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Inicio Crónica

Gabriela Arango Marulanda: 42 años con medio riñón y una vida que nunca aprendió a rendirse

JUAN JOSE VERBEL FUENTES Por JUAN JOSE VERBEL FUENTES
29 agosto, 2026
en Crónica
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A los 77 años, Gabriela Arango Marulanda habla de su historia con una serenidad que desconcierta. No habla como quien sobrevivió a una tragedia, sino como quien hace mucho tiempo decidió que ninguna enfermedad tendría derecho a escribir el último capítulo de su vida.

Lleva 42 años viviendo con medio riñón desde aquella época en la que una enfermedad inesperada la puso frente al miedo, las cirugías, los hospitales, la posibilidad de una diálisis y hasta un eventual trasplante. Pero si algo la define no es lo que perdió, sino todo lo que decidió seguir haciendo con lo que le quedó.

Su historia es la de una mujer que estuvo cerca de perderlo todo y que, sin embargo, nunca aprendió a rendirse. Todo comenzó con un dolor de estómago. Un dolor que parecía común, pero que terminó llevando a los médicos por un camino completamente distinto. Primero pensaron que podía tratarse de un problema en los ovarios. Vinieron los exámenes, las consultas y una ecografía que no terminaba de explicar qué estaba ocurriendo. Decidieron intervenirla y fue al abrir cuando encontraron la verdadera causa: uno de sus riñones tenía serios problemas. La orina no estaba pasando adecuadamente hacia la vejiga porque el uréter, el conducto que comunica ambos órganos, presentaba un estrechamiento que prácticamente había cerrado el paso. La cirugía cambió el rumbo de su vida. Después vino una orden que hoy puede parecer sencilla, pero que para Gabriela significaba permanecer completamente quieta durante varios días: tenía que quedarse acostada.

Los hospitales de aquella época eran diferentes. Los tratamientos eran más largos, los procedimientos más complejos y las posibilidades médicas mucho más limitadas que las actuales. Pero el problema no terminó con aquella primera intervención. El otro riñón también comenzó a presentar dificultades y apareció la palabra que nadie quisiera escuchar: había que retirar uno. Y así ocurrió. Gabriela quedó con un solo riñón. Pero ese riñón que debía sostenerla también empezó a presentar problemas.

Entonces apareció nuevamente el doctor Madarriaga, a quien Gabriela recuerda como un especialista con experiencia en este tipo de casos. El médico decidió intentar una alternativa: colocar un catéter en el uréter para permitir el paso de la orina. Gabriela terminó nuevamente hospitalizada, esta vez en la Clínica Santa Rosa, en Bogotá. Permaneció allí cerca de dos meses lejos de Manizales, la ciudad donde nació, lejos de su trabajo, de sus estudiantes y de la vida cotidiana. Dos meses en los que todo parecía reducido a médicos, procedimientos, tubos, exámenes y a la incertidumbre de no saber qué ocurriría con el único riñón que le quedaba. Pero mientras su cuerpo libraba una batalla, su vida seguía esperando por ella.

Gabriela era maestra en el Instituto Chipre, en Manizales. Enseñaba español y literatura y también orientaba ética y valores. Y mientras ella permanecía hospitalizada en Bogotá, sus compañeras asumieron sus clases. No la dejaron sola. Cubrieron sus horas, atendieron a sus estudiantes y permitieron que se concentrara en recuperarse. “Fueron muy lindas”, recuerda.

Aquella solidaridad fue una especie de abrazo silencioso. Mientras los médicos intentaban salvarla, otras mujeres cuidaban aquello que también formaba parte de su vida: su vocación de maestra. Cuando los médicos permitieron que regresara temporalmente a Manizales,  volvió a su casa, pero no estaba recuperada. Llevaba una bolsa por la que se drenaba la orina y todavía debía continuar con el tratamiento. Sin embargo, hubo algo que para ella parecía más importante que cualquier limitación: volver a sus estudiantes.

Se puso sus pantalones anchos para ocultar la bolsa y regresó al Instituto Chipre a seguir enseñando. Volvió a ser la profesora Gabriela. Quienes estaban cerca sabían lo que ocurría. Sus compañeros lo sabían. El rector también. Pero nadie hizo preguntas innecesarias. Nadie la expuso. Su vida continuó con una normalidad construida a pulso. Debajo de aquellos pantalones anchos había una bolsa que recordaba a cada instante que su cuerpo estaba librando una batalla. Pero frente a sus estudiantes estaba una maestra que no quería que la enfermedad fuera más grande que su vocación. Solo pudo trabajar durante un mes antes de regresar nuevamente a Bogotá. La esperaba otra intervención. Permaneció allí otro mes.

Vinieron nuevos procedimientos, nuevas cirugías y las mismas advertencias: tenía que cuidarse, debía tener precauciones y seguir rigurosamente las indicaciones médicas. Incluso conoció el lugar donde se realizaba la diálisis. La posibilidad de necesitarla estaba sobre la mesa. También se hablaba de un trasplante. Pero conseguir un riñón en aquella época no era sencillo. Había que esperar y Gabriela esperó. Pero nunca se echó a morir. “Bendito sea Dios”, decía.

No pensaba que iba a morir. No se quedaba llorando. No se entregaba a la desesperación. Seguía. Escuchaba a los médicos, cumplía las indicaciones y esperaba. Después de varias intervenciones regresó nuevamente a Manizales. Sin embargo, todavía faltaba una cirugía. Una de las más delicadas. Llegó al especialista con toda la historia clínica que había traído de Bogotá.

El médico revisó los documentos y, con una tranquilidad que a ella le pareció desconcertante, le dijo: “Hospitalícese. Le voy a dar la orden, a ver qué se puede hacer”. Gabriela salió del consultorio con aquella frase dando vueltas en la cabeza. Cuando llegó a casa, su mamá le preguntó qué le habían dicho. “Que me tengo que hospitalizar mañana, a ver qué pasa”. Su madre no se alarmó. Le respondió con la fe sencilla de quien ha aprendido a confiar incluso cuando no tiene respuestas: “Ah, no, tranquila. Que mi Diosito no se ha muerto”. Gabriela hizo las diligencias y, al día siguiente, a las siete de la mañana, estaba en el hospital.

La hospitalizaron y comenzó la cirugía que terminaría definiendo el futuro de su riñón. Gabriela no recuerda aquella operación por el dolor; la recuerda por la inmovilidad. Salió del procedimiento conectada a sueros, tubos y una bolsa. Quedó acostada boca arriba. No podía girarse. No podía acomodarse. No podía moverse hacia un lado ni hacia el otro. Ocho días. “Quietecita”, le decían. Y ella obedecía. Lo único que podía mover un poco eran los pies.

“Yo sentía ese colchón pegado a mi espalda”. Aquello terminó siendo, para ella, más difícil que el propio dolor. Era estar inmóvil. Completamente inmóvil. Cada mañana llegaba el médico, la revisaba y le repetía: “Usted va muy bien”. Pero inmediatamente aparecía la advertencia: “No se me vaya a mover”. Había que proteger el resultado de aquella cirugía. Cualquier movimiento podía comprometerlo. Así que Gabriela permanecía allí, mirando el techo y esperando. Esperando que su cuerpo respondiera. Esperando poder levantarse. Esperando volver a caminar. Esperando recuperar algo tan sencillo que, cuando se pierde, adquiere un valor enorme: la libertad de mover el propio cuerpo. Alrededor del octavo día, el médico volvió a revisarla. “Usted va muy bien”. Esta vez las palabras fueron diferentes. Le dijo a la enfermera que podía levantarla. Ya podía bañarse en el baño. Hasta entonces la habían bañado en la cama.

Aquello fue casi una celebración. Podía levantarse. Podía caminar. Podía bañarse. Podía volver a sentir que su cuerpo le pertenecía. “Ay, qué rico que yo me pueda levantar”. La enfermera la ayudó. La bañaron. Después la sentaron junto a una ventana un poco de descanso y, sobre todo, la sensación de que la vida volvía a empezar.

La cirugía había terminado, pero allí comenzaba otra batalla: aprender a vivir con lo que la enfermedad había dejado. Después vinieron los controles. Primero cada mes. Luego cada tres meses. Después una vez al año. Con el paso del tiempo, cada uno o dos años. Los médicos seguían diciéndole que iba muy bien.

En una de aquellas revisiones le realizaron un examen con contraste para observar cómo estaba funcionando su sistema urinario. El médico revisó las imágenes y entonces llegó una frase que Gabriela todavía recuerda: “Usted, con medio riñón, está mejor que muchos que tienen los dos”. Ella lo cuenta casi como una anécdota. Pero aquella frase resume cuatro décadas de su vida.

El medio riñón no se convirtió en una sentencia. Se convirtió en una prueba. Una prueba de que el cuerpo puede encontrar caminos para seguir adelante y de que una persona puede decidir que sus limitaciones no serán necesariamente sus fronteras. La bolsa duró aproximadamente un mes mientras se recuperaba. Después regresó a Bogotá, le realizaron la cirugía correspondiente y finalmente se la retiraron.

Volvió a Manizales a trabajar y lo hizo durante 36 años, hasta pensionarse. La enfermedad no consiguió quitarle su oficio ni separarla de sus estudiantes. No consiguió convertirla en una mujer que viviera mirando hacia atrás. Ella siguió enseñando y, mientras enseñaba a sus alumnos español, literatura, ética y valores, quizá sin proponérselo también estaba dando otra lección: la de una mujer que aprendió a levantarse cada vez que la vida intentaba dejarla en una cama. Hoy tiene algunas precauciones. Come de todo, pero en pequeñas porciones. Cuando llega a un restaurante suele decir: “Me sirve poquito”. Tiene especial cuidado con la carne y con el consumo de proteínas.

Quienes trabajan con ella en el voluntariado ya conocen sus hábitos. “Doña Gabriela, yo ya sé cómo servirle”, le dicen. Pero más allá de esas precauciones, lleva una vida que podría parecer completamente normal. Cuando le preguntan qué ha sido lo más difícil de vivir con medio riñón, responde: “Es que yo ni me acuerdo de que tengo medio riñón”. No le duele. No siente que la enfermedad la limite y, cuando le preguntan qué otras enfermedades ha padecido durante todos estos años, responde: “Solo esto”. Después sonríe y remata: “Todavía, con todos estos años, ni las rodillas me duelen”.

La frase provoca una sonrisa, pero también revela algo más profundo: Nunca permitió que su condición médica se convirtiera en su identidad. Quizás la parte más poderosa de esta historia está en lo que Gabriela hizo después de sobrevivir. No se quedó atrapada en el recuerdo de los hospitales. No convirtió su pasado en una excusa. Se convirtió en voluntaria vicentina.

Hoy dedica parte de su tiempo a las Damas Rosadas, ayudando a adultos mayores de escasos recursos. Allí colaboran con alimentación y acompañamiento, y también apoyan a estudiantes universitarios que llegan desde otras regiones. Hay algo profundamente simbólico en ese capítulo de su vida. Durante un tiempo fueron otros quienes tuvieron que cuidarla. Sus compañeras cubrieron sus clases. Los médicos lucharon por salvar su riñón. Las enfermeras la ayudaron a levantarse. Su madre le devolvió la tranquilidad con una frase de fe. Ahora es Gabriela quien dedica parte de sus días a cuidar de otros.

La mujer que alguna vez necesitó ayuda terminó convirtiéndose en alguien que ayuda. La paciente terminó siendo voluntaria. La persona que estuvo acostada durante días terminó poniéndose de pie para servir a los demás.

Gabriela no es solamente la mujer que perdió un riñón. Es la maestra que, mientras luchaba por su vida en Bogotá, tuvo compañeras que asumieron sus clases. Es la mujer que regresó a trabajar con una bolsa escondida debajo de sus pantalones. Es la paciente que enfrentó cirugías complejas en una época en la que las posibilidades médicas eran mucho más limitadas. Es la mujer a quien le hablaron de diálisis y de trasplante y que, aun así, decidió seguir adelante. Es la hija que encontró tranquilidad en las palabras de su madre. Es la mujer que pasó ocho días inmóvil en una cama, mirando el techo y esperando que su cuerpo respondiera. Es la paciente que finalmente escuchó que podía levantarse. Es la sobreviviente que salió del hospital y volvió a trabajar. Es la maestra que entregó 36 años de su vida a la educación y es la mujer que, después de pensionarse, decidió dedicar su tiempo a quienes necesitan una mano amiga.

Por eso, cuando se le pide un consejo para alguien que atraviesa una enfermedad o una dificultad, no necesita pensarlo demasiado. Su respuesta sale limpia, sin adornos: “Que no se eche a morir”. Después añade: “Cuando toca, toca”. En otra persona, esas palabras podrían sonar a resignación. En ella suenan diferente. Suenan a aceptación. A fortaleza. A carácter. A esa clase de valentía silenciosa que no necesita discursos porque se demuestra viviendo.

Gabriela tiene 77 años. Lleva 42 años con medio riñón. Y todavía camina, trabaja por los demás, tiene su fe intacta. Todavía conversa, ríe, recuerda a las compañeras que alguna vez dieron sus clases mientras ella estaba hospitalizada. Recuerda a su madre diciéndole que estuviera tranquila porque su Diosito no se había muerto y todavía, después de tantos años, cuando habla de aquel medio riñón, parece olvidarse de que alguna vez tuvo que luchar para conservarlo.

Quizá esa sea la verdadera grandeza de su historia. Ella no convirtió la enfermedad en el centro de su vida. La atravesó. La enfrentó. La sobrevivió y siguió caminando. Por eso, su historia no se cuenta solamente como la de una mujer que aprendió a vivir con medio riñón. Se cuenta como la historia de una mujer que aprendió algo mucho más difícil: a vivir plenamente con lo que la vida decidió dejarle. Y quizá por eso, 42 años después sigue siendo una lección viva de resistencia. Una mujer que estuvo cerca de perderlo todo, pero que nunca permitió que el miedo le quitara lo esencial: las ganas de vivir. Gabriela no tiene medio riñón. Tiene una vida completa, y esa vida, contra todo pronóstico, nunca aprendió a rendirse.


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Periodista de Radio, Prensa y Televisión con más de 30 años de experiencia | Apasionado por contar historias y llevar la verdad a través de los medios.

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