“…Ahora el turno es para la izquierda; no sabemos si llamarlos Progresistas, Petristas o Radicalistas, ya que, así como la derecha tiene muchas variantes políticas, la izquierda no se queda atrás…”
Colombia siempre vive en función política; ya están calientes las campañas para la presidencia de 2026. Una sola candidata está en la palestra pública, como es la de la extrema derecha en manos de la aspirante declarada del Centro Democrático, María Fernanda Cabal. Otros tantos están semi escondidos y algunos más en las penumbras, esperando las bendiciones y órdenes de su jefe político, como los precandidatos Paloma Valencia, Paola Holguín, Miguel Uribe y Andrés Guerra, o el que diga Uribe.
Lo que muy poco observamos es que ninguno de los mencionados ha expresado un plan de gobierno coherente con el convulsionado panorama económico-social-político de nuestra querida Colombia. Solo se les ve vociferando y criticando lo divino y humano del actual gobierno, sin darse cuenta de que el pueblo colombiano sabe que vienen de estirpes elitistas que se auto consideran candidatos por ser hijos e hijas de ancestros que han gobernado al país por más de cien años. Sin embargo, de ahí a que muestren soluciones, hay años luz.
Ahora el turno es para la izquierda; no sabemos si llamarlos Progresistas, Petristas o Radicalistas, ya que, así como la derecha tiene muchas variantes políticas, la izquierda no se queda atrás. Nombres hay a montones: Daniel Quintero, Carlos Caicedo, María José Pizarro, Iván Cepeda, Clara López, David Racero, Susana Muhamad, Guillermo Alfonso Jaramillo, Gustavo Bolívar, Luis Gilberto Murillo, Roy Barreras, Jorge Rojas, Camilo Romero y Guillermo Rivera, entre otros más agazapados, esperando la marea alta o el que diga Petro.
Los que están a la espera del señalamiento deberán entender que, cuando se es candidato del gobierno, eso no garantiza ser electo presidente. Miremos las estrelladas de Germán Vargas y Federico Gutiérrez; normalmente, los presidentes terminan con rangos de popularidad mínimos por el desgaste que implica ser un mandatario en un país con vaivenes de todo tipo, especialmente en la solución de la paz y en el combate a la miseria.
Un candidato debe estar en función de resolver el problema económico, crear empresas, generar empleo y bienestar, y más cuando el Banco Mundial y la OCDE nos ofrecen cifras escalofriantes en sus informes, al asegurar que una mujer en Colombia tiene 1,7 veces más probabilidades de estar desempleada que un hombre; un indígena recibe, en promedio, dos años menos de escolaridad que otros colombianos; y un afrocolombiano tiene el doble de probabilidad de vivir en un barrio pobre.
¿Cómo es que no expresan propuestas serias y realizables en lo concerniente a la pobreza multidimensional y la pobreza monetaria, conjugada con la informalidad laboral? Al llegar al poder, en gran parte son culpables del sufrimiento de los sectores con menos protección del Estado, como el Chocó, Sucre y la Guajira, por nombrar solo algunos, donde el Estado ha fallado por muchos años por la falta de presencia y políticas públicas de bienestar sin corrupción, a fin de dignificar las condiciones mínimas de vida en elementos esenciales como salud, educación, acueducto, alcantarillado e infraestructura, y no con insultos y desdibujando las cosas buenas que un gobierno, llámese de izquierda o derecha, puede tener.
Esperemos que salgan al ruedo los otros candidatos, también llamados progresistas, esos que se ufanan de izar banderas con los mal llamados acuerdos programáticos, que no son más que repartición burocrática y de contratos, normales en esas alianzas ya conocidas con el liberalismo, conservadores, Cambio Radical, los Verdes, el partido de La U y quienes deseen anexarse. Lo más seguro para la derecha y la izquierda es el que diga Uribe o el que diga Petro.



