En tiempos de agitación, cuando una nación parece debatirse entre ideologías enfrentadas, egos desbordados y heridas que no terminan de sanar, la pregunta surge casi inevitable: ¿son estos los signos de los últimos tiempos? Desde la fe cristiana, más que una invitación al temor, esta inquietud es una oportunidad para volver la mirada a lo esencial, a aquello que no cambia, aunque el mundo parezca tambalearse.
La historia de la humanidad ha estado marcada por crisis profundas, y la Escritura no es ajena a ello. Jesús mismo advirtió a sus discípulos: «Oiréis de guerras y rumores de guerras…, porque se levantará nación contra nación» (Mateo 24:6-7). Sin embargo, lejos de sembrar desesperanza, estas palabras invitan a la vigilancia espiritual y a la confianza en la soberanía de Dios. No se trata de calcular fechas ni de caer en especulaciones, sino de discernir los tiempos con un corazón firme.
Nuestro país, cargado de tensiones, desigualdades y dolor acumulado, refleja una condición humana más amplia: la fragilidad del alma cuando se aparta del amor, la justicia y la verdad. La polarización no es solo política; es también espiritual. Es el síntoma de corazones endurecidos, incapaces de escuchar, de perdonar, de reconocer al otro como hermano.
En medio de este panorama, la fe cristiana ofrece un camino distinto. El apóstol Pablo exhorta: «No te dejes vencer por el mal, sino vence con el bien el mal» (Romanos 12:21). Esta es una propuesta radical en un mundo que responde con violencia a la violencia. Es una invitación a romper el ciclo del resentimiento, a sembrar reconciliación donde otros siembran discordia.
La esperanza cristiana no es ingenua ni desconectada de la realidad. Sabe del sufrimiento, lo reconoce, lo nombra. Pero también afirma que la última palabra no la tiene el caos, sino Dios: «Porque yo sé los planes que tengo para vosotros…, planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza» (Jeremías 29:11). Esta promesa, pronunciada en un contexto de exilio y desesperación, sigue resonando hoy con fuerza.
¿Son estos los últimos tiempos? Quizás, en el sentido de que cada generación vive su propio «tiempo final», ese momento decisivo en el que debe elegir entre la luz y la oscuridad, entre el egoísmo y el amor. Pero, más importante que descifrar el calendario divino, es asumir nuestra responsabilidad presente: ser instrumentos de paz, constructores de puentes, portadores de esperanza.
San Agustín decía: «La esperanza tiene dos hijas hermosas: la indignación y el valor; la indignación para no aceptar las cosas como están, y el valor para cambiarlas». Esta reflexión cobra especial relevancia hoy. No se trata de resignarse ante la injusticia, sino de enfrentarla con una ética superior, con una fe que se traduce en acción concreta.
Asimismo, recordamos las palabras de Martin Luther King Jr.: «La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo». En una sociedad fragmentada, estas palabras no son solo inspiración, sino una hoja de ruta.
Cerrar los ojos ante la realidad no es opción. Pero tampoco lo es rendirse al cinismo o a la desesperanza. La fe cristiana nos llama a mirar más allá de las circunstancias, a confiar en que, incluso en medio de la tormenta, Dios sigue obrando.
Que esta columna dominical no sea solo un ejercicio de reflexión, sino un llamado a la acción interior. Que cada lector se pregunte: ¿qué puedo hacer hoy para ser luz en medio de la oscuridad? Porque quizás, más que señales del fin, estos tiempos sean una oportunidad para comenzar de nuevo, desde el corazón. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9).



