«La polarización entre proyectos ideológicos completamente opuestos puede derivar en riesgos de violencia política y hechos lamentables al término de la jornada electoral del próximo 21 de junio».
Terminada la primera vuelta presidencial, Colombia entró de inmediato en una peligrosa espiral de acusaciones, descalificaciones e insultos entre los candidatos Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. Lo que muchos ciudadanos esperaban que fuera el inicio de una confrontación democrática de ideas, propuestas y planes de gobierno, terminó convirtiéndose en una batalla verbal marcada por la agresividad y los ataques personales.
Más que estadistas, ambos aspirantes parecen haberse especializado en la confrontación permanente. En lugar de liderar debates programáticos sobre los grandes desafíos nacionales, han optado por una narrativa centrada en la descalificación mutua, utilizando expresiones que deterioran el nivel del debate político y profundizan la polarización existente.
Durante los últimos días, los colombianos han escuchado calificativos como «cobarde», «fascista», «parapolítico», «narcotraficante», «mafioso», «corrupto», «misógino», «delincuente» y «narcoterrorista», entre muchos otros. Este intercambio de agravios refleja una preocupante degradación del discurso público y evidencia la ausencia de una discusión seria sobre las soluciones que requiere el país.
La situación resulta aún más delicada cuando se intenta vincular a uno u otro candidato con organizaciones armadas ilegales, antiguos grupos guerrilleros, paramilitares o estructuras del narcotráfico. Ese tipo de señalamientos, realizados sin la debida responsabilidad política, contribuyen a exacerbar los ánimos en una sociedad históricamente marcada por la violencia.
Colombia necesita que quienes aspiran a la Presidencia actúen con altura institucional. El próximo mandatario tendrá la responsabilidad de enfrentar desafíos económicos, sociales y ambientales de enorme complejidad. Su misión deberá estar orientada a generar empleo, fortalecer el aparato productivo, combatir la pobreza, reducir la violencia y promover el bienestar general de los ciudadanos.
Sin embargo, más allá de la confrontación ideológica entre izquierda y derecha, existe una discusión estratégica que parece ausente en la campaña: el modelo de desarrollo que deberá adoptar el país en las próximas décadas.
Los candidatos deberían explicar con claridad cuáles serán sus propuestas frente a los desafíos ambientales y económicos del siglo XXI. Conceptos como la bioeconomía, la economía circular y el desarrollo sostenible ya no son asuntos secundarios, sino elementos centrales para garantizar la competitividad y la supervivencia de las futuras generaciones.
La bioeconomía promueve la producción, utilización y conservación de los recursos biológicos mediante la ciencia, la tecnología y la innovación, buscando generar crecimiento económico sin destruir los ecosistemas. A su vez, la economía circular plantea la reutilización de materiales y recursos para reducir el desperdicio y minimizar el impacto ambiental.
La urgencia de estas discusiones es evidente. El mundo enfrenta fenómenos cada vez más extremos asociados al cambio climático: deshielo de glaciares, inundaciones, sequías prolongadas, incendios forestales, huracanes más intensos, pérdida de biodiversidad y afectaciones crecientes a la agricultura y la seguridad alimentaria.
Por ello, los colombianos merecen conocer cuáles serán las estrategias de los candidatos para reducir la contaminación, aumentar la productividad, preservar los recursos naturales y avanzar hacia un modelo económico verdaderamente sostenible.
También resulta indispensable escuchar sus posiciones frente a la globalización, la inversión privada y el papel de las empresas en la transición hacia economías menos contaminantes. Los sectores productivos tienen un papel fundamental en este proceso y deben formar parte de una discusión seria sobre el futuro del país.
Las recientes declaraciones de ambos candidatos reflejan el nivel de tensión que atraviesa la campaña. Abelardo de la Espriella ha acusado al presidente Gustavo Petro y a Iván Cepeda de pretender desconocer la voluntad popular y ha presentado la elección como una confrontación entre democracia y comunismo. Por su parte, Iván Cepeda ha respondido con fuertes cuestionamientos a su adversario y ha condenado lo que considera conductas irrespetuosas hacia las mujeres periodistas.
El problema no es únicamente el contenido de los mensajes, sino el clima político que generan. Cuando la confrontación sustituye al debate de ideas, se debilita la confianza ciudadana, se deteriora la gobernabilidad y se incrementan los riesgos de violencia política.
La campaña presidencial de 2026 parece haberse convertido en un choque de extremos. Mientras la agenda pública se llena de ataques, el país sigue esperando respuestas concretas sobre seguridad, empleo, crecimiento económico, salud, educación y sostenibilidad ambiental.
Los ciudadanos necesitan conocer los planes de gobierno, no asistir diariamente a un espectáculo de agravios. Colombia requiere propuestas, liderazgo y visión de futuro.
Ha llegado la hora de que los candidatos abandonen el «bembeo» político y presenten, con seriedad y profundidad, las soluciones que ofrecen para el país. Porque el futuro de Colombia no puede decidirse entre insultos.



