Es claro que la economía mundial está por el piso y es una consecuencia directa de la pandemia que vivimos a causa del Covid-19; para esto se han realizado intervenciones en múltiples ámbitos de la sociedad, pero hoy nos vamos literalmente a meter al rancho de las casas colombianas y para hablar de un tema sensible para pocos y callado para muchos.
En las regiones de la costa atlántica más específicamente en los departamentos de Sucre y Córdoba, donde las oportunidades escasean y las necesidades abundan, muchas mujeres ven la migración a las grandes ciudades y el trabajar como empleadas domésticas como una alternativa para lograr solventar sus necesidades y ayudar un poco en las de sus familias.
Como líder juvenil de mi región en la zona de la Mojana tuve que presenciar y ayudar en compañía de varios amigos lo que llamamos “la Marcha de las empleadas domésticas “, donde nos tocó ayudar con transporte, alimentación y un poco de dinero en el regreso de muchas mujeres que fueron despedidas sin misericordia de los hogares pudientes del interior.
*Edilma es una de estas mujeres quien por medio de las redes sociales me contacto y me solicitó ayuda debido a que estaba viviendo en Bogotá en una habitación con su hijo sin comida y sin dinero para regresar a su natal “San Roque” en las entrañas del municipio de Majagual.
En medio de lágrimas me contó que por medio de una amiga llegó hasta la fría capital a trabajar en casa de unos patrones quienes le dijeron que “seria parte de la familia” con la condición de que debida trabajar de sol a sol sin prestaciones laborales, sin seguridad social y mucho menos sin derecho a quejarse, pues antes debía estar agradecida de tener un techito donde dormir y comer.
Recibiendo menos del sueldo mínimo estaba feliz de poder mandar algunos pesos a su familia en el pueblo, pero no contaba con la llegada de la pandemia que ocasionaría que sus patrones sin ningún reparo le dijeran que debía coger sus cosas e irse de la casa aun siendo “parte de la familia”.
A pesar de que la organización internacional del trabajo (OIT) ratificó el convenio 189 y Colombia continúo en dicho pacto ratificado el 9 de mayo de 2014, definiendo que una empleada doméstica es la persona que, viviendo o no en el lugar de trabajo, realiza el aseo, cocina, hace el lavado, planchado, cuidado de niños, se dedica a la jardinería, el cuidado de animales y las demás tareas del hogar y que además nunca debe recibir menos del salario mínimo legal vigente más el auxilio de transporte, en el país del sagrado corazón, se continúan violentando sus derechos y despidiéndolas sin justa causa con el agravante de estar desprotegidas en medio de una Pandemia.
Como la de *Edilma son muchas las historia que conocí de estas mujeres maravillosas que se fueron de sus pueblos en busca de mejores oportunidades y terminaron ultrajadas en su buena fe por patrones que en lugar de apoyarlas y darles el valor justo a su trabajo, decidieron echarlas a la calle en medio de una ciudad desconocida para muchas y sin la protección del Estado.
Hace falta mucha intervención por parte del ministerio de trabajo sobre la situación de las empleadas domésticas en Colombia debido a que es hora de dejar de tratarlas como “parte de la familia” y su trabajo deber ser remunerado de acuerdo a la norma establecida y teniendo en cuenta la complejidad y responsabilidad de la labor desempeñada.

