En los amaneceres tibios de Mahates, Bolívar, donde el rocío parece rezar sobre la tierra y los gallos aún anuncian la fe, nació un niño que no traía oro ni apellido, pero sí fuego en el alma. Un niño negro, con la mirada grande, los pies descalzos y el corazón abierto. A ese niño lo llamaron Omar y le sembraron en el alma dos cosas: el abandono y la música.
De su padre no quedó más que el eco de una ausencia. Una historia que muchos vivieron en carne viva, pero pocos supieron transformarla en arte. “Él se enamoró de otra, no lo culpo yo”, cantó un día con el alma rota. Y entonces, ese niño que lloraba por dentro, nos enseñó que el vallenato no es solo parranda, sino también memoria, herida, y testamento.
Pero entre todas sus canciones, entre todas sus verdades cantadas, hay una que lo inmortalizó. Una canción que no fue escrita desde el éxito, sino desde la impotencia. Desde la rabia de no poder devolverle a su madre todo lo que ella le dio. Una canción tatuada en la piel de todo un pueblo: «Los caminos de la vida», esos que no pensaba, que no imaginaba, que no eran como creía en su inocencia, ese era Omar Geles, el soñador, el que creía que el amor no dolía y que su madre era invencible.
A Omar la vida, tozuda como el río Magdalena cuando crece, le mostró la verdad: que las madres envejecen temprano, que los hijos deben crecer de golpe, y que el hambre no espera a que lleguen los sueños. “Mi viejita ya está cansada de trabajar pa’ mi hermano y pa’ mí…”, dijo en esa hermosa canción que llegó a todos los rincones del mundo.
Omar no necesitó escribir poesía con pluma de oro ni estudiar en conservatorios. Escribió con lágrimas, compuso con la barriga vacía y cantó con una fuerza que no venía de la voz, sino del alma.
«Dios me dio el privilegio de ser la madre de Omar Geles y la dueña de ‘Los caminos de la vida.» — Hilda Suárez
Aunque nació en Bolívar, el canto de Omar Geles se convirtió en ADN vallenato. No fue fácil, pero el negro no se rindió y un día, sin pedir permiso, se metió en los corazones de todo un país.
Hoy, a un año de su partida, Omar no descansa bajo tierra. Él sigue caminando entre nosotros. En los buses, donde su voz consuela al trabajador madrugador. En las cocinas humildes, donde una madre canta bajito mientras remueve el arroz. En los niños que sueñan con ser músicos aunque no tengan ni para comer. Y sobre todo, sigue vivo en cada hijo que ama a su madre con dolor y con vergüenza por no poder darle lo que ella merece. “Y voy a luchar incansablemente porque tú no mereces sufrir más…”
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Eso fue Omar Geles: un hijo estremecido por el amor a su madre, un hombre que lloró por dentro mientras hacía cantar al mundo, un artista que convirtió la pobreza en poesía, el abandono en melodía, y la vida —esa vida dura, cuesta arriba y a veces cruel— en un canto de esperanza.
Salió del dolor con la fuerza de quien no se rinde, y dejó en sus canciones no solo recuerdos, sino verdades que seguirán latiendo mientras exista alguien que ame, que sufra, que sueñe. Porque Omar no se fue: se transformó en música eterna.



