Una noche oscura cayó sobre el departamento de Sucre, y no solo por la ausencia de sol. Tras la caída de alias “Chirimoya”, considerado uno de los cabecillas del “Clan del Golfo”, esta zona del país vivió una jornada marcada por el miedo, el silencio impuesto y el cierre forzado de la vida cotidiana.
Las luces de los bares y restaurantes se apagaron antes de tiempo. Las calles, habitualmente animadas en la noche, quedaron vacías. Lo que parecía una victoria contra el crimen organizado, se transformó en una demostración de que el peligro sigue presente.
En Sincelejo, al igual que en otros municipios, los panfletos circularon con rapidez. No hizo falta insistir: los dueños de locales entendieron el mensaje. Cerraron sus negocios por temor a represalias. Fue una noche larga, tensa, de incertidumbre absoluta. Y para muchos, el recuerdo de viejas épocas de control paramilitar volvió a hacerse presente, con el mismo lenguaje de siempre: el miedo.
Lo más preocupante no es solo el hecho puntual de las amenazas, sino su eficacia. La estructura criminal respondió a la muerte de su comandante con una acción coordinada, lo que demuestra que no está ni desorganizada ni derrotada. Por el contrario, tiene capacidad de reacción inmediata, y lo que es aún más grave: mantiene un dominio territorial que le permite actuar con impunidad.
La captura en marzo pasado de alias “Dago”, jefe de la subestructura Manuel José Gaitán, reveló la existencia de al menos 400 hombres armados operando en distintos puntos del territorio sucreño. Aquel hecho, que fue presetado como un gran golpe a la criminalidad, también encendió las alarmas: ¿cómo pudo consolidarse semejante presencia sin una reacción preventiva eficaz? ¿Cómo es posible que una estructura criminal supere, en número y capacidad, al pie de fuerza de varios municipios del departamento?
Lo ocurrido tras la caída de “Chirimoya” no puede verse como una simple reacción desesperada. Es una declaración. Un mensaje dirigido tanto a la ciudadanía como a las autoridades. En Betulia, ese mensaje se convirtió en tragedia: un joven fue asesinado en un local previamente amenazado. En Sincelejo, una persona fue capturada por intentar intimidar a comerciantes. La violencia no fue imaginada; fue real y dejó huella.
Hoy, Sucre necesita respuestas más allá de los comunicados institucionales. No basta con celebrar la neutralización de un cabecilla si la estructura que comandaba sigue viva y operando. Hace falta presencia estatal sostenida, inteligencia articulada y una política de seguridad centrada en la protección real del ciudadano.
El miedo ha vuelto, y con él la sensación de que el control del orden público ya no está solo en manos del Estado. La pregunta sigue en el aire: ¿Volveremos acaso a los tiempos aciagos de la época paramilitar?
Al cerrar esta columna un medio de comunicación local informo sobre un comunicado por parte de los asesores jurídicos del “Clan del Golfo”, quienes manifiestan que es absolutamente falso que ellos hayan promovido un paro armado en la región, entonces. ¿a quien se le cree?




