En Villanueva todavía cuesta imaginar a Héctor Arturo Zuleta Díaz convertido en un hombre de 65 años. La memoria vallenata decidió dejarlo para siempre muchacho: con 21 años, el acordeón terciado, una sonrisa de parranda y los dedos buscando en el fuelle los versos que parecían llegarle de manera natural. Este 8 de agosto se cumplen 44 años de su muerte, pero el tiempo no ha conseguido apagar la música de aquel joven que murió cuando apenas comenzaba a descubrir hasta dónde podía llegar.
Héctor nació el 29 de septiembre de 1960 en Villanueva, La Guajira, hijo del legendario Emiliano Zuleta Baquero, autor de “La gota fría”, y de Carmen Pureza Díaz. Creció en una familia donde la música no era una profesión, sino una forma de vivir. Entre el barrio Cafetal, las calles de Villanueva y las temporadas familiares en el Cerro Pintao, aprendió escuchando a los mayores. Primero pasó por la caja y la tumbadora, pero terminó encontrando en el acordeón el instrumento que parecía esperarlo desde siempre.
Ser hijo de Emiliano Zuleta significaba llevar un apellido enorme sobre los hombros. Héctor, sin embargo, no quería vivir únicamente de ese nombre. Quería que lo reconocieran por su propio sonido. Y comenzó a lograrlo. Tocaba con rapidez, hacía arreglos, improvisaba y respondía las pullas en las parrandas con versos que parecían salirle sin esfuerzo. También componía. Siendo adolescente escribió “Homenaje a la Vieja Sara”, dedicada a su abuela Sara Baquero, y posteriormente dejó canciones como “Vendo el alma”, “Me deja el avión”, “Penas de un soldado”, “A mano dura”, “Firme como siempre” y “Flor de mayo”.
Su carrera comenzó a tomar forma junto al cantante guajiro Adaníes Díaz. Juntos grabaron “Sensacionales”, en 1980; “Pico y espuela”, en 1981, y “Nuevamente sensacionales”, en 1982. Héctor apenas rondaba los 20 años y ya conocía los estudios de grabación, los viajes y las tarimas. Parecía que el camino apenas comenzaba y que había tiempo de sobra para escribir nuevas canciones.
También había construido una familia. De su relación con Luz Eneida Amaya Becerra nació, el 9 de julio de 1981, su único hijo, Héctor Arturo Zuleta Amaya. El niño apenas había cumplido un año cuando la vida de su padre se apagó.
El domingo 8 de agosto de 1982, Héctor murió en Valledupar. La noticia llegó hasta Villanueva y dejó a una familia y a un mundo musical frente a una pregunta que todavía permanece: ¿qué habría sido de aquel acordeonero si hubiera vivido? Tal vez habría grabado decenas de discos, formado nuevas parejas musicales, ganado reconocimientos o llegado a convertirse en uno de los grandes nombres del vallenato. Nadie puede saberlo. La muerte no solo se lleva una vida; también se lleva todos los futuros que esa vida podía construir.
Cuarenta y cuatro años después, Héctor sigue apareciendo cuando alguien pone una de sus grabaciones. Entonces vuelve a tener 21 años. El acordeón vuelve a respirar, los dedos vuelven a moverse y aquel muchacho que el tiempo se negó a envejecer regresa por unos minutos a la parranda.

Después termina la canción y vuelve el silencio. Pero alguien puede ponerla otra vez. Y ahí está la victoria de Héctor Arturo Zuleta Díaz: la muerte consiguió llevarse al muchacho, pero nunca consiguió llevarse su música. Por eso, 44 años después, el acordeón todavía está sonando.



