Amanece. En las calles se ve a unas cuantas personas caminar resignadas hacia sus trabajos y, entre ellas, resalta el andar lento y torpe de *María, una persona mayor que durante 22 años trabajó como secretaria en una empresa, de la cual la despidieron hace casi un año debido a la crisis, junto con otros 14 trabajadores.
A pocos años de pensionarse, decidió que ese esfuerzo de toda una vida no podía morir allí y desde entonces, se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y mientras entona desafinada las canciones de una emisora popular, prepara una garrafa de jugo de naranja, llena 25 vasos desechables con fruta picada y frita cincuenta empanadas, mientras cocina y sirve el desayuno para sus tres hijos y su yerno.
Luego mete la fruta, el jugo de naranja, salsas y ají en una bolsa grande de mercado, las gaseosas, quesadillos, chicles, bolsas, servilletas y cubiertos y vasos desechables, en un morral, acomoda las empanadas en una caja de icopor y sale a enfrentar el nuevo día.
Camina tres cuadras para tomar un taxi, ya que no podría subir a un bus con morral, bolsa de mercado, caja de empanadas y la caja vacía donde pone los otros productos que le llevan después. Llega a donde guarda el carrito en el que acomoda los productos y atiende a sus compradores, lo empuja un par de cuadras y alista todo porque a las ocho empiezan a llegar los clientes.
—Una fruta, ´monita´ —dice un señor en traje de paño. Al rato, despacha jugos de naranja y empanadas para cuatro amigos, que las aderezan con el ají y las salsas dispuestas en la baranda del carrito; entretanto, ella espera que sean las 8:30 para recibir las arepas, pandebonos y buñuelos con los que completa su surtido.
Al mediodía empieza a recoger sus cosas mientras ruega vender todo antes de irse, a las 12.30 deja el carrito en el parqueadero y ya con los recipientes vacíos, regresa a casa en colectivo. Llega a preparar almuerzo, comprar lo del siguiente día y hacer diligencias y pagos.
A diario vende entre 60 y 100 mil pesos, aunque de allí debe descontar para arriendo, transporte, parqueadero del carrito, productos y la cuota para esa pensión tan anhelada. No le queda para ahorrar, pues todo se va en surtir, comer y pagar cuentas…
*María es simplemente una más, junto con el ejecutivo que ahora conduce su carro para una plataforma de transporte público, la organizadora de eventos que hoy vende productos por catálogo y todos aquellos que buscan cómo sobrevivir en medio de esta crisis, ahora empeorada por una reforma tributaria alejada de la realidad de un país con una brecha entre ciudadanía y clase política cada vez mayor, un país en el que la confianza en el Gobierno y las Instituciones disminuye a diario, un país que ya venía mal y en el que la pandemia agravó las consecuencias de los desaciertos, ineficiencia, improvisación, corrupción y, sobre todo, falta de empatía con el ciudadano de a pie que tristemente han caracterizado la administración pública de los últimos 50 años.
En fin, un país que, por fin, parece estarse cansando de recibir tantos golpes de aquellos a quienes ha elegido para servirlo.

