El pasado viernes 21 de agosto, el alcalde de Cartagena, Dumek Turbay, ataviado con sombrero aguadeño, al estilo de Álvaro Uribe, y acompañado de su acostumbrado séquito, participó en lo que se presentó como la inauguración de Puerto Duro. En medio del acto también fue develada una renovada estatua de la India Catalina.
Sin embargo, el momento que debía servir para reivindicar la memoria de una mujer fundamental en la historia de Cartagena transcurrió sin discurso, sin explicación y, sobre todo, sin una sola palabra del Alcalde para recordar quién fue realmente aquella indígena cuya imagen se ha convertido en uno de los símbolos más reconocidos de la ciudad.
Y es precisamente ahí donde surge la irreverencia: la India Catalina no fue una esbelta mujer cartagenera, como muchos propios y visitantes pueden llegar a creer al observar su estatua. Su historia es mucho más compleja y está atravesada por la conquista, la esclavización, el sometimiento de los pueblos indígenas y las relaciones de poder de aquella época.
De acuerdo con versiones históricas, Catalina habría nacido en Galerazamba y, siendo aún muy joven, fue esclavizada por los españoles y trasladada a Santo Domingo, donde aprendió el idioma español. Ese conocimiento posteriormente le permitió desempeñarse como intérprete y mediadora entre los conquistadores y diferentes grupos indígenas.
Fue asignada a Pedro de Heredia como intérprete durante el proceso de conquista y expansión española en estos territorios. Incluso existen referencias históricas que señalan que Catalina habría mantenido una relación de concubinato con Heredia.
Pero lo verdaderamente trascendental de su historia es que esa cercanía con el conquistador no impidió que posteriormente lo denunciara ante las autoridades de la Corona. Entre las acusaciones se encontraban el presunto apropiamiento indebido de oro perteneciente a la Corona y, especialmente, los abusos y las masacres cometidas contra comunidades indígenas durante la conquista.
Es decir, la mujer cuya estatua hoy vuelve a ocupar un espacio público de Cartagena no debería ser reducida a una figura decorativa ni a la representación de una supuesta belleza femenina cartagenera. Su historia merece ser contada, discutida y conocida.
Por eso resulta lamentable que durante la develación de su renovada estatua no hubiera una palabra para explicar a los ciudadanos quién fue Catalina, cuál fue su papel durante la conquista y por qué su nombre permanece ligado a uno de los episodios más complejos de nuestra historia.
- La India Catalina merece volver al lugar que le pertenece
Si la intención era recuperar y reivindicar la figura de la India Catalina, también habría sido oportuno preguntarse por qué su estatua terminó escondida en Puerto Duro, cuando durante décadas fue uno de los monumentos más visibles y reconocibles de Cartagena.
La estatua debería regresar a un lugar donde pueda ser contemplada y donde su historia pueda ser explicada a propios y visitantes: la intersección de la avenida Venezuela con el puente de la Transformación, conocido también como puente de Chambacú, donde permaneció durante tantos años.
No se trata simplemente de mover una escultura de un sitio a otro. Se trata de recuperar la memoria histórica de Cartagena y de darle a cada símbolo de la ciudad el contexto que merece.
También ha llegado la hora de revisar, con criterio histórico y sin complejos, los monumentos y homenajes dedicados a personajes vinculados con la conquista y el sometimiento de los pueblos originarios. Cartagena tiene derecho a preguntarse a quiénes honra, por qué los honra y qué mensaje transmite a las nuevas generaciones con esos homenajes.
Y esa revisión debería extenderse a los nombres de calles, avenidas y espacios públicos que todavía evocan a conquistadores españoles, mientras permanecen en segundo plano personajes que desempeñaron un papel decisivo en la lucha por la independencia.
Uno de ellos es Pedro Romero, líder popular de la independencia cartagenera y símbolo de la participación de los sectores de Getsemaní en la gesta emancipadora. Durante años incluso se difundió erróneamente la versión de que Romero era cubano, cuando la historia local lo identifica como cartagenero y getsemanisense.
Cartagena necesita reconciliarse con su historia, pero no desde el silencio ni desde la simple renovación de estatuas. Necesita contarla completa: la historia de los pueblos indígenas, la conquista, la esclavización, la resistencia, la independencia y los hombres y mujeres que hicieron posible la ciudad que hoy conocemos. Porque una estatua sin memoria es apenas una figura de piedra.
La India Catalina merece mucho más que una develación sin palabras. Merece que Cartagena cuente su verdadera historia.



