vallenato y de las tiras cómicas desarmando letras, jugando con las palabras, provocando la carcajada inmediata. No se trataba de burla, sino de ingenio; de ese humor popular que nace del respeto y del cariño por los ídolos.
La televisión le abrió nuevas puertas. Como presentador de Solo Champeta, bajo la dirección de Jesús Chávez en el canal CNC, y más tarde en TL Costa Cartagena. Mr. Hugo consolidó una faceta que combinaba carisma y profesionalismo. Allí dejó una de sus huellas más recordadas: las invitaciones del desaparecido humorista cartagenero El Chuchilla Geles, recreadas con un parecido sorprendente y una fidelidad que hablaba de admiración y memoria.
Pero si hubo un lugar donde su voz se volvió cotidiana fue la radio. En emisoras como Olímpica, Rumba Stereo y Tropicana, su presencia se convirtió en compañía diaria para los oyentes. Dominaba el micrófono con la misma naturalidad con la que conversaba en la esquina. Cuidaba los detalles, respetaba el oficio y entendía que la radio, más que un trabajo, era un puente directo con la gente. Por eso se ganó el afecto de colegas y audiencia por igual.
Mr. Hugo fue, ante todo, amigo de sus amigos. Solidario, cercano, dispuesto a escuchar y a ayudar, incluso cuando las circunstancias no le eran favorables. Esa lealtad fue la que lo empujó a cruzar fronteras. Viajó a Europa con la esperanza de encontrar nuevos horizontes laborales y profesionales, convencido de que aún tenía mucho por ofrecer. Pero el destino, impredecible y duro, decidió que moriría un 12 de enero de 2021 en Noruega, lejos de su tierra victima de un infarto.
Su partida fue repentina. Un golpe seco que apagó su voz y dejó suspendida su risa. La noticia cayó como un silencio largo entre quienes lo conocieron, un vacío difícil de llenar. Sin embargo, el tiempo ha hecho lo suyo: transformó el dolor en memoria y la ausencia en gratitud.
Hoy, Mr. Hugo sigue vivo en las anécdotas que se cuentan, en las imitaciones que alguien recuerda, en la música que suena y provoca una sonrisa involuntaria. Su historia no terminó; se quedó habitando en el recuerdo colectivo de una ciudad que aprendió a quererlo.





