“Los abrazos y felicitaciones de un político derrotado suelen ser una simple formalidad disfrazada”.
Es normal que en Colombia un político derrotado demuestre públicamente que acepta el resultado electoral y le desee lo mejor al ganador. Hace parte del ritual democrático y de las reglas de convivencia política. Sin embargo, no siempre esas felicitaciones son genuinas.
Muchas veces, detrás del abrazo, la sonrisa y las palabras de cortesía permanece intacta la frustración por la derrota y, con ella, la expectativa de que el gobierno triunfador fracase. El derrotado sabe que la política no termina con una elección y que siempre habrá una próxima contienda para intentar recuperar el poder perdido.
En ese juego de vencedores y vencidos se mueve buena parte de la democracia contemporánea. El politólogo de origen polaco Adam Przeworski, profesor de Ciencia Política y reconocido estudioso de las democracias, ha insistido en que las democracias atraviesan crisis, se deterioran y también pueden recomponerse. En esa dinámica, las elecciones representan una de las principales formas institucionales mediante las cuales se distribuye y se disputa el poder.
Przeworski también ha planteado una premisa fundamental: la democracia es, en buena medida, un sistema en el que los partidos deben estar preparados para perder elecciones. El compromiso democrático implica aceptar la derrota y reconocer que quien gana no necesariamente es un tirano ni quien pierde un traidor. Las victorias, como las derrotas, son temporales.
Pero en política existe una paradoja difícil de ignorar: el enemigo electoral de hoy puede convertirse en el aliado de mañana, y el aliado de hoy puede terminar convertido en el adversario del futuro.
La historia política demuestra, además, que la destrucción del adversario rara vez es completa. Los rivales permanecen, se reorganizan y esperan una nueva oportunidad. Por eso, detrás de muchas felicitaciones poselectorales puede existir una estrategia política de largo plazo: aceptar el resultado de hoy mientras se prepara la disputa de mañana.
- Petro y la decisión de gobernar con sectores de su oposición
Precisamente por eso resulta interesante revisar la experiencia del gobierno de Gustavo Petro. Desde el comienzo de su administración, Petro incorporó a su gobierno a personas que provenían de sectores políticos distintos al suyo o que habían tenido vínculos con gobiernos y estructuras políticas anteriores.
Entre los nombres que pasaron por diferentes cargos durante su administración estuvieron: Alfonso Prada, Luis Fernando Velasco, Álvaro Leyva, Cecilia López, Alejandro Gaviria, Guillermo Reyes, Sandra Milena Urrutia, Jorge Eduardo Londoño, Olmedo López, Sneyder Pinilla, Ricardo Bonilla y Carlos Ramón González, entre otros.
Para algunos sectores del petrismo, aquella decisión de gobernar con personas provenientes de otras corrientes políticas significó una contradicción con el discurso de cambio que había llevado a Petro a la Presidencia. Para sus críticos, además, varios de los funcionarios vinculados al Gobierno terminaron relacionados posteriormente con controversias e investigaciones por presuntas irregularidades y hechos de corrupción. No obstante, cada caso tiene circunstancias particulares y responsabilidades que corresponden determinar a las autoridades competentes.
La pregunta política, sin embargo, permanece: ¿hasta dónde puede un presidente incorporar a quienes ayer fueron sus contradictores sin terminar debilitando el proyecto político que lo llevó al poder?
- De la Espriella marca distancia
La llegada de Abelardo De la Espriella a la Presidencia parece plantear una respuesta diferente. Desde el comienzo de su administración, el nuevo Gobierno ha mostrado una marcada intención de revisar hojas de vida, nombramientos y vínculos de funcionarios con la administración anterior. Algunos nombramientos fueron reversados o terminaron en renuncias luego de que trascendieran antecedentes laborales o políticos relacionados con el gobierno de Gustavo Petro.
Entre los casos mencionados aparecen Magda Yolima Amaya Arévalo, quien habría dejado la Secretaría General del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones después de conocerse su anterior vinculación al Fondo de Financiamiento de la Infraestructura Educativa durante el gobierno anterior.
También está el caso de Andrés Camilo Pardo Jiménez, quien renunció a la Vicepresidencia Corporativa de la Agencia Nacional de Infraestructura en medio de cuestionamientos relacionados con su cercanía al exministro Guillermo Alfonso Jaramillo.
Otro caso señalado es el de Carlos Eduardo Sepúlveda Rico, cuyo nombramiento en el Departamento Nacional de Planeación no prosperó después de conocerse su participación en la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo del gobierno Petro.
A estos casos se suman los de Silvana Beatriz Arbeláez Bateman, relacionada anteriormente con entidades como el Fondo Único TIC y RTVC, y Hanna Dimelsa Escobar, cuya permanencia en la Dirección de Medicamentos y Tecnologías en Salud del Ministerio de Salud también estuvo rodeada de cuestionamientos políticos por su supuesta cercanía con sectores del petrismo.
Más allá de las circunstancias particulares de cada caso, el mensaje político parece evidente: el actual Gobierno quiere marcar distancia con quienes tuvieron una participación directa o cercana en la administración anterior.
- ¿Es conveniente gobernar con los adversarios? Aquí aparece el verdadero debate.
¿Debe un presidente gobernar únicamente con quienes comparten su proyecto político? ¿O una democracia madura debería permitir la incorporación de funcionarios capaces, independientemente de su pasado político? No existe una respuesta sencilla.
Gobernar exclusivamente con los propios puede garantizar mayor cohesión ideológica, pero también puede reducir la pluralidad y limitar la posibilidad de aprovechar experiencia administrativa proveniente de otros sectores.
Gobernar con los adversarios, en cambio, puede ampliar la capacidad de construir consensos, pero también puede generar contradicciones internas, conflictos de confianza y frustración entre las bases que respaldaron el proyecto ganador. El caso colombiano ofrece ejemplos para ambas posiciones.
Petro apostó, en buena medida, por incorporar sectores y figuras que no pertenecían originalmente a su núcleo político. De la Espriella, por lo que se observa en el comienzo de su administración, parece inclinarse por una fórmula diferente: cerrar filas alrededor de su propio proyecto y reducir la presencia de personas identificadas con el gobierno derrotado.
La política, sin embargo, tiene una memoria larga. El ganador de hoy puede ser el perdedor de mañana. Y quien hoy ocupa la oposición puede terminar gobernando el país en el futuro. Esa es, precisamente, una de las características esenciales de la democracia: nadie tiene garantizado el poder para siempre.
- La democracia no termina el día de las elecciones
En Colombia, las derrotas electorales suelen producir frustración y, en algunos casos, cuestionamientos sobre la legitimidad del resultado. No es extraño que quienes pierden una elección denuncien irregularidades, cuestionen las instituciones o convoquen a sus seguidores a movilizarse.
Pero existe una diferencia fundamental entre cuestionar legítimamente un proceso electoral y desconocer sistemáticamente sus resultados. La democracia exige que los derrotados puedan ejercer oposición, investigar, criticar y denunciar aquello que consideren irregular. Pero también exige que quienes pierden sean capaces de aceptar que, por un periodo determinado, otros tienen la responsabilidad de gobernar.
Y al ganador le corresponde entender algo todavía más importante: ganar una elección no significa convertirse en dueño del Estado. El poder público pertenece a las instituciones y debe ejercerse para todos, incluso para quienes votaron en contra.
Por eso, la verdadera prueba de un Gobierno no está solamente en la manera como trata a sus aliados, sino en la forma como administra sus diferencias con sus adversarios.
Gobernar con el enemigo puede ser una contradicción política para algunos. Para otros, puede ser una demostración de madurez democrática. Pero hay algo que la historia electoral colombiana ha demostrado una y otra vez: los enemigos políticos no desaparecen porque pierdan una elección. Se reorganizan, esperan y vuelven a intentarlo.
Porque en democracia no existen ganadores eternos ni derrotados permanentes. Solo existen victorias y derrotas temporales y quizá por eso, al final, aquellos abrazos y felicitaciones del político derrotado no siempre sean más que una formalidad cuidadosamente disfrazada.
