¿Sabe usted lo que está pasando en la Universidad de Sucre? Nunca antes, desde que conozco esta institución, la había visto tan enredada como ahora. La Universidad luce anémica, pálida, como si hubiera perdido parte del brillo que debería caracterizar a uno de los principales patrimonios académicos del departamento. Y no se trata simplemente de una percepción aislada. En los últimos días han surgido hechos, cuestionamientos y decisiones que han comenzado a generar preocupación dentro y fuera de la institución y que, eventualmente, podrían producir cambios importantes en la composición y funcionamiento de sus órganos de dirección.
Uno de los episodios recientes tiene que ver con la convocatoria a sesiones del Consejo Superior Universitario sin la presencia del nuevo delegado de la Presidencia de la República, situación que ha despertado interrogantes sobre la conformación y el funcionamiento de este máximo órgano de gobierno universitario. A esto se suman otros movimientos y nombres que empiezan a cobrar relevancia en el escenario institucional, entre ellos Francisco Sucardi Porras y el presidente de la Cámara de Comercio de Sincelejo, Hernán García, cuya prolongada permanencia en espacios relacionados con la institución y el Consejo Superior también ha generado cuestionamientos en algunos sectores.
Son muchas las preguntas que hoy se hacen los sucreños: ¿cómo ha sido posible que determinadas personas permanezcan durante tantos años en posiciones de influencia? ¿Se están cumpliendo rigurosamente los requisitos, períodos y procedimientos establecidos para integrar los órganos de dirección? ¿Quién está vigilando que las reglas se cumplan y que los intereses particulares no terminen imponiéndose sobre el interés general?
Estas preguntas no pueden despacharse con silencios ni respuestas evasivas. La politiquería le ha hecho demasiado daño al departamento de Sucre y la Universidad de Sucre no puede convertirse en otro escenario para reproducir prácticas que históricamente han terminado debilitando las instituciones. Durante los últimos años también se han escuchado cuestionamientos sobre la manera en que se han construido determinadas alianzas alrededor de la Rectoría.
En distintos sectores se ha hablado de acuerdos políticos y de entendimientos que, según esas versiones, podrían haber terminado favoreciendo determinados intereses personales o electorales. Son señalamientos que, precisamente por su gravedad, deben ser examinados con responsabilidad y, si existen elementos que los sustenten, por las autoridades competentes.
El anterior rector, Jaime de la Ossa, enfrentó durante su administración cuestionamientos relacionados con la conducción de la institución. Ahora, bajo la rectoría de Johnny Avendaño, vuelven a escucharse voces críticas que plantean interrogantes sobre el rumbo de la Universidad y sobre las dinámicas que se están configurando alrededor de su gobierno. Una universidad pública no puede convertirse en una empresa política, mucho menos en un escenario utilizado para satisfacer intereses particulares o consolidar cuotas de poder.
La Universidad de Sucre pertenece a los sucreños. Es una institución construida con el esfuerzo de generaciones y cuya razón de ser debería estar concentrada en formar profesionales, producir conocimiento, investigar, aportar soluciones a los problemas de la región y abrir oportunidades para miles de jóvenes que encuentran allí una de sus principales posibilidades de acceder a la educación superior. Por eso resulta preocupante que el debate sobre su futuro pueda terminar reducido a pactos, disputas de poder, intereses políticos o cálculos personales. La Universidad merece algo mucho más grande: una discusión seria sobre su presente y su futuro.
Frente a los cuestionamientos que han venido apareciendo, distintos sectores de la comunidad universitaria y de la ciudadanía reclaman mayor vigilancia institucional y, cuando haya lugar, la actuación de los organismos competentes para determinar si las decisiones adoptadas y la conformación de los órganos de gobierno se ajustan plenamente a la ley y a los estatutos universitarios. Si existen irregularidades, deben investigarse. Si no existen, deben aclararse públicamente las dudas. En ambos casos, la transparencia es el camino.
Sucre tiene pocas instituciones de educación superior pública con el peso y la importancia de la Universidad de Sucre. Precisamente por eso debemos protegerla. No podemos permitir que una institución construida con el esfuerzo de generaciones de sucreños termine atrapada en la mediocridad, el clientelismo, las disputas internas o las viejas prácticas políticas que tanto daño le han causado al departamento.
La Universidad de Sucre necesita recuperar su liderazgo, su dignidad académica y la confianza de la sociedad. Necesita profesores, estudiantes, investigadores y directivos comprometidos fundamentalmente con la educación, la ciencia y el desarrollo regional; necesita instituciones de control atentas a su funcionamiento y, sobre todo, necesita una ciudadanía que no mire hacia otro lado cuando surgen preguntas legítimas sobre el manejo de una institución que pertenece a todos.
Si usted quiere a la Universidad de Sucre, levante la voz. Pregunte. Exija transparencia. Revise las decisiones. Reclame respuestas. Porque una universidad pública no puede pertenecer a grupos, partidos, directorios ni intereses particulares: pertenece a la sociedad que la financia y a las generaciones que esperan de ella conocimiento, oportunidades y futuro. Y cuando una sociedad guarda silencio frente a aquello que considera incorrecto, corre el riesgo de terminar normalizando precisamente aquello que debería cuestionar. Por eso la pregunta sigue abierta y merece una respuesta clara, pública y transparente: ¿sabe usted lo que está pasando en la Universidad de Sucre?
